Dejarlo todo por recorrer el mundo en bicicleta

Arturo Guede comenzó a pedalear tras la muerte repentina de su padre | Esta experiencia, que combina con su trabajo en París, le ha cambiado la vida | Actualmente recorre la costa este de África

Arturo Guede, en el desierto del Sahara, en Sudán.

Arturo Guede, en el desierto del Sahara, en Sudán. / FdV

Arturo Guede Seara se considera una persona ambiciosa, pero tranquila, aunque parezca contradictorio. Los retos extremos y las aventuras siempre fueron su impulso para ir un paso más allá y el deporte su pasión. Empezó jugando al baloncesto y acabó dominando el kayak, la bicicleta, los maratones y las competiciones de triatlón y ironman.

Es fisioterapeuta y osteópata en París, pero nunca olvida su Allariz natal. Y como buen alaricano, regresa a visitar a su familia cuando el tiempo libre se lo permite. En 2016 su vida se vio truncada cuando su padre falleció de forma repentina e inesperada por un infarto. En ese momento llegó al límite tanto a nivel personal como profesional y su percepción del mundo cambió. Por eso, decidió hacer un parón y cambiar su estilo de vida. Desde entonces, dedica una gran parte de su tiempo a recorrer el mundo en bicicleta. “En Francia hay mucha oferta de mercado en mi sector. Eso me permite dejar el trabajo para hacer estas aventuras sin que me agobie porque se que encontraré otro puesto en cuanto vuelva. Ya lo he comprobado”, explica Arturo.

Dejarlo todo por recorrer el mundo en bicicleta

Arturo Guede Seara, en su viaje de 2017 recorriendo Australia. / FdV

Probó por primera vez una experiencia similar en Australia. En ese caso lo hizo para recaudar dinero y donarlo a asociaciones dedicada s al estudio de las enfermedades cardíacas. La experiencia fue tan gratificante que esa nueva forma de vivir se instauró en él. “Soy un inconformista y odio la rutina, aunque soy consciente de que ser constante te puede traer cosas muy buenas. La bici me permite acceder a lugares a los que no accedería de otra forma e ir a una velocidad con la que puedo interactuar mucho más con la gente y con el medio. Vivir tantas experiencias en tan poco tiempo me fascina. La rutina me pesa y esto me encanta, no paro de sonreír cuando estoy en este tipo de viajes”, confiesa este aventurero.

La vida en África

Actualmente está recorriendo la costa este de África. Empezó el viaje el 24 de enero y su idea es acabarlo a finales de julio. “Ahora mismo estoy en Uganda y ya he pasado por Egipto, Sudán, Etiopía y Kenia. Después tengo intención de ver Ruanda, Burundi, Malaui, Tanzania, Zambia, Zimbabwe, Botswana y Namibia. Aunque puede variar. Yo venía con un planning preparado, pero aquí cambia todo cada día y tengo que improvisar bastante. Hay veces que no me permiten cruzar una frontera, hay países en guerra, en definitiva van apareciendo obstáculos que te hacen modificar la ruta”, comenta. Dormir y comer tampoco es una tarea fácil, aunque de momento está teniendo bastante suerte. “Me ayudo mucho de una aplicación que se llama Overlander. Los sudafricanos la utilizan para viajar en coche y van poniendo pins de sitios en los que paran a dormir, zonas para acampar, lugares en los que encuentran agua y comida, etcétera. El problema es que como ellos van en coche a veces me encuentro tramos largos en los que no han puesto nada y me tengo que organizar como buenamente puedo”, indica.

Por eso, siempre que ve un supermercado compra remanentes. Otras veces, recurre a la población que se encuentra en su camino, que es mucha más de la que se imaginaba. Aunque siempre está en alerta con el agua: “Estuve malo ya dos veces por beber agua en mal estado. En muchas zonas cogen agua del Nilo y es el segundo más contaminado del mundo. Yo siempre llevo un aparato para filtrarla pero a veces es inevitable”. Para dormir utiliza una tienda de campaña, un saco y un colchón hinchable pequeño, aunque el lugar de descanso es una aventura cada día. “He dormido desde el desierto hasta en una comisaría pasando por hostales muy sucios en los que tenía que montar la tienda encima de la cama”, reconoce Arturo.

Una huella imborrable

Cada experiencia que vive este aventurero es diferente. Para él no hay una mejor que otra, todas le aportan algo único y le dejan una huella imposible de borrar. De África le encantan los cambios constantes y la inexistencia de una rutina. Además, visitar este continente le está ayudando a crecer como persona. “Este viaje me está abriendo mucho los ojos. La gente de aquí vive en la miseria, se ve pobreza por todos lados, y aun así están contentos. Ahora me doy cuenta de que en Europa nos quejamos por cualquier minucia. Yo vengo acostumbrado a un estilo de vida consumista, que es lo que prima en París, y aquí viven con muy poco y son unas personas muy humildes. Quiero que se me pegue esta forma de ver la vida”, confiesa.

Para Arturo, viajar se ha convertido en un estilo de vida.

Para Arturo, viajar se ha convertido en un estilo de vida. / FdV

También está descubriendo que las grandes ciudades no le dejan sacar la persona que lleva dentro y que en un futuro quiere vivir más cerca de la naturaleza. Por supuesto, además de conocer paisajes y monumentos, está aprovechando para convivir con gente local y entender su cultura. “Según la zona es más fácil o difícil integrarte. Por ejemplo, en Sudán, Kenia y Uganda me acogieron muy bien pero en Etiopía no”, destaca. Por eso, ha tenido algún que otro percance que ahora cuenta entre risas, pero que en su momento le costó superar. “El susto más grande lo he tenido en Etiopía. Me intentaron robar la bici mientras dormía. Tuve que salir corriendo descalzo y en calzoncillos detrás de una persona que no sabía como iba a reaccionar. Corrí tras él de noche hasta que conseguí recuperarla. En este país también me tiraron piedras y me intentaron meter un palo en las ruedas cuando iba a más de treinta kilómetros por hora, pero en el resto de países no he tenido ningún problema grave”, desvela.

Arturo disfruta de esta experiencia prácticamente incomunicado, pues quitando lugares contados en los que puede encontrar conexión a internet, el resto del tiempo está desconectado del mundo. Por seguridad, lleva un mecanismo con satélite que, aunque no le permite llamar, refleja su ubicación en tiempo real y le permite mandar mensajes predeterminados para pedir ayuda. “Llevo este aparato por mi madre, se que ella lo pasa mal si no sabe donde estoy. Para saber en qué lugar me encuentro solo tienen que entrar en una página web vinculada en la que aparece un puntito mostrando mi ubicación. Se que lo mira cien veces al día y si ve que el punto no se mueve me llega un mensaje predeterminado. A mí me encanta la sensación de estar incomunicado y de llegar a lugares lejos de la civilización, pero la entiendo a ella”, aclara.

Viajar como estilo de vida

Todavía no ha terminado esta vivencia pero ya tiene claro que repetirá. “Me gustaría ver también la costa oeste de África pero esta vez no creo que me dé tiempo. Así que lo haré en un futuro. De hecho, hasta me planteé dejar la bicicleta en Ciudad del Cabo cuando acabe a finales de julio, volver a trabajar a París en septiembre durante seis meses o un año y regresar a acabar este proyecto. Viajar en bici es algo que nunca abandonaré porque desde que empecé me he dado cuenta que es la mejor forma de conocer el mundo”, desvela.

Eso sí, reconoce que después de cada aventura también necesita un tiempo para procesar todo lo que ha vivido, especialmente, cuando acabe esta. Algo que hará en su Allariz natal al finalizar: “El día a día aquí es muy difícil, pasan muchas cosas en muy poco tiempo y necesitaré después una pausa para ser consciente de todo y absorber todo lo que me ha pasado”. Y mientras continúa pedaleando tres meses más, nuevos retos ya se cocinan en su cabeza.

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Arturo recorrió Australia en bicicleta en el año 2017. Era la primera vez que se enfrentaba a un reto así. La muerte de su padre a causa de un infarto un año antes fue el detonante para que se planteara este desafío. Decidió entonces lanzar un proyecto sin ánimo de lucro para recaudar dinero. Por cada kilómetro recorrido, conseguiría un euro que donaría a organizaciones que se encargan de investigar las enfermedades cardíacas. Hizo dieciséis mil kilómetros en seis meses.

“Fue algo nuevo e interesante hacerlo y poder ayudar, aunque me supuso un estrés adicional porque me marqué muchos retos y distancias para conseguir el dinero”, confiesa. Sin embargo, al ser el primero y por fines solidarios, lo recordará toda la vida como algo especial. “Guardo con mucho cariño la experiencia por Australia”, añade. Esa aventura marcó el inicio de una nueva era, pues aunque siempre le gustó el deporte y viajar, desde entonces lo estableció como una forma de vida.

“Las primeras veces que pisé destinos lejanos fue para competir porque hacía triatlón y aironman, pero cuando llegué al límite en lo profesional y en lo personal también me cansé de las competiciones. Así que decidí mezclar el deporte con la aventura y la incertidumbre, algo que siempre me había gustado”, explica. Otro de los viajes que realizó fue un recorrido por Islandia y el Camino de Santiago desde Burdeos. Con la pandemia tuvo que bajar el ritmo y conformarse con pequeños retos, pero volvió con muchas ganas de pedalear durante meses y ahora está conociendo la costa este de África.

“Este viaje es muy diferente. Al no tener una campaña para recaudar dinero estoy haciendo una ruta más abierta, libre e improvisada. También estoy conociendo nuevas culturas y religiones. En Australia no pude tener contacto con los indígenas y no viví un choque cultural, pero en África convivo con diferentes tribus”, concluye.

Esta convivencia le está ayudando a solidarizarse todavía más con el mundo, pues está experimentando en primera persona lo que es habitar en un país sin recursos donde la mayoría de la población vive en la pobreza.

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