En ‘A Bufarda’, un comercio del Ourense antiguo donde aún es posible comprar juguetes tradicionales –esos que además de entretener enseñan–, Vimbio custodia el establecimiento de Carlos cuando está cerrado. El gato, de piel atigrada, comparece tras el escaparate, con la elegancia de los actores y las actrices de los anuncios de perfumes. Tan quieto que pasa desapercibido como si fuera un peluche entre los juguetes.

No se inmuta cuando un grupo de palomas revolotea en la Praza da Imprenta. Se mofa de los gatos callejeros que duermen casi al raso en una caseta de madera, a pocos metros, y aguanta la mirada a Castelao, que se sujeta para siempre la solapa de la chaqueta, sobre una estatua de bronce, en ese lugar del casco histórico.

Vimbio, quieto ante la cámara. INAKI OSORIO

A los gatos –y hablo con el conocimiento de causa de que vivo con dos– solo los define bien la literatura, la filosofía, el arte en general. Umberto Eco dijo que “son de las pocas criaturas que no se dejan explotar por sus dueños”.

Son el animal más escrito y descrito, desde Edgar Allan Poe a Mark Twain o Bukowski. Del más de medio centenar con los que al parecer vivió Hemingway –conviene poner sus cifras en entredicho, pues también se jactaba de haber matado a 183 hombres en su vida–, a los versos que Borges dedicó al rebelde Beppo. O al hermoso poema que Baudelaire incluyó en ‘Las Flores del Mal’: “Ven, bello gato, a mi amoroso pecho; / retén las uñas de tu pata, / y deja que me hunda en tus ojos hermosos, / mezcla de ágata y metal”.

En ‘El bosque animado’, de Wenceslao Fernández Flórez, el gato Morriña se contagia por el tono mágico de la novela y, un día, sale de su casa para unirse a un clan de iguales que también se ponen nombre y objetivo: las “panteritas” planean atacar a un buey. La aventura se prolonga hasta que el minino echa de menos la comodidad y el calor del hogar, la comida a mesa puesta y la empresa inofensiva de, a lo sumo, tener que cazar un ovillo de lana.

Gato borda su papel en ‘Desayuno con diamantes’, cuando reaparece bajo la lluvia y es un observador de primera fila, al igual que Vimbio en el escaparate de ‘A Bufarda’, durante el icónico beso de Holly (Audrey Hepburn) y Paul (George Peppard) en el final de la película, mientras suena ‘Moon River’.