Memoria sobre las últimas barcas que cruzaron el Miño
José Rodríguez es uno de los últimos barqueros vivos de Galicia. De adolescente trasladó en lanchas de madera, empujadas a remo, a vecinos, ganaderos y comerciantes, entre Puga (Toén) y Barbantes (Cenlle), de un margen al otro del Miño, en una navegación documentada en la zona desde el siglo IX que se perdió tras la construcción del embalse de Castrelo. Toén pone en valor aquel tiempo

Vecinos de Toén, junto al panel informativo que recuerda la historia de las barcas que atravesaban el Miño. / IÑAKI OSORIO

José Rodríguez Cougil, o Pepe do Carneiro, tiene 81 años y es uno de los últimos barqueros de Galicia vivos. Su relato, con nítidos recuerdos, rememora la época en la que el Miño tejía un vínculo estrecho a ambos lados del cauce gracias al transporte diario en embarcaciones de madera que facilitaban la rutina a los vecinos, a los ganaderos y a comerciantes de sectores como el vino. En Puga (Toén), donde ahora el río es un remanso, y más ancho que antaño por el efecto de los embalses de Os Peares, Velle y Castrelo, el abuelo de José, Manuel Rodríguez, inició en 1892 la gestión familiar del puerto y de los traslados fluviales en barca. Cuando su padre se hizo con la concesión tras una subasta, él trabajó de barquero de forma ininterrumpida entre los 12 y 18 años, hasta que emigró a Alemania.
«O meu pai, o meu irmán e eu estabamos a diario no porto, daquela non se daba feito a pasar xente», introduce. Los barqueros residían en las inmediaciones del puerto y podían ser requeridos a cualquier hora. Había embarcaciones de distintos tamaños para atravesar desde Quellepán a la zona de Barbantes. «Os carros co transporte de viño ían a dous almacéns que había en Barbantes e outro en Casardomato. Algúns días tiñamos 20 carros para pasar. Cando chegaba o primeiro de outubro e o viño xa valía, había veces que non dabamos feito a pasar carros, desde as cinco da mañá ata as nove da noite, sen parar», recuerda el barquero. Cada uno de esos carros empujado por bueyes podía llegar a una tonelada y media.
También se daba servicio a las rutas de transporte de ganado, que los tratantes guiaban a caballo. «Coas feiras de Cartelle, Celanova, O Viso..., o gando viña para a barca, e despois chegaba a Maside, Garabás e O Carballiño». En esas embarcaciones llegaban a trasladarse 20 o 22 vacas, más los dos trabajadores que guiaban las naves a golpe de remos, uno en el extremo delantero y otro en el trasero. «Tiñamos moita práctica», asegura.
Los cruces en barca de un lado al otro del Miño, documentados en Toén desde el siglo IX, favorecían la vida diaria y forjaban las relaciones sociales, como en los días de fiesta, cuando José y su familia empleaban la barca de los carros «porque servía para levar 50 ou 60 persoas», dice. «Cando era o San Antonio de Barbantes e o San Benito de Laias, non se daba feito. Na feira de Barbantes, o día 11 de cada mes, Toén, Xestosa, Larelle, Fontelarella, Cileirón, San Fiz levaban a vender millo, polos, centeo... Había moitísima xente», detalla.
«O meu avó empezou cobrando un can e despois subiu a tres cadelas. Cando o meu pai comprou o porto cobrabamos a dous reais por persoa, máis unha peseta por cada animal», explica. Cruzar el río, que entonces tenía una anchura de unos 60 metros, la mitad que ahora, llevaba solo unos minutos.

José Rodríguez, ante el Miño, cerca del punto donde estaba el puerto de Quellepán. / I. OSORIO
Había varias modalidades de embarcaciones, ajustadas a las distintas necesidades. Construidas por carpinteros de Sande, en Cartelle, con maderas como el castaño y el carballo, tenían el fondo plano y una duración de unos 15 años. «Tiñamos a lancha dos carros, a dos cabalos, outra que podía levar 30 persoas ou máis, con catro remos, e outras dúas para 6 ou 7 persoas cada unha». Antes de los embalses, en las crecidas el Miño era un río peligroso, «pero nós estabamos moi preparados; nunca morreu ninguén», destaca José.
Un panel interpretativo en la orilla izquierda del Miño, cerca del antiguo puerto de Quellepán, recuerda aquellos tiempos. En una de las imágenes, de la base documental del vuelo americano de 1956, José se encontró consigo mismo este domingo José, cuando era un niño. Cuando se le pregunta por la iniciativa de memoria, impulsada por la asociación cultural Amigos do Patrimonio de Toén, se emociona. «Isto era algo moi bonito, síntome moi orgulloso».

Pepe se identifica en una imagen de 1956, cuando era un niño y ya trabajaba en el negocio familiar del transporte en barcas. / I. OSORIO
María Elisa Álvarez, vecina de San Fiz, recuerda la época de los transportes fluviales en barca, entre Puga y Barbantes, y al instante viaja a su infancia. «Había un señor que tiña unha bodega, que lle chamaban o Rivera, levaba as uvas da nosa aldea e de Castiñeiras». En los días de feria «cruzaba coa miña mamá». El transporte facilitaba la vida. «O meu irmán maior ía todos os días a Barbantes para aprender a ser barbeiro. E meus pais tamén cruzaban para ir coller o tren, ou para comprar porcos en Trasalba».
Las barcas y puertos históricos del Miño «son elementos esenciais para a comprensión da evolución social, económica e cultural do noso concello», destaca Pablo Sabucedo, el presidente de la asociación Amigos do Patrimonio de Toén. Antes de la navegación por Quellepán, la barca de Feá, parroquia pegada a la de Puga, llevaba al otro lado. «Constituíu un punto estratéxico nas comunicacións locais e foi escenario de episodios históricos destacados, como a invasión francesa durante a Guerra de Independencia», recuerda Sabucedo.
En el marco de un proyecto con afán divulgativo y más amplio, para poner en valor los lugares con historia de Toén por medio de los testimonios de vecinos y la recopilación e investigación de documentos históricos, la asociación convocó este domingo a los vecinos de la zona para inaugurar el panel informativo sobre los viajes fluviales por el Miño. Antes, en la antigua escuela de Puga, Sabucedo y Ana Lorenzo, una vecina implicada en la tarea de guardar la memoria de la historia y las tradiciones locales, aportaron detalles sobre las barcas y puertos históricos.

Vecinos de Puga y otras partes de Toén contemplan el panel divulgativo sobre la historia de los puertos del Miño en la zona. / I. OSORIO
«Desde a Ponte Romana de Ourense ata Castrelo non había ningunha ponte máis. Desde a antigüidade, o paso desde Feá a Barbantes foi un punto natural, un cruce de camiños, para ir a Ribadavia, Vigo e Tui», ilustró Pablo.
Desde el século IX hay constancia de un puerto en las actuales parroquias de Freá y Freixendo. En la época medieval, los señores feudales cobraban las rentas de paso, y con la aparición de los concellos se mantuvo la práctica. A finales del siglo XIX surgieron empresas privadas, como la de Manuel, el abuelo de José, que establecían tarifas para cruzar de un margen al otro a personas y animales.
Había unha cultura compartida. As barcas e os portos deixaron de existir pero hai unha memoria viva
La navegación estaba tan implantada en los usos y costumbres que, antiguamente, Barbantes-Estación se llamaba A Barca y, antes de la construcción de la línea de ferrocarril a Vigo a finales del XIX, había una capilla junto al río dedicada a San Antonio da Barca, trasladada tierra arriba cuando se tendieron las vías.
El puerto de Feá dejó de utilizarse y el de Quellepán, desde donde la singladura resultaba más fácil, fue el último en el que operaron embarcaciones que navegaban de un lado al otro del Miño. Sucedió hasta 1971, hasta dos años después de la entrada en servicio de la presa de Castrelo. «Cruzábase desde Puga e Feá para coller o tren en Barbantes e ir a Vigo, ou para ir ás festas. Había unha cultura compartida. As barcas e os portos deixaron de existir pero hai unha memoria viva», valora Sabucedo. La historia permanece.
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