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Celebración eclesiástica

La Diócesis de Ourense rinde homenaje a los sacerdotes con más años de ministerio: «Antes una parroquia era un mundo»

El Seminario Mayor fue el escenario elegido para celebrar la longevidad en el trabajo de once curas que cumplen 25, 60 y hasta 70 años en un oficio que se enfrenta a la despoblación, el envejecimiento y la escasez de vocaciones jóvenes

A diócesis de Ourense homenaxea ós sacerdotes que celebran 25, 60 e 70 anos de traxectoria

Iñaki Osorio

Entre los muros del Seminario Mayor de Ourense se forman cada curso los futuros sacerdotes de las parroquias gallegas, jóvenes que en algún momento decidieron responder a «la llamada». Ayer, ese mismo espacio —origen de tantas vocaciones— se convirtió también en lugar de regreso y reconocimiento para quienes acumulan décadas de ministerio: once curas de la Diócesis de Ourense que celebraron sus 25, 60 y hasta 70 años de servicio.

La celebración de la festividad de San Juan de Ávila se transformó así en un acto de reconocimiento que, sin renunciar a la emoción, evitó la solemnidad rígida. Entre saludos demorados y bromas internas que sobreviven al paso de las décadas, la jornada dejó entrever la realidad de la provincia desde una perspectiva eclesiástica: despoblación y dispersión parroquial.

En la diócesis ourensana, un territorio de 5.281 kilómetros cuadrados con unos 260.000 habitantes — ya que la comarca de Valdeorras depende del obispado de Astorga—, existen 735 parroquias repartidas en 12 arciprestazgos y, en ellas, el equilibrio es cada vez más frágil: de los 230 sacerdotes censados, solo 155 permanecen en activo, mientras el envejecimiento avanza en un colectivo cuya dedicación se prolonga más allá de la edad de jubilación habitual, por vocación y también por necesidad, tanto propia como ajena.

Los datos dibujan una pirámide invertida. Casi cuatro de cada diez sacerdotes, un total de 87, superan los 75 años; de ellos, 41 tienen más de 85. En el otro extremo, apenas una docena de curas tienen entre 25 y 35 años. Entre medias, 27 sacerdotes de entre 36 y 45 años, 38 entre 46 y 55, y 26 en la franja de 56 a 65.

En ese marco se entienden mejor las trayectorias de los homenajeados. Los más «jóvenes», si se permite la licencia, celebraban sus bodas de plata ministeriales. José Joaquín Borrajo, Pedro Antonio Falcón y Emilio José Gil representan una generación que ya llegó a parroquias con menos feligreses, más kilómetros y una Iglesia obligada a reinventarse. «Antes una parroquia era un mundo; ahora son varias y con poca gente», comentaban no ellos, sino los más mayores.

Esa es la experiencia de Emilio José Gil, el párroco de Santo Tomé de Maside. Nacido en el concello de Arnoia lleva 11 años ejerciendo en la vecina comarca de O Carballiño. Atiende, además de Santo Tomé, las parroquias de Santa María de Louredo, San Miguel de Arneses, San Mamede de Rañestres en Maside y la de San Salvador de Souto en el concello de Cea. «Pocas» y «próximas», pero importantes porque suponen citas que son también «un momento social» en zonas donde los pocos vecinos se unen para la misa. Con los 25 años a sus espaldas, Emilio José tiene un único objetivo «seguir y a mejor, como el buen vino».

Emilio José Gil, Fernando Santiago, Antonio Novoa y Antonio Gómez celebraron 25, 60 y 70 años de vocación ministerial

Emilio José Gil, Fernando Santiago, Antonio Novoa y Antonio Gómez celebraron 25, 60 y 70 años de vocación ministerial / Iñaki Osorio

El salto temporal lo marcaban quienes alcanzaron los 60 años de ministerio: José Estévez Míguez, Antonio Gómez Rojo, Cesáreo Iglesias y Mateo Miranda. En sus trayectorias cabe buena parte de la historia reciente de la provincia: desde los años en los que las iglesias se llenaban sin esfuerzo hasta el presente en el que mantener viva la comunidad exige casi tanto trabajo como fe. El homenaje fue para todos, pero solo Gómez Rojo pudo asistir, «ya vamos mayores y la gente va enfermando», comentaba aludiendo a sus 84 años, de los cuales 49 son compartidos con la única parroquia que lleva en este momento: Viveiro.

Pese al nombre, no se trata de una localidad de la mariña lucense, sino de una parroquia de la comarca de Celanova, tierra natal de Gómez Rojo, quien hasta el año pasado se encargaba también de Freixo, Casardei y Vilanova dos Infantes, templo al que llegó tras el crimen de la Virgen del Cristal. Pero «una enfermedad me hizo tener que descansar, desde entonces solo atiendo en Viveiro» donde tiene claro que «los feligreses son, para mí, mi familia».

Por encima de él tan solo aquellos con 70 años de ministerio. Manuel Alonso Fernández, José Blanco Domínguez, Antonio Novoa y Fernando Santiago encarnan una forma de permanencia que roza lo excepcional. Siete décadas de bautizos, bodas y funerales; de carreteras secundarias y parroquias dispersas. Ellos han visto generaciones enteras que han pasado por los bancos de la iglesia mientras el entorno cambiaba lentamente.

Antonio Novoa y Fernando Santiago ejercieron ayer de portavoces de su generación, una que se ordenó en el año 1956. «Tengo 95 años, cambios he visto tantos que es difícil poder resumirlos, pero fíjate... si yo llegué a dar misas en latín y ahora de eso ya no queda», especificaba Santiago quien ya no ejerce, pero recuerda que su último «servicio a la comunidad fue en la Parroquia de Cristo Rey», tras recorrerse «la provincia entera». Muchos años, muchos kilómetros y una sola cosa que lamenta, «duré todo lo que pude porque yo era de los idílicos, de los que pecaron de ingenuos y que creyó que verdaderamente podríamos dejar un mundo mejor y...no creo que lo hayamos conseguido».

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