Sembrando futuro: los estudiantes que recuperan el monte desde su vivero
Alumnos del ciclo de Gestión Forestal del Cidade de Antioquía cultivan especies autóctonas que supondrán un alivio para la reforestación de zonas quemadas: «es una plantación simbólica»

El estudiantado del ciclo superior mostrando parte de los cultivos en el instituto. / Iñaki Osorio
En el IES Cidade de Antioquía, a las afueras de Xinzo de Limia, hay un pequeño vivero que no hace ruido pero sí deja huella. Lo cuidan cada día estudiantes que conocen el monte no solo desde los libros: muchos trabajan en brigadas forestales, en labores del campo o se han criado en unos entornos rurales que este verano han recorrido en plena campaña de extinción de incendios, viendo de cerca cómo se transforma un paisaje cuando arde. Por eso, el vivero es para ellos y para sus docentes algo más que una instalación del centro: es un espacio donde equilibrar todo lo que el fuego descompensa fuera.
Allí germinan especies autóctonas —alcornoque, roble, encina— siguiendo un proceso completo de recolección de semillas, tratamientos preserminativos y cultivo. Es un trabajo lento, paciente y muy manual, pero de enorme impacto. Cada planta que sale del vivero está pensada para lo que más falta hace en Ourense: restaurar y sensibilizar.

Profesoras y alumnos posando a puertas del vivero. | Iñaki Osorio
Este año, la ola de incendios dejó heridas profundas en varias zonas de la provincia. Y ahí, de nuevo, el vivero del IES Cidade de Antioquia cobró protagonismo. Las plantas cultivadas en Xinzo formaron parte de una intervención de restauración en Cabreiroá Montemaior, un proyecto conjunto con el Instituto Castro de Baronceli de Verín y la Comunidad de Montes.
El invernadero forma parte de las instalaciones del centro desde hace años, ya que imparten varios ciclos de la rama agroforestal, pero este curso adquirió un protagonismo especial. Las plantas producidas por los estudiantes se convirtieron en técnicas de primeros auxilios para el suelo quemado, apoyando la recuperación de « un entorno que sufrió más que nunca durante el verano».
«Nuestros estudiantes ejercieron de capataces y se pusieron al frente de grupos de estudiantes de la ESO para realizar las actividades de forma coordinada», explica Carmen Míguez, ingeniera agrónoma de formación y docente del centro en el módulo de Gestión y Organización de Viveros Forestales.
Sus dos pasiones, la enseñanza y la conciencia medioambiental, la llevaron a plantear, en la primera semana de vuelta al curso tras el verano, una oportunidad para que sus estudiantes pudiesen colaborar en la recuperación del monte. De la mano de Alba Vázquez, docente del módulo de Técnicas de Educación e Interpretación Ambiental, y de una profesora de biología del Castro de Baronceli, pusieron en marcha este proyecto de voluntariado en el que el vivero del centro y las plantas allí cultivadas se convirtieron en la base sólida con la que actuar sobre un terreno incierto.

Los alumnos atienden una explicación de la profesora. / Iñaki Osorio
Organizados para colaborar
Así lo explican los cuatro capataces encargados de distintas labores: Fran Fernández, Alberto Gómez, Íñigo Balado y Roberto Rodríguez.
Fran Fernández se encargó del acolchado de paja, supervisando a veinte alumnos de ESO. Entre todos «colocamos miles de kilos de paja para prevenir la erosión». La tarea se realizó a lo largo de toda una jornada cubriendo "algo menos de media hectárea", resultó exigente: «fue una labor muy compleja, ya no solo por la carga física y mental, sino también porque trabajábamos en pendiente con el cuidado que supone no arriesgar el monte tratando de ayudar», comenta Fernández.
Roberto Rodríguez lideró el equipo que creó muros de contención con cañas quemadas que ya no rebrotarían. «Estos muros se colocaron estratégicamente en laderas y zonas donde el agua podía coger fuerza para minimizar el arrastre del suelo», explica. Rodríguez, que es bombero forestal del distrito de Verín desde hace quince años, añade: «He visto cómo era el paisaje antes, cómo quedó tras el verano y cómo estamos intentando aportar nuestro granito de arena. Es emotivo y esperamos sobre todo que sea útil».
Alberto e Íñigo llevaron a cabo la revegetación, una plantación de carácter «simbólico y funcional» con 200 árboles del vivero educativo. «Identificamos previamente las especies adecuadas, seleccionamos las mejores plantas y preparamos lotes para transportarlas correctamente», relatan. Una vez en Cabreiroá, les tocó explicar a los menores cómo colocarlas, a qué distancia y por qué: «fue una tarea sencilla porque ya habíamos hecho prácticas de revegetación, pero también porque los chavales se comportaron y realmente querían ayudar», aseguran.
Esperanza que se planta
Todos coinciden en que la experiencia fue «muy positiva». Sentir que sus conocimientos pueden aportar esperanza al monte gallego es gratificante, aunque recuerdan que «esta iniciativa no puede quedarse como algo de una sola ocasión; no ya por nuestra parte, sino en general, se necesita mucha ayuda».
Por el momento, el compromiso del centro es a largo plazo y se extiende a otras áreas de la provincia, colaborando con la Asociación para Defensa Ecolóxica de Galiza. La entidad recogió semillas en Valdeorras y el centro las recibirá esta semana para producir nueva planta autóctona destinada a futuras acciones de plantación previstas para primavera. Con todo, las profesoras remarcan «nuestro vivero es educativo y modesto, igual que nuestras iniciativas; solo pretendemos ayudar aportando nuestros conocimientos tras una tragedia que nos duele a todos».
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