La espera por un órgano: “Nunca pierdes la ilusión, piensas que algún día aparecerá”

María Teresa Pérez y María Rajo reciben tratamiento de diálisis en el CHUO mientras no llega el trasplante: "Donar es dar vida"

María Teresa Pérez, durante una sesión de diálisis en el CHUO.

María Teresa Pérez, durante una sesión de diálisis en el CHUO. / FdV

“Donar es fundamental, es dar vida”, dice la ourensana María Rajo tras su sesión de hemodiálisis en el CHUO. Tiene 40 años y con 20 le diagnosticaron síndrome urémico hemolítico, una afección que le dañó los dos riñones y le provocó insuficiencia renal. No pudo acabar la carrera de Trabajo Social que había iniciado y nunca se incorporó al mercado laboral. Su vida depende desde entonces de un trasplante de riñón y de la diálisis.

Trasplantes ha tenido dos. El primero funcionó bien y le regaló una vida tranquila durante seis años, pero acabó perdiéndolo como consecuencia de una meningitis. El segundo, hace casi un año, salió mal y tuvieron que quitárselo después de tres meses de ingreso hospitalario. En verano volverá a la lista de espera. Depende de un donante anónimo porque sus padres, que ya se hicieron las pruebas, no son compatibles y no tiene hermanos.

“Siempre recalco que la donación es fundamental, es necesario que todo el mundo tome conciencia, porque una vez que falleces puedes salvar muchas vidas. Yo animo a la gente a que se haga donante. En nuestro caso es el mejor tratamiento que podemos tener”, señala María. El otro es la diálisis, pero cuando llevas tantos años “quema”, dice. Son tres sesiones a la semana, de tres horas y media cada una. “Tienes que aprender a vivir con esto, yo voy al hospital tres días a la semana, estoy allí y después desconecto. Me lo tomo como si fuese un trabajo y hago mi vida, dentro de lo que cabe, claro, porque los pacientes de diálisis tenemos que llevar una dieta y restricción de líquidos”.

María Rajo, a tratamiento de hemodiálisis. |   // FDV

María Rajo, a tratamiento de hemodiálisis. | // FDV / S. de la fuente

María Teresa Pérez, de 61 años, lleva quince esperando un trasplante. Su caso es complejo, reconoce, porque tienen los anticuerpos elevados y esto incrementa la posibilidad de un rechazo. Hace unos meses sonó el teléfono y le dijeron que había un riñón para ella. “Justo esos días estaba tomando antibiótico y no pudo ser. Me quedé un poco tocada porque llevaba muchos años esperando”, lamenta, pero enseguida asoma el optimismo: “Hay que pensar en positivo. Aunque sean años de espera nunca pierdes la ilusión, yo siempre pienso que algún por fin día aparecerá”.

Quince años en diálisis

A María Teresa le diagnosticaron insuficiencia renal genética cuando solo era una adolescente. Durante la primera etapa pudo llevar una vida más o menos tranquila, aunque siempre bajo control del servicio de Nefrología. Trabajó como funcionaria de Justicia, pero al llegar a los 46 empezó con la diálisis. “Cuando llegué a esa fase estuve dos años de baja y después me jubilé, no podía con las dos cosas”, explica.

Esta paciente es una de las más veteranas en la unidad de diálisis del CHUO y ha visto como a otros compañeros los llaman para el trasplante en poco tiempo. “Mi problema es que no llega el riñón idóneo para mí”. El caso de María Rajo también es de los difíciles “porque hay que contar con la enfermedad de base que tengo”, precisa.

“Te pueden llamar en cualquier momento. A mí el verano pasado me llamaron justo al salir de la diálisis y el riñón vino desde Madrid”

La vida a la espera de un órgano hace que siempre estén pendientes del teléfono. “Te pueden llamar en cualquier momento. A mí el verano pasado me llamaron justo al salir de la diálisis y el riñón vino desde Madrid”, explica María Rajo. “Esa llamada es una mezcla de emociones en las que también está el miedo, porque es una intervención quirúrgica, pero sobre todo hay alegría y el deseo de que todo vaya bien”, detalla.

Tras 15 años en diálisis, María Teresa confía en que pronto llegue ese riñón para ella. “Vives con esa ilusión, sobre todo cuando ves que los trasplantados hacen vida normal, con su tratamiento, pero sin tener que venir al hospital”. La unidad de diálisis, dice, es casi su segunda casa. “Yo lo cojo con cariño porque sé que sin esto no podría vivir y es un tratamiento con el que puedo tener una calidad de vida, entre comillas, decente, porque hay que hacer un régimen y cuidarse. También te acabas encariñando con el personal sanitario”, añade.

“Pero te condiciona la vida. Por eso hay que animar a la gente a que se haga donante de órganos. A la persona que dona no le va a perjudicar, pero puede ayudar mucho al receptor que lo necesita y a su familia”, concluye.

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