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El ourensano Juan Bouzo, que cumple 104 años, sigue tomando su vaso de vino al día «porque le da fuerza»

Este nacido en A Peroxa, que emigró a Alemania y Venezuela, ha superado enfermedades y pérdidas, mostrando una actitud positiva ante la vida y encontrando en la residencia un nuevo hogar

El ourensano Juan Bouzo cumple 104 años: así fue su vida y los secretos de su longevidad

David Alján

Ourense

El 17 de abril de 1922, FARO abría sus páginas con la actualidad en la guerra del Rif, se publicaba la crónica de un derbi entre el Vigo y el Fortuna (que menos de dos años después se fusionarían en el Celta) y el «número suelto» del periódico costaba 10 céntimos de peseta. Ese mismo día nacía en la provincia de Ourense un tal Juan Bouzo, pero su caso es el único de los cuatro en el que no hay que hablar en pasado: este vecino de la residencia pública de O Castro de Caldelas cumple este viernes 104 años, lo que lo coloca, según los datos disponibles, en el séptimo ourensano con más edad.

Pero la edad es tan solo una cifra y la vitalidad no tiene que ver con el número asignado en ese aspecto. Paseando bastón en mano, ojo avizor a quien entra por la puerta de la residencia como quien maneja el cotarro, recibe a los invitados cual señor, y no pone pegas ni dudas a la propuesta de hacer una entrevista sobre su vida, de la que ya empieza a contar anécdotas antes incluso de sentarse a la mesa. Ya con la grabadora en modo REC, el relato de sus memorias se asemeja a una gran biblioteca desordenada: no son pocas las ocasiones en las que se va por uvas uniendo una vivencia en el barrio ourensano de A Ponte con otra situada al otro lado del océano Atlántico, pero todo lo que cuenta, y el ímpetu con el que lo hace, convierte a su biografía en un magnífico relato de la Galicia que emigró buscando una vida mejor, y de tantos que a pesar de los múltiples reveses que le dio la vida, nunca perdió la sonrisa cuando había que tenerla.

De Carracedo a Alemania en busca de una nueva vida

Bouzo es natural de Carracedo, parroquia del concello de A Peroxa y «terra das cebolas, carallo», como defiende con vehemencia. El menudo de una camada de cinco fue el encargado de cuidar del hogar familiar ya de adulto mientras el resto de sus hermanos salían a buscarse la vida. «En tódalas casas queda un burro de carga, e na miña tocoume a min», afirma. No fue, desafortunadamente, hasta el fallecimiento de su madre, allá por 1964, que casó y marchó de casa a buscar una nueva vida, que como muchos otros, tuvo que encontrar lejos. Se subió, junto a otros 400 gallegos, al que conocían como «tren emigrante», y se bajó en Alemania, donde esperaban los jefes que habían «hecho un pedido» de cuantos trabajadores españoles necesitaban para sus empresas. Bouzo acabó en Fráncfort, en un taller de polución de piezas de automóvil donde «tres tanques de pezas chegaban negras coma o chamizo e saían brillantes coma pesetas», pero el nuevo sueño se acabó convirtiendo en un infierno: a pesar del duro trabajo no le llegaba para comer, y el ácido que se utilizaba le acabó provocando una enfermedad.

A los cinco años volvió a casa, pero su regreso no duraría mucho, pues su hijo había emigrado a Venezuela y, a los cinco meses de casarse con una descendiente de gallegos, reclamó a su padre para cruzar el Atlántico. En el país latinoamericano pasó diez años, dedicándose principalmente a instalar y reparar cortinas y toldos, y de esa década guarda un muy buen recuerdo a pesar del ambiente que se vivía en el país por aquel entonces: «Eu nunca fun amigo do medo e Venezuela era moi perigosa, en calquera sitio podían matarte como quen mata unha pita, e varias veces apuntáronme no ombro co caño dunha pistola. Pero eu funme metendo aos sitios onde os compañeiros non se querían meter. Gañábanse cartos, pero había que ser decidido e non ter medo», afirma Bouzo, que, sobre la multiculturalidad de la región por aquel entonces, asegura que «non había rincón do mundo que non tivera unha persoa alí». Juan vivió en una Venezuela gobernada por el Partido Verde y posteriormente por Acción Demócrata y asegura que si no hubiese caído en manos del chavismo, «a día de hoxe sería o mellor país do mundo, e se poidera coa miña idade volvería para alí».

La residencia y el secreto de la longevidad

Sin embargo, como resume perfectamente Juan, «cando o demo te quere foder, se non é nesta cornada, naquela vaite enganchar», y mientras vivían como querían en Venezuela, su mujer contrajo una enfermedad del sistema nervioso. Juan dejó todo para atender a su esposa, volvieron a España para gastar sus ahorros en múltiples especialistas. Y justo cuando había mejorado tanto en estado de salud como de ánimo, llegó una segunda estocada: un cáncer con el que no hubo nada que hacer, «e tivemos que deixala marchar». Tras cinco años viviendo como viudo en la casa familiar, Bouzo se trasladó en 2018 a la residencia pública de O Castro de Caldelas, donde es una de las almas del centro. Y es que si algo destaca como «chave xeral para todas as entradas é a formalidade»: Juan no pierde la ocasión para cada domingo ponerse sus mejores ropajes, y hasta hace poco ni los médicos eran capaces de distinguir su edad según su físico. Acudir a misa, no perdonar su paseo diario y hablar cada día con los vecinos caldelaos han sido otros de los aspectos fundamentales de su vida como jubilado, y quién sabe si la clave de su resistencia, pues en la pandemia mundial de 2020, en el marco de su 98.º aniversario, fue uno de los tres únicos usuarios de la residencia que esquivaron el coronavirus.

Al preguntarle por el secreto para llegar a los 104 años con su frescura, Juan no tiene muy clara la respuesta. Se acuerda más bien de aquellos factores que le permitieron salir adelante en condiciones adversas y tener una vida digna. «Nunca tiven quen me dera cinco pesos, pero favores todos os que me fixeron falta. Por onde pasei, deixei marcas como caracol, e aínda que houbo quen me quixo mal, tamén moita xente validísima aprecioume», cuenta. Más allá de lecciones de vida, las trabajadoras de la residencia nos revelan sus soluciones de alquimia particulares para la vida eterna: «Con cada comida sempre toma un vaso de viño, di que lle dá forzas», a lo que se une la botella de aguardiente que guarda encima del armario de su habitación, como tantos otros compañeros del centro.

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