PERSONAS, CASOS Y COSAS DE AYER Y DE HOY

Reflexiones sobre pareja y familia

Federico Martinón Sánchez

Estoy en una edad en que lo único que puedo ser es un memorialista: tirar de aquello que aprendí antes o leo ahora. Escribir sobre todo lo que tuve más cercano o ahora tengo a mano en casa: los libros y también las cosas que formaron parte de mi vida o de la vida de los familiares y amigos que nos fueron dejando. Echar mano de mis propios pensamientos. Ya no estoy para descubrir nada ni para ningún tipo de innovación. En la vida cada cual ha de saber lo que quiere hacer y decidir si quiere decirlo, cuándo y cómo. Eso sí, bajo una condición: el riguroso respeto a los demás y el estar abierto a la posibilidad de estar completamente equivocado. Esto y así es lo que reflejo en alguno de esos artículos que escribo en Faro de Vigo.

Los días se me hacen cortos para pensar —y de todos los pensamientos reproducir algunos en mis reflexiones diarias escritas—, para contestar algunas preguntas, para leer tantos libros pendientes, para estudiar algo, para escribir otros sueltos en este periódico, para todavía ver algún paciente y solucionarles sus problemas o al menos encauzarlos lo mejor que sé, para hacer las faenas de mi finca y muchas cosas más. En todo caso, me gusta tener mucho que hacer porque sé que gran parte de la felicidad es tener algo que hacer.

En concreto hoy, como en bastantes otras ocasiones, tiro de las “reflexiones a medianoche”, que ya saben son una parte de las que cada día envío, mediante WhatsApp, a unos cuantos muy cercanos a mí, reforzadas por las de singulares autores. Y lo hago en este suelto, seleccionando algunas en las que se hace referencia a la pareja y la familia.

Está escrito que hay santos que llegaron al martirio y que hay héroes que murieron por su patria; pero, ahora y siempre, aunque acaso más después de haber estado confinados en familia por exigencias de la pandemia, quiero que reflexionemos sobre dos que se enamoran, se unen, forman una familia, trabajan cada día muchas horas, consiguen una vivienda, tienen hijos a los que crían, educan y dan un oficio o carrera, y, hasta el momento de su muerte, están ahí para echarles una mano en todo lo que pueden, aunque sea solo para darles un consejo. No llegaron ni a ser santos, ni héroes; sin embargo, a mí se me antoja que tienen un poco de ambas cosas.

Se ha aseverado, no sin razón, que no es la mejor pareja la más compatible sino la que sabe vencer las incompatibilidades. En el día a día, cada momento y cada detalle es importante. Si al que tienes a tu lado puedes decirle alguna tontería porque simplemente te apetece, si puedes contarle otra vez tu batallita y no te manda callar, si puedes despertarle porque no concilias el sueño y no protesta, si escucha tus ronquidos y no pía, si atiende a tus inquietudes y problemas no graves y se conduele, si te ve tragar en lugar de comer y disimula... creo que se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que el que tienes a tu lado es paciente y te quiere. Si de verdad queremos a nuestra pareja, no le digamos que somos solo uno, porque en realidad eso significaría que lo consideramos un 50 por cien, lo que sería posesión y el cónyuge no es propiedad. Digámosle que es el 100 por cien. Algo imposible para un egoísta, ¿verdad? Al egoísta le resultará difícil comprender aquello que escribió el periodista y dramaturgo uruguayo Mario Benedetti (1920-2009): “El sexo es (para mí, al menos) un ingrediente menos importante, menos vital; mucho más importantes, más vitales, son nuestras conversaciones, nuestras afinidades”.

No debería ser, pero es así, las cosas del amor es como si fuesen aleatorias. En ocasiones se juntan dos personas, en la que una es todo y el otro o la otra no lo es; y curiosamente se sienten bien. A uno le cuesta entenderlo, mas hay que dejarlos. En la vida real, bastantes veces, un hombre o una mujer completos están al lado de uno o una que no lo es tanto. Sin embargo, no se puede interpretar necesariamente como conformismo, porque es el fruto de una elección. En fin, en frase hecha: “cosas del amor” o, si preferimos, el “precio del amor”. Yo creo que el “bueno” o “buena” de cada pareja tiene espíritu salvador, por aquello de que quien salva o un hombre o una mujer salva al mundo. Con cierta frecuencia escuchamos que un hombre o una mujer se quejan de que su pareja no les comprende; los que se quejan, aunque parezca paradoja, pueden ser los mejor comprendidos; otros, que son muchos, no se atreven ni a quejarse. Son muchas personas las que viven en pareja muy calladitas y que por eso las creemos contentas.

Para los que tienen pareja y todavía están enamorados, les traigo a colación esta sentencia del poeta cubano José Ángel Buesa (1910-1988): “Quizás te diga un día que dejé de quererte, aunque siga queriéndote más allá de la muerte; y acaso no comprendas en esa despedida, que, aunque el amor nos une, nos separa la vida”.

Para que pareja y familia marchen bien resulta imprescindible una verdadera dedicación. Es necesario pasar más tiempo con nuestros abuelos, nuestros padres, nuestra mujer o marido, nuestros hijos, en fin, nuestra familia, tanto si en ese tiempo surgen entendimiento y amor, como tensiones, discusiones, risas o silencios. Todo es importante. Nada puede reemplazar una vida vivida al lado de la madre, del padre, del cónyuge, de los hijos o del familiar que sea. Nada, pero nada, puede ser sustituido por la familia. Así que no nos engañen ni engañemos a nadie y, por un capricho circunstancial, sustituyamos a una de esas personas, que son la clave de nuestra vida, que lo son todo. Al que se le quiere, se le quiere como es, en gran parte eso es el amor. La primera exigencia de la felicidad es compartirla. Es frase manida, a la que hoy se le da preponderancia, la de “hacer el amor” y nadie resalta lo más importante: “es el amor el que nos hace”.

Ojalá todo el mundo pueda decir: te he dado mis éxitos y mis fracasos, mis alegrías y mis tristezas, mi tranquilidad y mi desasosiego... te he dado toda mi vida... y después de muchos años seguiré haciéndolo, mientras Dios lo permita. En la vida es difícil encontrar a una persona guapa, inteligente, tranquila, dulce y que te quiera. Así que, sí te has topado con ella, haz lo imposible para que no se marche.

En la familia, la madre o el padre son piedra fundamental. El muy conocido médico y prolífico novelista alemán Bruno Alfred Doblin (1878-1957) expresó muy bien esta aspiración: “Si el padre es arbusto quiere que el hijo árbol sea. Si el padre es una piedra, una montaña el hijo ha de ser”.

Es posible que nuestra familia no sea perfecta pero se siente, está ahí, de forma incondicional, para todo, y cada uno de los miembros lo sabe. Uniones como la familiar se han comparado con una obra de arte, en la que las imperfecciones forman parte de la grandeza y de la belleza de la obra. Hagamos el máximo esfuerzo para integrar una familia unida y ejemplar en la que se respete cada uno, con sus peculiaridades y diferencias. Abdu’l-Bahá (1844-1921), el maestro persa del bahaísmo, escribió estas sabias palabras: “La diversidad en la familia humana debería ser causa de amor y armonía, como lo es en la música donde diferentes notas se funden logrando un acorde perfecto”. Es que lo bueno de la familia y de los amigos es que uno puede estar sentado frente al otro, sin decirse nada y sentirse totalmente cómodos y a la vez acompañados.

Para que la familia funcione deberíamos procurar tener una vida fácil y hacérsela fácil a los demás. No cuestionemos cada cosa ni mucho menos discutamos por cosas banales. Semejante actitud provoca un clima enrarecido que produce distanciamiento y tristeza. Dejemos las disputas y las polémicas para los graves problemas, esos que no podemos evitar. Y cuando tal ocurra, hagámoslo con educación, que es un culto voluntario a las formas, no a los hechos. No escogemos a la familia; sin embargo, son los que siempre están ahí y se quedan cuando los demás se van. Las dos familias, la familia de la que vienes y la familia que formas serán siempre las que te darán los momentos de mayor felicidad.

En cualquier caso, el que quiere ha de ponerse a disposición del otro; mas si le fallan ha de recordar que no ha de humillarse y puede y debe partir. Un compañero mío de profesión, bastante “cocinillas”, hace tiempo que me confesó que no le importaba que su mujer no pasase por la cocina, pero sí le molestaba mucho que día tras día lo tuviese frito. La afirmación es repetida y alguno de mis lectores conoce al protagonista. Aquello acabó en divorcio y en ese momento dijo, parodiando a un autor, que era como la fe de erratas de su matrimonio. Si hay celos, envidia, posesión y dominio, no hay amor. Dejemos al otro u otra que se marche en paz. Si alguien se aleja de nosotros y uno ha actuado honestamente y con la verdad, en realidad la vida no nos ha quitado esa persona, sino que nos aleja del que ya no necesitamos; no vale la pena que figure en nuestro futuro. Planteémonos que era tan falso, envidioso y egoísta que no queda otra que olvidarlo. Digámosle aquello de que: por favor, ni pases por delante ni me recuerdes que existes; déjame en paz, tanto como yo a ti. Si queremos que una pareja funcione no queda más que ambos sepan renunciar a muchas cosas; pero ninguno de los dos tiene derecho a cometer injusticias con el otro.

Y volviendo a la familia. Queremos tanto y con tanta naturalidad a nuestros padres que corremos el riesgo de no darnos cuenta hasta que los perdemos. Es triste que solo en la agonía, algunos se percaten de lo importante que en la familia es amar y ser amado. A veces el amor se pierde, y uno no logra la reconciliación hasta la despedida final. No seamos uno de ellos. También resulta tristísimo que familiares enfrentados se reconcilien después de que el familiar ya haya muerto, sin darle la oportunidad de presenciar perdón y reencuentro. Sucede tantas veces, demasiadas veces.

El sabio papa emérito Benedicto XVI (n. 1927) sentenció: “Dios creó el ser humano hombre y mujer, con la misma dignidad, pero también con características propias y complementarias, para que los dos fueran un don el uno para el otro, se valoraran recíprocamente y realizaran una comunidad de amor y de vida”. Dicen que el amor es ciego, afirmación que no es más que una burda mentira; sí, el amor es racional, es lo más consciente y reflexivo que existe, si no, es otra cosa.

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