Artesanía
El barro de Niñodaguia pone rumbo a Europa: el objetivo es ser IGP en 2027
La sexta edición de la Fornada Tradicional reivindica la historia de una alfarería con solo dos artesanos en activo y para la que el Concello quiere lograr una Indicación Geográfica Protegida

Lucila González
Niñodaguia no es solo una parroquia de Xunqueira de Espadanedo, es el epicentro de una resistencia cultural que se moldea con las manos. En la inauguración de su sexta Fornada Tradicional, en el marco de los Días Europeos de la Artesanía, la localidad volvió a sacar sus mejores piezas para presumir de un oficio que es tradición y que quiere no solo conservarse, sino saltar barreras. Así lo hizo saber el regidor municipal, Pablo Graña, que lanzó el que será el gran reto estratégico de la comarca: conseguir que en 2027 la alfarería de Niñodaguia sea reconocida oficialmente como Indicación Geográfica Protegida.
«Tenemos claro que lo vamos a conseguir; vamos a poner a Niñodaguia el mapa de Europa», aseguró el regidor, destacando la colaboración con el Inorde para profesionalizar y blindar el prestigio de un barro que ya hace décadas que viaja por todo el mundo.
Esto es algo que sabe bien Jose María Ferreiro. A sus 85 años ayer ejerció de «forneiro» en la representación de la Fornada Tradicional, un oficio que escenificó con soltura puesto que fue su profesión desde los 35 años, tras una etapa aprendiendo de sus padres y hermanos el arte del fuego y del barro. «Iso é empezar tarde, hai que empezar de cativo para ter soltura, pero a min non me interesaban os cacharros e marchei, e cando volvín collinlle o xeito e acabei quedando co forno de meu pai. O forno que eu teño na casa ten 90 anos, é maior ca min», relata.
La maestría de José María no residía solo en moldear, sino en el arte crítico de la cocción. Recuerda con precisión las hornadas tradicionales donde se llegaban a cocer «máis de 3.000 piezas simultáneamente e estamos a falar de pezas feitas todas a man, non con procesos de fábricas como agora», apunta. Así señala que era un proceso coreografiado: las tazas y piezas pequeñas se encajaban en los huecos de las tarteras y ollas para maximizar el espacio en el horno, donde el ritual comenzaba «con un lume lento para quentar o barro e que as pezas inferiores aguantasen as superiores e así durante catro horas, despacio, se lle dabas forte estallaban e perdías todo e aprendías polas malas», cuenta Ferreiro.
Para saber si la hornada estaba lista, el método era infalible: se extraía una pieza con una horquilla, se enfriaba en el regato cercano y, según el color que tomara al contacto con el agua, se decidía «se tizar cinco minutos máis ou se xa alcanzara o seu punto a 900 grados».
Tradición en un mercado global
Hoy, frente a la nostalgia de los hornos de leña, en Niñodaguia el relevo de estos trabajos lo ostenta José Vázquez, conocido por su taller Alfarería Agustín. Con 42 años y tras un cuarto de siglo en el torno, Vázquez representa la evolución técnica necesaria para la supervivencia.

Seleccionando las vasijas que trasladar en las cestas. | IÑAKI OSORIO
Aunque empezó «por casualidad» tras no querer seguir estudiando, ha transformado el legado de su padre —que sigue operativo como apoyo— en una empresa moderna, ubicando su taller estratégicamente junto a la carretera general, donde cuenta hoy «con tornos eléctricos de última generación y hornos de gas y luz». Una «modernización que permite una capacidad de producción prácticamente industrial puedo sacar adelante 1.000 piezas en una semana si el pedido lo requiere», dice el alfarero.
Bajo su mando la calidad de la Alfarería Agustín y, por tanto, la de Niñodaguia ha cruzado numerosas fronteras, entre ellas el océano Atlántico. Vázquez exporta vajillas para alta restauración para todo el territorio nacional y también internacional, su trabajo ha viajado a Alemania, Países Bajos o Italia y al otro lado del charco «he llegado a fabricar una vajilla personalizada para un restaurante de Nueva Jersey, aunque la logística internacional es un reto, debido a las roturas en aduanas y los altos costes de transporte», afirma.
«De Niñodaguia para el mundo», resume el artesano quien aclara que a pesar del éxito exterior, «el 90% de la producción sigue vinculada a las fiestas gastronómicas de Galicia, donde el cuenco de barro sigue siendo el rey» y que, pese a la innovación en los hornos, «el oficio sigue ahí, porque hay mucho trabajo previo que es a mano y no solo para elaborar las piezas, a posteriori también es trabajo manual, barnizar, sellar, firmar...».
Dos guardianes
Hasta la cita se desplazó el director xeral de Comercio e Consumo de la Xunta de Galicia, Gabriel Alén, acompañado del director xeral de Patrimonio, Ángel Miramontes y el delegado territorial, Manuel Pardo. Los tres pusieron en valor la alfarería de Niñodaguia y su Fornada Tradicional, que es fiesta de interés etnográfico y ensalza su característico «barro amarillo». «Es un emblema para el territorio», sostuvo Alén.
Pero los emblemas no se mantienen solos y desde Niñodaguia temen que no haya relevo generacional que les permita seguir existiendo. En la actualidad resisten dos alfareros y a ellos pone voz Vázquez, quien apunta que «es casi imposible encontrar aprendices interesados porque esto es un oficio de familia; es raro que alguien de fuera se meta y si llega alguien lógicamente quiere saber cuánto va a cobrar y no es tan fácil decirlo, hay meses de mucha producción y demanda y meses de menos, es difícil», advierte.

Las «apañadeiras», cargando las piezas sobre sus cabezas. | IÑAKI OSORIO
En su casa hay dos niños pequeños que podrían mantener el negocio si así lo deseasen, pero no será imposición: «si quieren irse se irán, cuando mi padre quiso ponerme al frente yo no quise. Discutimos mucho por esto hasta que, como no quise estudiar, fue lo que me quedó y descubrí que realmente me gustaba, pero si no hay esa inquietud, forzándose no se llega a ser un buen alfarero de Niñodaguia», valora antes de añadir que, con todo, el mayor de sus retoños «es capaz ya de centrar el barro en el torno, que es un avance muy grande».
Historia de mujeres
La historia de la alfarería en Niñodaguia es también una historia de mujeres. El alcalde de la localidad aprovechó el acto para rendir un emotivo homenaje a la figura de la «apañadeira», mujeres encargadas de cargar los cestos con piezas sobre la cabeza y bajo los brazos para prepararlas antes de entrar al horno.
Una figura esencial para el buen funcionamiento del oficio en una época en la que «había más de 20 o 30 alfareros; si querías cocer después de otro, tenías que dejar una taza para reservar la plaza en el horno», recuerda Ferreiro sobre una época en la que el humo de las chimeneas era el signo de prosperidad de una comarca que, ahora, busca que ese mismo humo sea señal de futuro, esta vez con sello europeo como Indicación Geográfica Protegida.
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