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Religión

El Ramadán en Ourense: una práctica religiosa que transforma la ciudad durante un mes lunar

En Ourense, el secretario general de la mezquita, Ibrahim Diouf, explica cómo la comunidad musulmana vive el Ramadán, un mes de ayuno y reflexión que se manifiesta en la vida cotidiana y en la mezquita

La mezquita de A Carballeira, uno de los viernes de rezo colectivo. | ROI CRUZ

La mezquita de A Carballeira, uno de los viernes de rezo colectivo. | ROI CRUZ

Ourense

En pleno Ramadán, en el barrio de A Carballeira hay un detalle que delata el viernes antes de que suene ningún altavoz. Sobre las 13.30 horas, una calle estrecha y sin salida empieza a llenarse de coches que dan vueltas buscando un hueco imposible y, cuando alguno se rinde, aparece la misma frase de barrio, esa que ya funciona como calendario: «Se nota que es viernes». Lo cuenta Ibrahim Diouf, secretario general de la mezquita de Ourense y senegalés, con la naturalidad de quien ya ha aprendido que, en esta ciudad, la fe también se traduce en logística.

Según explica Diouf, este año el Ramadán comenzó el 19 de febrero y se desarrolla durante un mes lunar, de 29 o 30 días, nunca 31. La norma más visible es la que todo el mundo cree conocer, aunque en realidad se desplaza ligeramente cada jornada porque manda el sol. El ayuno va del alba a la puesta y, estos días, como referencia, él lo enmarca aproximadamente entre las 7.15 y las 19.15.

A partir de ahí, la vida sigue con su normalidad habitual. Trabajo, bares abiertos, gente comiendo en la calle, termas, escaparates. Precisamente por eso, sostiene, hacerlo en España es más difícil que en un país de mayoría musulmana, donde el entorno acompaña y el respeto social es distinto.

Pero el Ramadán, insiste, no es un ejercicio de aguantar hambre. Es, sobre todo, un entrenamiento de voluntad: «No se trata solo de no comer o no beber». Lo define como una prueba íntima. Podrías esconderte, podrías buscar el atajo, podrías cumplir de cara a los demás. No lo haces. No porque te vigilen, sino porque crees.

Entre la voluntad, la rutina y la mesa

La segunda capa es moral y cotidiana. Hay que hacer cosas buenas y evitar las malas. Incluso controlar la mirada, comportarse con más cuidado, exigirse más. Durante este mes, explica, esa vigilancia se intensifica, no como un catálogo de prohibiciones para el público, sino como una forma de poner orden dentro de uno mismo.

Y luego está la mesa, que no aparece en los titulares pero sostiene todo lo demás. Antes de que amanezca, muchas familias apuran la comida previa al ayuno. Al caer el sol, se espera el magreb, se rompe el ayuno y la casa vuelve a encenderse. El primer sorbo suele repetirse en medio mundo, con matices de país. Agua, dátiles, algo caliente que devuelva el cuerpo a su sitio. O una sopa con nombre propio, como la harira, pan y guisos.

De ahí la insistencia de Diouf en la solidaridad. Habla de ponerse en la piel de quien pasa hambre todo el año y de que el mes empuje a actuar, con limosna y ayuda a quien no tiene. Él lo enmarca además como uno de los pilares de la religión, al mismo nivel que el rezo, la limosna obligada o la peregrinación si se tienen medios.

¿Cuánta gente lo hace en Ourense? Él es prudente. Dice que es complicado saberlo, porque no todo el mundo vive la práctica igual y porque aquí existe una libertad que cambia cosas. Pero si uno mira lo que pasa los viernes, asoma un mínimo. En día laboral, calcula que van a la mezquita alrededor de cien personas. Si es festivo, pueden llegar a 150, sin contar a las mujeres que no acuden al rezo del viernes ni a quienes no pueden ir por trabajo. El sermón empieza a las dos de la tarde, así que el movimiento se nota antes.

Ese crecimiento no es una impresión, se ve en las paredes. Diouf recuerda que hace diez años la mezquita tenía espacio de sobra. Hoy han tenido que reformar y ampliar varias veces y aun así, algunos días, la gente reza en el pasillo. Lo vincula a la inmigración y cita orígenes diversos, de Senegal a Marruecos, Argelia o Nigeria, que han ido ensanchando la comunidad hasta convertirla en una presencia estable.

En paralelo, Diouf niega que Ourense sea un lugar hostil. Dice que, en general, no perciben prejuicios por la práctica religiosa y que el barrio colabora a su manera. El conflicto, cuando aparece, es terrenal: el aparcamiento, algún coche bloqueando un garaje, la calle estrecha. Y también hay gestos pequeños que pesan, como el día en que una chica llevó varios ejemplares del Corán traducidos al español para dejarlos en la mezquita.

El otro gran problema no lo resuelve el urbanismo, sino el tiempo. Encontrar un imán estable, explica, es difícil no solo en Ourense, sino en toda España. No basta con dirigir el rezo y el sermón, sino que la persona al frente debe ser un ejemplo y sostener la confianza. Han tenido imanes que se marcharon por ofertas mejores. Desde agosto cuentan con uno que, de momento, funciona.

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