Rural
La miel de fuera inunda el mercado español: apicultores gallegos denuncian competencia desleal
Inés Mirás, apicultora premiada internacionalmente, denuncia que el precio de la miel importada, a 1,80€ el kilo, impide competir a los productores locales, que necesitan venderla a un mínimo de 10€

Los apicultores extienden las dos mieles sobre las tostadas de pan. / Iñaki Osorio
«O mel importado arruina as nosas vidas». Así de esclarecedora era la pancarta bajo la que alrededor de una veintena de apicultores y apicultoras se movilizaron ayer en las puertas del centro comercial Pontevella. La protesta, convocada por Sindicato Labrego Galego, las asociaciones apícolas Abellas Nais, Serra da Carba, Apícola de Galicia y la sociedad de consumidores Acuga, llevó a los profesionales de la miel tanto a Lugo como a la ciudad de As Burgas para visibilizar la situación que viven con los tratados de libre comercio. Aunque la manifestación tenía un doble objetivo, las reclamas tenían raíz en la abultada cota de mercado que las mieles extranjeras ocupan en las tiendas españolas a precios ínfimos y con una calidad cuestionable, lo que el sector denomina «fraude do mel».
Una de las intenciones principales era poder concienciar a la sociedad ourensana de las diferencias de opciones en su despensa a la hora de comprar el producto de las abejas, y para ello no había una forma más directa que una cata in situ. Sobre dos tostas de pan, los apicultores extendían el contenido de dos botes: uno denominado como miel floral que, aunque envasado en Madrid, procedía de colmenas de Ucrania, Vietnam y Argentina; al lado, una rebanada de Indicación Xeográfica de Galicia, cuya diferencia ya en color y aspecto era abismal, y más aún se notaban los contrastes en boca.
Precios imposibles y miedo a Mercosur
Desafortunadamente, esta abultada desemejanza se reflejaba también en los precios de cada tarro, y es precisamente esta competencia desleal en lo económico la que está poniendo en riesgo de extinción no solo negocios, sino la forma de vida de personas que recogen una tradición centenaria. Inés Mirás es una apicultora de Vilar de Santos cuyo proyecto «O mel da Inés» recibió una medalla de oro por su calidad en los prestigiosos London Honey Awards 2025, pero poca loa es de utilidad cuando tu producto no puede ser competitivo en precio por una cuestión básica de supervivencia: «Están importando mel estranxeiro a 1,80€ o quilo, e a nós para que nos saía rendíbel temos que vendelo como mínimo a 10€, e sendo pequenos proxectos, cun número concreto de colmeas, a nós como apicultura galega fáisenos moi difícil competir contra produtos que veñen importados de fóra», explica la apicultora vilasantesa.
El panorama se ha complicado aún más con el incipiente acuerdo de libre comercio entre UE y Mercosur, el cual según Inés «lévase a palma», pues aunque hasta ahora los apicultores veían en China su mayor problema en cuanto a competencia injusta, el pacto con el mercado latinoamericano puede derivar en una importación masiva, que favorezca aún más que «o noso produto fique nos almacéns, mentres que grandes distribuidoras traen para Galicia máis mel do que producimos aquí», cuenta el apicultor Brais Álvarez, que se movilizó en Lugo. Todo ello en una evolución de hábitos de consumo que, según denuncian, va a peor para productor y comprador: «A xente estaba acostumada a encargarlle 20 botes ao veciño, e agora collemos un bote de medio quilo de mes en mes que recorre 4.000 quilómetros para chegar ás nosas mesas, e co que mercándoo apóiase unha agroindustria e un modelo que nos afecta negativamente», cuenta Mirás.
Sospechas de fraude en controles fronterizos
El supuesto «fraude» de las mieles extranjeras no viene solo en lo económico, sino también en la salud. Según denuncia el Sindicato Labrego Galego, el 51% de las mieles analizadas en las fronteras de España por la UE son sospechosas de fraude. Algunas se diluyen en jarabes de fructosa; otras usan resinas y ultrafiltrados para enmascarar adulteraciones; y algunas falsifican directamente su origen de producto. Una mezcla de «señales rojas» en las baldas de los supermercados que no solo puede perjudicar al productor, sino engañar al consumidor con la calidad.
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