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António Nóvoa, investido doctor 'honoris causa' de la Universidade de Vigo: «Puede que en el futuro se pueda comprar inteligencia, pero nunca se podrá comprar la educación»

El catedrático portugués recibe la máxima distinción de la Universidade de Vigo por su destacada labor en Historia de la Educación

António Nóvoa recibe las condecoraciones del doctorado 'honoris causa', de las manos de Xosé Manuel Cid.

António Nóvoa recibe las condecoraciones del doctorado 'honoris causa', de las manos de Xosé Manuel Cid. / Iñaki Osorio

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Ourense

«Os mellores conductores teñen que mirar polo retrovisor para ir dereitos polo camiño que queren. E poden apreciar no seu enorme currículo que o profesor Nóvoa ten os retrovisores ben colocados para ter unha visión real do que vén detrás para poder avanzar cara adiante». Pocas frases podían hacer comprender mejor cuán importante es mirar al pasado como las pronunciadas por Xosé Manuel Cid, profesor de Historia da Educación en el campus de Ourense, en la mañana de este miércoles. La cita estaba a la altura de su idóneo contexto, pues en el edificio Politécnico se celebraba una cita histórica para su ámbito: el día en el que se celebraba la patria que le vio nacer y liberarse, y en el año en el que se cumple medio siglo de Pedagogía en As Burgas, la Universidade de Vigo investía como profesor honorario al primer catedrático de la rama.

El docente de educación portugués António Manuel Seixas Sampaio da Nóvoa ha sido nombrado como 32º doctor 'honoris causa' de la institución académica viguesa. Esta distinción —la séptima similar que recibe en su carrera, todas las anteriores de universidades lusófonas— pretende reconocer su dilatada labor en el mundo de la pedagogía, principalmente en la Historia de la Educación, aunque su dilatada trayectoria le llevó a otras altas cotas, como la de ser rector honorario de la Universidade de Lisboa, tras ostentar el cargo real entre 2006 y 2013; ser nombrado embajador de Portugal ante la UNESCO o presentarse como candidato independiente de las izquierdas a la presidencia de la República en 2016. Su conexión con la universidad olívica es tanto geográfica como familiar, pues Nóvoa es originario de Valença do Minho y tiene raíces gallegas por vía paterna. «Este doctorado me hacía falta por ser de la ciudad más próxima a mi tierra natal. En esta 'raia' galego-portuguesa en la que estamos, las fronteras se disuelvem en una memoria, una lengua y una cultura compartidas», expresó en su discurso de aceptación.

Un pionero en Historia de la Educación

Con más de cien artículos publicados en revistas, 37 libros o 70 prefacios, no es poca la contribución al mundo académico que se puede destacar de la trayectoria de Nóvoa. Como expresaba Cid, encargado de su 'laudatio', sus tesis presentadas en la universidad de Ginebra y la Sorbona son «fundamentais para comprender a evolución dos sistemas educativos en España, Portugal e Francia, e a evolución do seu corpo profesorado». La historia de la educación descrita en estos trabajos sirvió de guía a todos los jóvenes educadores del momento por escapar «do enciclopedismo, o eruditismo, o episódico e o nacionalismo etnocéntrico», pues enfocó su análisis de la materia como algo ligado al resto de acontecimientos histórico, influenciado por los demás fenómenos, y al mismo tiempo, con una capacidad para transformarla: «Pretendíase pasar dunha historia das institucións educativas a unha historia dos procesos de conformación, adoutrinación e socialización, pasar dos grandes pensadores ao coñecemento das mentalidades colectivas», expresaba el profesor.

Pero Nóvoa evitó en todo momento hablar de artículos o condecoraciones, y quiso aprovechar su altavoz para mandar un necesario mensaje a los protagonistas de la universidad, los jóvenes como el que él fue. Tenía solo 19 años cuando vivió una Revolución de los Claveles en la que, según sus propias palabras, «renació», y tanto antes como después tuvo una gran actividad política contra el régimen. Esa generación, se explayaba en su discurso de este miércoles, «venció las luchas por la libertades, reveló una profunda consciencia social y planetaria, alertó de peligros ecológicos, nucleares, armamentísticos, demográficos o digitales, denunció la concentración extrema de la riqueza y las violaciones de los derechos humanos».

La generación que luchó, pero se olvidó de dejar esperanza

«Hicimos bien como generación», afirmaba antes de pasar al mayor error que cometió: «Sin darnos cuenta, fuimos anunciando a los más jóvenes un futuro peor que el nuestro, olvidándonos de una condición fundamental de la existencia humana: no hay futuro sin esperanza». Arrancaba un relato inspirador a la vez que desgarrador, en el que Nóvoa afirmaba que se había dejado este imaginario de vida próxima «en las manos de monstruos, vendedores de ilusión, profetas tecnológicos, demagogos sin pudor que prometen todo a todos, indiferentes a la verdad». Aquellos que prometen paz perpetua, una vida nueva, «tal vez en Marte», y todo tipo de milagros, «hasta la inmortalidad», están consiguiendo calar en las nuevas generaciones «no porque sean ingenuos, sino porque nadie soporta vivir sin esperanza».

Es esta precisamente la razón por la que, como resumía perfectamente Nóvoa, «no basta con denunciar, tenemos también que enunciar, proponer, criar construir. No se trata de vender ilusiones, sino una esperanza esclarecida, capaz de enfrentar la realidad sin ceder a la fatalidad. Si no somos capaces de recuperar los imaginarios del futuro, si no nos sabemos reinventar, perderemos la humanidad que aún nos queda». Este reto es, según el portugués, la mayor tarea de la educación futura, cuyo porvenir debe sucederse marcado por «negar que se apague la frontera entre el humano y la máquina». El auge de la IA centró esta parte de su discurso, más concretamente como un sistema formativo que debe ser «un bien común y un encuentro entre generaciones» no se debe dejar influir por su 'modus operandi': «Educar no es solo tener resultados, tarea en la que las máquinas quizás nos superen. Educar es valorar el camino que conduce a los resultados, evaluar la búsqueda, la duda, el estudio, el trabajo conjunto, la reflexión, el descubrimiento». Y es que, como aseguraba, «puede que llegue el día en el que sea posible comprar inteligencia, pero nunca se podrá comprar la educación, porque aquello que nos educa no es la respuesta, es la experiencia que nos forma».

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