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Almeida celebra 60 años como única fábrica de corchos en Galicia con la tercera generación al mando

La empresa familiar, fundada en 1965 por Américo Almeida, se enfrenta a la competencia portuguesa con la cercanía como principal baza

El relevo generacional asegura el futuro de la única empresa de corchos de Galicia

David Alján

Ribadavia

El camino a recorrer para llegar hasta la empresa de los Rodríguez permite intuir fácilmente a qué sector se dedican. Al salir de la A-52 en Ribadavia, hay que pasar por la bodega más grande de la zona, tomar una carretera secundaria marcada como «Ruta do Viño de Ribeiro» y acabar en una nave en lo alto con vistas privilegiadas al embalse de Castrelo de Miño y sus viñedos. Pero ellos no se dedican a embotellarlo, sino a conservarlo, y con una gran historia detrás: Almeida es la única fábrica de corchos que hay en toda Galicia, cumple en estos meses 60 años de historia y en 2025 dio un nuevo paso clave que asegurará su legado por unas cuantas décadas más.

Un legado que comenzó en el verano de 1965, cuando el portugués Américo Almeida llegó como temporero a la capital de O Ribeiro. Proveniente de una más al sur de Oporto, unos empresarios también lusos le contactaron para ir a extraer el corcho de la zona y enviarlo hasta Vigo, pero llegó un momento en el que el dinero no llegaba de vuelta a cambio del material. Fue ahí cuando decidió utilizar las planchas de alcornoque para fabricar sus propios corchos, y con la nueva empresa, empezar también una nueva vida llevando a su familia de ocho hijos a Ribadavia. Eso sí, el proceso de emigración no tuvo nada que ver con como sería hoy en día: Américo tan solo disponía de una moto de la época para realizar múltiples viajes entre la Portugal de Salazar y la España de Franco, con la represión que ello conllevaba: «Tardábase máis ou menos un día enteiro en facer a viaxe, e ao chegar á fronteira habíase que meter por regatos ou montes para poder pasar», cuenta su hijo Francisco Ribeiro. De hecho él, al ser el más menudo de los ocho, fue llevado hasta Galicia a las pocas semanas para registrarlo como nacido en España pese a haberlo hecho en Portugal.

Un legado que comenzó en el verano de 1965

Francisco tenía solo 16 años cuando con varios de sus hermanos decidió hacerse cargo de la sociedad. Aún recordando la época en la que el corcho era cuadrado y comenzando con las brocas manuales, fueron los que dieron el paso a las máquinas de motor, no sin antes vivir un incendio en la nave en la que fabricaban al año de coger el relevo —el segundo tras un fuego que vivió su padre en una nave alquilada—. El legado continuó, con la mudanza a las actuales dependencias en el 2000 de por medio, pero al igual que su padre, los hermanos de Francisco pasaron a disfrutar de una merecida jubilación, dejando al pequeño requerido de una nueva camada que recogiera el mando. Y en 2025, esa nueva generación llegó de la mano de Xacobe, su hijo, y Marcos Rodríguez, su yerno, que dirigen el negocio intentando aportar ideas frescas en cuanto a redes o nuevos mercados pero manteniendo el buen hacer que les inculcó Américo.

El ser la única fábrica de corchos de Galicia no les exhime de tener una feroz competencia, que llega de Portugal, reina indiscutible de la industria. Unas cifras valen más que mil palabras: En 2024, según el Observatorio de Complejidad Económica, el país luso produjo en exportaciones de corcho más dinero que todo el resto del mundo junto. España se quedó segunda con 365 millones de dólares, frente a sus 1.150. Pero frente a las macroproducciones que ofrece la nación vecina, el factor clave de Almeida es la proximidad, pues en 48 horas desde que la bodega realiza el pedido pueden tener el servicio hecho. Son 25 millones de corchos los que la empresa de Ribadavia personaliza cada año —como la mayoría de las empresas, su proceso de producción comienza con la plancha de alcornoque lista para cortar o el corcho ya tallado—, y con los que nutre a explotaciones de toda España: «En torno ao 20% das adegas do Ribeiro utilizan os nosos corchos, polo que non podemos dicir que sexa o noso gran mercado, temos tamén éxito en Monterrei, Valdeorras, Ribeira Sacra ou Rías Baixas. Tamén temos boa cota no Bierzo, e estamos intentando entrar en Ribera del Duero», cuenta Xacobe.

El dominio de Portugal condiciona también la materia prima

El dominio de Portugal condiciona también la materia prima a trabajar, pues los lusos tienen, según Xacobe, el 60% de la sobreira productiva de todo el mundo. Atrás quedan los tiempos de los que oyó hablar Francisco, en los que cuando el corcho era el material más utilizado en equipamiento marítimo llegó a haber 10 empresas en Galicia, alguna con hasta 60 trabajadores. Ahora, tanto Almeida como el resto de fábricas de España (en Cataluña queda todavía una pequeña extensión) trabajan con alcornoque portugués por una lógica cuestión de rentabilidad: «Alí hai monte preparado en extensión, cada 3 metros pódeste atopar unha sobreira. En Galicia, a que hai é porque naceu, e está normalmente en zonas abruptas», explican las nuevas generaciones.

Aun así, esto no ha frenado a Rodríguez y Ribeiro para intentar reducir ese ratio de 80% de corcho portugués que usan actualmente, y han hecho varias incursiones en el val del río Arnoia, en Meréns (Cortegada) o en Cameixa (Boborás), donde consiguieron «un corcho de moi boa calidade». Pero el dominio portugués también afecta en este sentido: «Cando fixemos as nosas propias incursións tivemos que chamar empresas especializadas de Portugal, e para mercar ou reparar algunha das máquinas da nave tamén temos que ir ata alí» comentan. El apartado formativo suma al impacto, pues mientras que en Portugal hay FPs especializadas en la industria, la capacidad de I+D en Galicia depende de que las generaciones al mando sepan combinar el saber familiar con su experiencia en otros ámbitos.

Y es que la tercera generación llegó a Corchos Almeida desde sectores muy diferentes: Xacobe era director comercial de una academia de hotelería, y Marcos regentaba un kiosco de prensa. Sin embargo, la decisión de cambiar de oficio fue premeditada, algo que «ía tocar», dicen, al ver las jubilaciones de sus tíos y que el resto de la familia no tomaba las riendas. Y es que Rodríguez y Ribeiro son el ejemplo de que los relevos generacionales no necesitan la mayoría de las veces de cambios de vida drásticos o retornos imposibles al hogar familiar, sino de alguien que quiera continuar con lo que se hace bien: «Non nos lanzamos ao vacío, nun negocio que leva 60 anos funcionando non vas vir inventar a pólvora. En compañías con tanta historia os cambios nunca son abruptos, ao final é manter unha continuidade que xa deu resultado».

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