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La nueva normalidad ya es rutina en las residencias

Un grupo reducido de usuarios realiza actividades en una de las salas de la residencia Os Gozos, en Pereiro de Aguiar. | // BRAIS LORENZO

Hace meses que la ‘normalidad’ posCOVID está instalada en las residencias sociosanitarias. Fueron los principales focos de contagio durante las fases más duras de la pandemia y los primeros en blindarse contra el virus con la vacuna. Han pasado diez meses y tres dosis desde que la campaña de inmunización les convirtió en objetivo prioritario. Hoy, los casos de infección entre mayores residentes han caído a mínimos y el impacto cuando se produce un brote es infinitamente menor.

El sistema de aulas burbuja que se implantó en los centros educativos para minimizar los contagios en caso de brote también ha servido para los centros de mayores y es el sistema por el que ha optado la Fundación San Rosendo, que gestiona la mayor parte de los centros de la provincia de Ourense. No todos los centros permiten esta organización, pero en el caso de Os Gozos, por su tamaño y distribución, ha sido más fácil.

Mientras Galicia se prepara para salir la próxima semana del estado de emergencia sanitaria y entrar de lleno en la nueva normalidad, en los centros de mayores hace tiempo que los protocolos antiCOVID están incorporados a la rutina. “La normalidad anterior no va a regresar, el futuro es esto, lo que estamos viviendo ahora”, dice Raquel G.C., directora de Os Gozos, en Pereiro de Aguiar, una residencia que vivió la pandemia siendo un centro global con 198 plazas y que ha salido de ella reconvertida en cinco residencias independientes dentro de un mismo edificio.

“La normalidad anterior no va a regresar, el futuro es esto, lo que estamos viviendo ahora”

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La gran residencia de tres plantas con 198 plazas ocupadas de la prepandemia es hoy un centro dividido en cinco grupos de convivencia independientes. “Ahora ocupamos 190 camas para tener margen de movimiento si se produce un brote y trabajamos por pasillos”, explica la directora. El sótano funciona como un centro único con 30 plazas, y en las dos plantas superiores cada pasillo es una residencia para 40-42 usuarios con su personal burbuja.

Tres usuarios de Os Gozos concentrados en sus actividades. Brais Lorenzo

“Esto nos permite centrarnos más en un trato individualizado, más personalizado. Tenemos la ventaja de que el centro es grande y se presta a este modelo de organización”, explica Raquel. Los dos pasillos de cada planta estaban conectados en forma de U por una sala común a la izquierda y un gran comedor a la derecha. El nuevo modelo ha reconvertido cada una de esas dos estancias en salas-comedor independientes, una para los del pasillo izquierda y otra para los de la derecha. Y lo mismo en la segunda planta.

“Tenemos cinco residencias dentro de una. ¿Qué se consigue? Lo primero, frenar contagios en caso de brote, y lo segundo, mejorar la atención al residente, porque el personal maneja menos cantidad de usuarios y puede centrarse más en las necesidades de cada uno. Ganamos todos”, asegura Raquel. Esta ‘normalidad’ llegó a Os Gozos “al acabar el COVID”, señala la directora. “Cuando pasó todo ya no se volvió a lo anterior, se implantaron las unidades y empezamos a funcionar así. Vamos poco a poco y todavía hay cosas que pulir, enseñar y perfeccionar”

Ángeles Lage besa a su marido, Manuel Pousada, con el que convive en Os Gozos. | // BRAIS LORENZO

El coronavirus en esta residencia ha sido persistente. El centro convivió con el COVID-19 durante cinco largos meses en los que no solo afrontó su propio brote, sino que funcionó como hospital para usuarios contagiados de otros centros de la Fundación San Rosendo. El golpe fue muy duro. “Cuando llegaban los veías bien, pero después la cosa se complicaba y nosotros conocíamos el proceso, vivir eso un día tras otro fue muy duro”, relata Raquel.

“Cuando llegaban los veías bien, pero después la cosa se complicaba; vivir eso un día tras otro fue muy duro”

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El balance tras 19 meses de pandemia en Ourense es de 198 mayores fallecidos en las 140 residencias de mayores de la provincia. Casi la mitad de las víctimas mortales que deja la pandemia se produjeron en geriátricos, y esto ha dejado una profunda huella en el personal.

Un centro convertido en hospital

“Mejor no recordarlo”, comentan Montserrat Regueiro y Celia Rodríguez, auxiliares de atención directa en Os Gozos. A ellas les tocó luchar contra el virus en el brote que surgió en esta residencia durante la segunda ola hace justo un año. Raquel todavía no se había incorporado como directora, pero tiene clara una cifra, la de los únicos 14 usuarios que no se contagiaron. De 198. Gran parte del personal también cayó en aquel brote y de todo el edificio, un centro de dos plantas y sótano, solo medio pasillo quedó libre de COVID.

Una trabajadora sirve la comida la sopa en el comedor del pasillo primero izquierda. Brais Lorenzo

Para aquel entonces, la Fundación San Rosendo ya había librado varias batallas contra el coronavirus y contaba con personal especializado en la atención a usuarios infectados. Así que decidió convertir la planta sótano de Os Gozos en hospital para residentes contagiados de otros centros. Entre noviembre de 2020 y febrero de 2021 pasaron por allí casi un centenar de pacientes procedentes de nueve residencias de las provincias de Ourense, Lugo y Pontevedra.

“Era el centro ideal para hacerlo porque pudimos independizar la zona. Abajo se cerró una puerta y esa parte quedó aislada"

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“Era el centro ideal para hacerlo porque pudimos independizar la zona. Abajo se cerró una puerta y esa parte quedó aislada. Se daba servicio desde la casa pero de manera independiente. Cocina y lavandería pasaban, pero los carros no, se hacía el traslado en la puerta. El personal, que eran trabajadores voluntarios, accedía por una puerta externa y no entraban al resto del edificio. Había médicos, enfermería y auxiliares suficientes y nosotros estábamos preparados porque lo acabábamos de pasar”, recuerda Raquel.

La vacuna

De todo esto, hoy se habla en pasado, un tiempo que ha quedado muy atrás, relegado por una nueva normalidad que ha cambiado la vida de los residentes y de las trabajadoras. La vacunación les ha dado un plus de tranquilidad, pero el personal sigue en alerta. “Al principio había incertidumbre porque no sabíamos cómo iba a funcionar la vacuna. Lo vendían como la solución y en realidad lo fue porque empezó a bajar la incidencia en los centros. Entonces respiras un poco y te vas relajando psicológicamente, pero seguimos en vilo. Lo que cambia es la percepción del miedo, ahora le tienes menos. Es que si no, no vives, tienes que aprender a convivir con esto”, señala Raquel.

Los usuarios que pueden pasear y moverse libremente por el centro también han tenido que asumir las nuevas normas. Su unidad, su pasillo. “Hemos tenido que trabajar con ellos pero se han adaptado bien, aunque siempre hay que estar pendientes de que no se mezclen”, explica la directora.

Una trabajadora ayuda a una usuaria con la comida. Brais Lorenzo

“Nos sentimos útiles”

Es la hora de comer y los residentes de la primera izquierda ya están sentados a la mesa. José Luis Moreno Pousada coloca servilletas junto a los platos, anuda baberos desechables a quien los necesita y pregunta si falta algo. Es uno de los usuarios que colabora con el personal auxiliar poniendo la mesa o ayudando en el servicio. “Les echamos una mano a ellos y a la vez es bueno para nosotros, porque hacemos algo, nos sentimos útiles”, comenta.

Llegó a Os Gozos hace siete meses, después del coronavirus, así que no vivió aquellos meses terribles. “Menos mal”, dice. Avelina Fernández, ya a la mesa, sí lo pasó. Ella es una de las residentes más veteranas del centro. “No sé cuántos años llevo aquí”, apunta. “¿Tú? Toda la vida, desde que naciste”, bromea José Luis. Ella también ríe y puntualiza. “No no, tanto no. Pero casi”.

José Luis Moreno Pousada, con un ejemplar de FARO en una sala de actividades. Brais Lorenzo

Las actividades

Una parte fundamental de la vida en las residencias son las actividades y talleres que se realizan con los usuarios, y el nuevo modelo de grupos reducidos también ha traído cambios favorables para los residentes. Selene Casal Álvarez es la educadora social en Os Gozos. Llegó hace seis meses con la misión de poner en marcha el modelo basado en la atención a la persona y afirma que los grupos burbuja aportan muchas ventajas.

"Los usuarios pueden establecer entre ellos una relación más cálida, más familiar, que cuando estaban en grupos más grandes”

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“Es más práctico y los usuarios también pueden establecer entre ellos una relación más cálida, más familiar, que cuando estaban en grupos más grandes”, explica. La intervención busca cumplir tres objetivos, apunta, “minimizar la vulnerabilidad y dependencia, mejorar su calidad de vida y mejorar su bienestar psicológico y subjetivo”.

Esta atención más personal no implica eliminar las actividades grupales como juegos cognitivos y talleres de estimulación. “Se siguen haciendo, pero mucho más individualizadas”. Lo que cambia es el enfoque, explica Selene, “ahora nos centramos en actividades que les evoquen reminiscencias y recuerdos positivos, localizando focos de interés”.

“Ahora nos centramos en actividades que les evoquen reminiscencias y recuerdos positivos, localizando focos de interés”

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Si una persona fue modista, se buscan actividades relacionadas con la costura y el trabajo manual, si su mundo fue la agricultura o la jardinería, se les anima a cuidar el huerto que está en la terraza. “E incluso que ellos mismos expliquen a los residentes cómo se hacen esas tareas, no solo para que se sientan realizados, sino para que se den cuenta de que todavía tienen mucho que aportar y recuperen el sentimiento de utilidad social”. Además, se busca crear grupos con las mismas afinidades, lo que facilita la creación de redes de apoyo.

Los resultados de este plan de atención se evalúan periódicamente para comprobar si se cumplen los objetivos o si es necesario introducir algún cambio. La educadora confirma que los usuarios que demostraban una mayor timidez en grupos grandes son ahora más participativos, el ambiente es mucho más familiar y se han creado grupos de ayuda. “Es muy positivo, estamos muy satisfechos”, concluye.

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