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«La política social y la ambiental ya no pueden ir por separado, las dos se cruzan en la vida diaria»

Las instituciones para mayores deben reconfigurar su modelo de cuidados para incorporar la biografía y los vínculos con la naturaleza, señalan las investigadoras Cristina Vanessa Nunes y Helena Amaro da Luz

Cristina Vanessa Nunes y Helena Amaro da Luz.

Cristina Vanessa Nunes y Helena Amaro da Luz. / Iñaki Osorio

Ourense

Cristina Vanessa Nunes y Helena Amaro da Luz fueron la representación internacional del seminario de investigación en trabajo social del campus de Ourense, que celebró este martes su tercera edición. Ambas son investigadoras del Centro de Estudios Interdisciplinares de la Universidade de Coimbra, y su campo de especialización es el cuidado de las personas mayores, además de aplicar una perspectiva ecosocial al reto demográfico. En una pausa entre conferencias, charlan con FARO para ahondar en su trabajo.

¿Para empezar, qué significa el bienestar para una persona de 70, 80 o 90 años?

Hablar de estar bien es hablar de algo subjetivo. Depende de cada persona y de su historia. Por eso el trabajo social insiste en mirar a cada individuo como único y en construir proyectos de vida que tengan en cuenta trayectoria vital, situación actual, expectativas, necesidades y preocupaciones. Nuestra investigación trabaja desde una mirada ecosocial. Entendemos el bienestar como algo holístico, con dimensiones sociales y económicas, pero también ambientales y relacionales. No solo importan los vínculos entre personas; también la relación con el entorno y con los elementos del ecosistema del que formamos parte. El clima, el espacio donde se habita y el acceso a recursos básicos condicionan tanto como la red social.

En Galicia, una gran parte de las personas mayores viven ligadas a la naturaleza. ¿Ese vínculo influye en el bienestar?

Sí. Hay un conocimiento informal, a veces poco valorado, de personas que no pudieron estudiar, pero que sostuvieron prácticas sostenibles y en armonía con la naturaleza. Ese vínculo afecta al bienestar emocional, pero también al económico, porque para muchas familias la agricultura fue fuente de ingresos. De ahí nace también un respeto por la tierra y por los animales que hoy empezamos a reconocer como un modelo valioso. Por eso defendemos que las instituciones para mayores deben reconfigurar su modelo de cuidados. La esperanza de vida es alta y muchas personas pasarán parte de su proyecto vital en centros, además con perfiles cada vez más diversos. Pero esos centros siguen centrados casi solo en lo físico, en higiene, vestido o alimentación. Falta incorporar biografía, sociabilidad y vínculos con naturaleza y animales. Una persona que plantó toda su vida o que convivió con mascotas puede perder de golpe esos lazos, y los vínculos no humanos también son bienestar. Hacer un diagnóstico ecosocial permite saber qué relaciones tenía cada persona con plantas, huerta o animales e incorporarlo al cuidado. Muchas residencias tienen jardines amplios que a veces ni se usan. Abrirlos, darles sentido y crear actividades que conecten con la trayectoria de vida puede mejorar la calidad de vida de forma muy concreta.

¿Qué ocurre con la vulnerabilidad en situaciones de riesgo ambiental, como las ola de incendios en viviendas aisladas que azotaron a Ourense este verano?

Es una preocupación creciente. Estamos ante una nueva generación de riesgos socioecológicos, y eso obliga a unir política social y política ambiental. Vivimos ya una tercera generación de riesgos sociales, ligados a lo socioecológico, y ya no puede haber una política social por un lado y una política ambiental por otro, porque las dos se cruzan en la vida diaria. Las personas mayores están reconocidas como uno de los grupos más vulnerables ante las adversidades climáticas: calor extremo, pobreza energética, falta de movilidad o redes que se debilitan. Hay medidas, como ayudas contra la pobreza energética, pero siguen siendo insuficientes. Además, el derecho a un ambiente saludable y a la sostenibilidad debería entenderse como un derecho de ciudadanía. Hay países con legislación sobre clima y ambiente, pero esa dimensión no puede generar más desigualdad porque quienes tienen menos voz no consiguen hacer valer ese derecho, algo central para un envejecimiento saludable.

La soledad no deseada es otra problemática considerable entre la tercera edad. ¿Qué diferencia hay entre vivir solo y sentirse solo?

La soledad es un estado muy subjetivo. Se puede estar acompañado y sentirse solo, y también vivir solo sin sentirse solo. Por eso hay que potenciar redes de vínculos y afectos, para que el lugar donde se habita sea un espacio de relaciones. La edad avanzada suele aumentar el riesgo por pérdidas, por la salida del mundo laboral o por duelos, pero se puede mitigar reforzando redes de solidaridad. Las instituciones y los servicios pueden ayudar, siempre que haya profesionales formados para reconocer el problema y actuar. No se trata solo de “hacer actividades”, sino de cuidar lo relacional y de identificar qué necesita cada persona para sentirse integrada.

¿Dónde debería estar el equilibrio entre el cuidado familiar y el apoyo profesional?

El cuidado debe ser integrado y compartido. En Portugal y España la familia es el primer agente, pero cada vez es un recurso más escaso. La renovación generacional deja señales preocupantes y habrá más personas sin apoyo familiar cercano. Por eso hay que articular soluciones caso a caso: apoyo a domicilio, centros de día o de noche, estancias temporales y otros recursos, respetando siempre la autodeterminación de la persona mayor. Formar al cuidador familiar es clave, sobre todo ante patologías complejas como la demencia, que exige habilidades de comunicación y manejo del día a día. Muchas institucionalizaciones ocurren por falta de herramientas. Apoyos de respiro, grupos de ayuda e información práctica sostienen el cuidado en casa. Incluso existen plazas o estancias para que el cuidador pueda dejar a la persona unos días y atender trabajo u otras obligaciones. Las soluciones integradas son las que están dando mejores resultados.

Portugal y Galicia comparten territorio y retos, más aún en cuestiones de longevidad o del rural. ¿Qué pueden aprender una de otra?

Sobre todo, a trabajar juntas desde la investigación y el intercambio de conocimiento. Sin conocer la realidad no se mejora la práctica. Estas alianzas entre universidades e instituciones permiten diseñar mejores políticas de cuidado y ajustar intervenciones a lo que sucede en el terreno. También es importante que la colaboración sea participativa y con contacto directo entre territorios, para que la investigación se traduzca en intervención y en prácticas concretas en los servicios.

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