Juventud atípica
De la hostelería a la sacristía: servir, ahora, desde el corazón de la catedral
Juan Carlos Arrieta y Celso Rúa cambiaron largas horas en barras y cocinas por ocho horas entre cálices y liturgias, pero mantienen la vocación de atender al público

Juan Carlos, Celso y el deán José Pérez, quien próximamente se despedirá del cargo tras haber cumplido el periodo máximo. | IÑAKI OSORIO
Dos hosteleros entran a la catedral y... se convierten en sacristanes. Esta frase no es el inicio de un chiste, es en realidad el punto de partida de la historia común de Juan Carlos Arrieta y Celso Rúa, los dos hombres que hoy custodian el corazón espiritual de Ourense. Sus bandejas de camarero y cuchillos de cocina han sido sustituidos por cálices y vestiduras litúrgicas, pero el espíritu de servicio sigue intacto en las naves del templo auriense.
El cambio de vida ha sido radical para ambos. Juan Carlos, de 41 años y origen venezolano, pasó años soportando «jornadas largas de hostelería de 16 horas diarias» como camarero y como cocinero. «Pasé de la rama de la hostelería a trabajar de sacristán, pero las costumbres no se pierden, atiendo a los sacerdotes como atendía entonces, como si fuesen mis comensales» explica con naturalidad el sacristán más veterano de la catedral de Ourense.
Casado y con cinco hijos, su entorno aún bromea con una profesión a la que se incorporó hace casi una década gracias a la sugerencia de un amigo, lo que le permitió abandonar una hostelería que «me gusta mucho, pero es muy sacrificada, es mejor ahora que puedo realizar cosas de manera puntual, pero con un trabajo donde se cumplen las ocho horas», dice el venezolano que aún recuerda la reacción de su gente cuando pasó de camarero a pieza fundamental del templo ourensano: «‘Pero que, convertiches en cura?’ me preguntaban los que además conocen a mi mujer o a mis hijos, lo cual lo hacía aún más raro», pero él defiende que lo más llamativo no era ni eso, sino «cuando descubrían que esto es un trabajo normal, no eres monaguillo, es un empleo remunerado y profesional».
Hasta comienzos de este año su compañero, Manuel Cao, presumía de experiencia, llevaba 39 años en la catedral. Pero en este trabajo también existe la jubilación, así que desde hace tan solo un mes el nuevo compañero de oficio presume de juventud, porque Celso Rúa tiene tan solo 23 años, aunque su trayectoria laboral es casi de 12.
«He tenido una vida atípica, somos mi madre y yo. Ella abrió un bar cuando yo tenía 12 años y estaba interno en el Seminario Menor, así que de lunes a viernes estudiaba, pero sábados, domingos y vacaciones ayudaba. Si queríamos llegar a fin de mes había que trabajar», relata con la madurez de quien también conoce lo que es trabajar en «mataderos, granjas de cerdos y fábricas de madera».
Para él, el puesto fue un giro del destino ya en la adultez tras haber estudiado de pequeño en el Seminario Menor; una oportunidad votada democráticamente por los diez canónigos del Cabildo tras la jubilación de Manuel y con las buenas referencias que tenían de aquel niño estudiante y muy trabajador que reconoce que «casi ni sabía de la existencia del puesto, pensaba que era una cosa como la que se ve en la iglesia del pueblo, abrir, cerrar y barrer, pero no sabía que esto podía ser un trabajo».

Celso y Juan Carlos, en el interior del templo. | IÑAKI OSORIO
El día a día en el templo
En concreto, ser sacristán en la catedral no es solo un oficio de fe, es una profesión con contrato laboral, salario y 40 horas semanales de responsabilidad. La jornada empieza alrededor de las 07.30 horas, cuando el silencio aún es el protagonista. Tanto Celso como Juan Carlos— porque trabajan en días alternos— deben encender las luces y preparar «los libros, el cáliz y las vestimentas» para los sacerdotes como primer paso del día.
La logística no es compleja, pero se endurece especialmente en grandes citas como San Martiño, el día del Pilar o la Navidad, donde deben seguir las pautas de un maestro de ceremonias para que todo «respire en orden y en comunión». En esas fechas, aunque prácticamente también todos los días, además, actúan como vigilantes del patrimonio y del orden: «hay que estar pendiente de que nadie robe porque mucha gente viene a la iglesia a orar, pero no toda».
También hay que ser capaces de mantener el orden entre turistas, interesados y los feligreses. Hay que mantener un clima de paz y tranquilidad, sin gritos ni llamadas por teléfono», detalla Celso para quien esa es «la peor parte del trabajo, el tener que enfrentarte a alguna situación así» y la mejor, la opuesta, «el trato directo con tanta gente todos los días, porque además en mi caso llama la atención que sea tan joven, así que siempre hay alguien queriendo hablar conmigo».
Sin hablarlo previamente comparte con Juan Carlos la parte favorita de la labor que desempeñan. Para el veterano también es «la función de servir, no solo a curas y sacerdotes u obispos, sino a los que se acercan a la catedral, el trato con la gente, amable, como me gusta que me traten a mí». Difieren en la peor, para el venezolano es «el frío de la catedral y la humedad» ese ambiente gélido que cala durante las horas de guardia.
Ambos insisten en que lo mejor «es el factor humano», un factor que Celso hace extensivo «al equipo que formamos con las compañeras de turismo—Virginia Osorio y Ángeles Muguerza» y subrayan la « satisfacción de servir con la misma educación con la que antes servía en una mesa, pero con unas condiciones mucho mejores». Porque realizando servicio en esta joya patrimonial del corazón de la ciudad, los dos antiguos hosteleros han encontrado un nuevo tipo de hospitalidad.
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