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Entrevista | Richard Hodges Arqueólogo internacional

«Conocer la sociedad actual ayuda también a entender la de hace mil años, porque la arqueología va de personas»

El exdirector del Penn Museum (Pensilvania) o presidente de la American University of Rome está en Ourense para impartir la conferencia inaugural del VIII congreso de la Sociedad de Estudios de Cerámica Antigua en Hispania (SECAH)

Richard Hodges.

Richard Hodges. / Iñaki Osorio

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Ourense

¿Cómo surgió la oportunidad de inaugurar en Ourense este ciclo de conferencias?

El congreso me escribió hace unos seis meses y me pidió si podía venir a impartir la ponencia inaugural. Supongo que buscaban a alguien que mirase un poco más allá de España: alrededor del Mediterráneo y hacia el noroeste de Gran Bretaña. Yo suelo trabajar con panoramas amplios sobre la formación de Europa, mientras que el congreso se centra, sobre todo, en el análisis de la cerámica. Querían otra perspectiva.

¿La Sociedad de Estudios de Cerámica Antigua en Hispania (SECAH) tiene reputación internacional?

Por supuesto. El trabajo sobre cerámica antigua —especialmente romana— que se ha hecho en España, y en particular el que ha emanado de universidades como Barcelona o Vigo, es seguido en todo el Mediterráneo. Porque aporta cronologías a los yacimientos y, a partir de ahí, nos permite ver patrones de comercio y de poblamiento durante el periodo romano y después. Es un trabajo muy respetado.

Su conferencia se titula «Becoming Europe». ¿Qué significa «convertirse en Europa»?

Significa convertirse en la Europa que hoy reconocemos como Europa: un espacio con valores compartidos y una historia común que, en buena medida, arranca en época romana. Lo vinculo con la Europa posterior al Tratado de Roma de 1957. Lo que intento es preguntar cómo llegamos a la Europa feudal y de dónde surge, y rastrear esos orígenes mirando hacia el mundo romano.

Muchas veces en los colegios, el contacto que muchos tienen como único con esta etapa de la historia, se habla de la caída del Imperio Romano como si Europa se hubiera apagado. ¿Qué dice hoy la arqueología sobre ese tránsito?

Después llega un sistema distinto. Se pasa de un imperio basado en mercancías y gestionado por el Estado a un mundo gobernado más por potentados, por figuras fuertes y, en especial, por la Iglesia, con otra actitud ante la economía y la gestión. Ese cambio, que se produce entre finales del siglo V y el VI, se asienta en Europa occidental y se convierte en base del mundo carolingio, el de Carlomagno.

El congreso se focaliza en estudios de cerámica. ¿Cómo puede un fragmento de una ánfora o vajilla hechos hace miles de años hablar de redes comerciales o crisis sociales?

En apariencia no puede, pero hoy se estudian cantidades: cómo cambian los volúmenes en ciudades y campo, y cómo se mueven los materiales. Eso permite leer los «flujos» de cerámica como un indicador —un proxy— de cambios económicos. En España, como en Italia o el noroeste de Europa, se ve un declive claro, no necesariamente por invasiones, sino por factores económicos difíciles de explicar entonces y ahora.

Durante estas tres jornadas se hablará de todo tipo de yacimientos, algunos pequeños, como el de Valencia do Sil e Vilamartín de Valdeorras. ¿Qué aportan este tipo de hallazgos frente a las capitales imperiales?

Permiten ver el impacto real de la economía. En enclaves interiores, por ejemplo, las importaciones se vuelven cada vez más raras hasta desaparecer en el siglo VI, mientras que en la costa y en contextos urbanos siguen apareciendo. Midiendo número y variedad, no solo miras a quienes aparecen en la «gran historia», sino también a quienes no figuran en ella y, aun así, la sostienen. Es una forma de mirar la historia desde abajo.

¿Ha podido conocer el patrimonio arqueológico de Galicia y de Ourense?

Todavía no, aunque me gustaría. Esta es solo mi segunda vez en Galicia. La primera fue en 1974; era otro mundo, con otra economía y otra manera de gestionar las cosas, como se puede imaginar.

Ha excavado y dirigido proyectos en lugares muy diferentes: Albania, Italia, Creta, Malta... Al llegar por primera vez a un territorio, ¿qué es lo primero que observa?

Lo primero es cómo encaja en su paisaje. Y luego me interesa mucho cómo lo interpretan quienes viven allí, cómo es esa sociedad. Aquí se nota muchísimo el cambio entre 1974 y hoy: ahora ustedes son muy europeos; entonces no lo eran en absoluto, era un país más cerrado. Conocer la sociedad actual ayuda también a entender la de hace mil años, porque la arqueología va de personas: personas del pasado y personas de hoy. La conexión entre lo que vivimos ahora y lo que vivieron otros antes es clave para interpretar.

Uno de sus trabajos más intensos fue en Butrint, un conjunto monumental que ahora es Patrimonio Mundial de la Unesco. Se sitúa en Albania, país que vuelve a estar en los titulares mundiales precisamente por su patrimonio. Como alguien que cumplió un papel tan importante en conservar parte de él, ¿cuál está siendo su opinión acerca del megaproyecto de Ivanka Trump y las masivas protestas en contra?

Es muy controvertido. Da pena que haya quien trate estos paisajes como si no merecieran protección. Nosotros protegimos el entorno inmediato, pero sabíamos que podía verse amenazado igual por el valor de la tierra. Sin apoyo de la Unión Europea, el gobierno vende suelo con la esperanza de sostener a la población con pensiones y bienestar. Pero una vez vendes un paisaje, lo destruyes para siempre. La cuestión es elegir entre dinero a corto plazo o gestionar un activo a largo plazo, capaz de sostener turismo de alto nivel. Yo prefiero lo segundo, y creo que Edi Rama (primer ministro de Albania) dará marcha atrás.

En sus artículos ha contado episodios casi novelescos al preparar visitas institucionales o explicar el valor del yacimiento a grandes actores políticos y económicos como el presidente del Banco Mundial. ¿Aparte de la paciencia y la documentación, es importante para un arqueólogo aprender a hablar de su trabajo a quien no es especialista?

Mucho. Se dice que «encontramos cosas», pero en realidad encontramos lugares y creamos lugares que atraen a la gente. Cuando vine a Santiago hace 52 años no había nadie; ahora hay miles, y eso beneficia a la ciudad. Y contamos historias: el reto es contarlas de modo que enganchen, sin caer solo en la «sangre y truenos», sino también en lo emocionante y lo arriesgado de lo que hemos hecho como humanidad.

Desarrolló esa faceta como director del Penn Museum, donde ayudó a transformar el espacio en uno dinámico y más atractivo para los jóvenes. ¿Cuál es el secreto para que la arqueología no sea una vitrina silenciosa?

Mostrar su relevancia para nuestro mundo. Los ecologistas lo han hecho muy bien: te enseñan cómo una persona puede implicarse con un lugar, visitarlo, caminarlo, escucharlo. Y, sobre todo, mirarlo a través de los ojos de la gente: la arqueología trata de personas, del pasado y del presente. Por eso es fácil imaginar una «crisis del coste de la vida» en el siglo VI: se ve en la reducción de variedades y en la estandarización de cerámicas como respuesta a una crisis económica, no tan distinta de la que sufrimos hoy. Yo recuerdo España tras la crisis bancaria de 2008: fue durísimo, sin implicación militar, y aun así dejó huella. Eso ayuda a entender que lo que pasa hoy tiene una historia más larga de lo que solemos pensar.

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