“No tengo ninguna aspiración más que luchar por ser el mejor obispo posible en Ourense y para Ourense; es la única aspiración que tengo, y ya es bastante grande. Aquí estoy muy a gusto”, asegura José Leonardo Lemos Montanet (Barallobre, Fene, 1953), tras casi una década como responsable de la diócesis, que tiene 735 parroquias.

– En diciembre se cumplen diez años de su nombramiento como obispo de Ourense por parte del papa Benedicto XVI [Tomó posesión en febrero de 2012]. ¿Qué balance deja casi una década en el cargo?

– Lo primero fue la sorpresa de que llamaran para ocupar el puesto de obispo de una diócesis. Ha habido momentos muy buenos, otros buenos y otros de cierta tensión y preocupación, como sucede en cualquier familia. En estos momentos estamos muy ilusionados, salvando la situación compleja del COVID, que nos ha hecho dar marcha atrás en algunos proyectos interesantes, como el sínodo diocesano, una experiencia que iniciamos en 2016, pensábamos concluir en 2020 y a ver si las circunstancias epidémicas nos permiten clausurarla el segundo domingo de noviembre, después del San Martiño.

– En estos años, ¿qué decisiones le han resultado más difíciles o qué cambios que se han implementado en la diócesis le han costado más?

– Los cambios más complejos han sido la reconfiguración de la diócesis. Primero, reducir de más de 20 a 13 el número de arciprestazgos. Después, reestructurar las 735 parroquias en unidades de atención parroquial, es decir, grupos de parroquias con un sacerdote o dos que se pueden ayudar para llevar a cabo la tarea pastoral.

El mensaje no podemos cambiarlo porque no es nuestro, es el de Jesús. Quizá haya que adaptar los modos pero sin caer en extremismos. Lo que sí debemos cuidar es la manera de ofrecer y presentar el mensaje. Tenemos que cambiar el estilo y ser coherentes

– Poder celebrar misa cada domingo en todas las parroquias es imposible desde hace unos años.

– Es imposible, y no porque no tengamos sacerdotes, porque esta todavía es una diócesis con un buen número de clero, sino porque hay parroquias en las que ya no quedan vecinos o, si los hay, están fuera o solamente acuden a los acontecimientos festivos en verano, y a veces en Navidad.

– ¿Cómo compaginar el hecho de seguir dando servicio a esos fieles, y por otra parte atraer a personas jóvenes o a católicos no practicantes?

– Hay que apostar de manera especial por los lugares en los que se está ubicando la gente, que ha dejado el rural para vivir en las villas y en el entorno de la ciudad, aunque ahora estamos viendo que con el efecto de la COVID hay gente que está abandonando la ciudad para buscar habitáculos más humanos. No sabemos cómo va a quedar la estructura social después de la pandemia, aunque no creo que nos encontremos con cambios especialmente sustantivos. Lo ideal sería apostar, como ya estamos haciendo, por potenciar la presencia de los agentes de pastoral en los lugares donde se asienta la población.

Leonardo Lemos, en el patio del edificio episcopal. // IÑAKI OSORIO

– ¿A pesar del envejecimiento y de que los relevos son escasos, con una o dos ordenaciones al año, considera que Ourense no tiene un problema en cuanto al número de curas?

– Comparados con otras diócesis de España, no, a pesar que de que claro está que necesitaríamos más sacerdotes, porque la edad media de nuestros curas es avanzada. Hay un grupo fuerte en estos momentos de sacerdotes realmente heroicos, que son eméritos, con más de 75 y 80 años, pero en nuestra diócesis tenemos unos sesenta sacerdotes que no pasan de los 60 o 65 años, con lo cual todavía hay un buen grupo de curas jóvenes a día de hoy. Estoy en el noveno año y desde que estoy aquí todos he ordenado a algún sacerdote. En algunas diócesis de España, alguno de mis compañeros que lleva más años que yo no ha tenido tantas ordenaciones.

Ourense sigue manteniendo, con dificultades, una pequeña vida vocacional. En nuestro Seminario Menor hay casi 100 alumnos para el próximo curso, en orden a una formación académica adecuada y a una posible apertura a la vocación sacerdotal. Tenemos dos seminarios mayores, el Divino Maestro y el Misionero, el Redemptoris Mater, y este año había 19 alumnos en el Instituto Teológico, donde estudian hasta obtener el grado en Estudios Eclesiásticos. Para una diócesis pequeña como la nuestra son unas cifras bastante buenas, así que no nos podemos quejar.

Donde no hay vecinos no puede haber gente en la iglesia, y la prueba de que no hay fieles en la iglesia es tener que cerrar sucursales bancarias, centros médicos y hasta el puesto de la Guardia Civil. El último que queda casi es el párroco

– Usted lleva más de 40 años como sacerdote [fue ordenado en 1979], ¿es necesario que los curas de hoy adapten su forma de comunicar el mensaje para llegar mejor?

– El mensaje no podemos cambiarlo porque no es nuestro, es el de Jesús; tenemos que anunciar su doctrina, la Buena Nueva, el Evangelio. Quizá haya que adaptar los modos pero sin caer en extremismos, porque yo creo que la mejor manera, como decía San Pablo VI, lo más importante es que seamos testigos, no se trata de que digamos cosas muy bonitas. Nosotros no vendemos mercancía caducada o de segunda calidad, ofrecemos el Evangelio de Jesús, que es un mensaje de salvación.

Lo que sí debemos cuidar es la manera de ofrecerlo y presentarlo, y ahí el testimonio de vida es muy importante. ¿Hay que cambiar el mensaje? No, tenemos que cambiar el estilo sacerdotal, y eso significa que tenemos que ser coherentes, sobre todo en una vida tan compleja. Hemos vivido en la Iglesia circunstancias dolorosísimas como los abusos. El sacerdote debe tener un perfil de fidelidad a Jesús, a su Evangelio y la Iglesia, sin camuflar su persona, sino presentándose en medio de la sociedad como lo que es, un sacerdote que es testigo de Jesús en la sociedad. Lo más importante es que sea un hombre coherente entre la doctrina que profesamos y predicamos y cómo vivimos.

– ¿Qué siente como obispo cuando se produce algún caso de abuso sexual por parte de un religioso?

– Duele muchísimo. Es una situación que te quita el sueño y te desencaja el esquema, porque va en contra de lo más radical de nuestro mensaje, que no es nuestro, sino de Jesús, cuando dice: “Dejad que los niños se acerquen a mí”. Debemos preocuparnos de la personas más vulnerables y sus necesidades. La institución de Cáritas y otras son un ejemplo. Que dentro de la estructura de la Iglesia hayan aparecido algunas personas con unas pautas de conducta de lo más desastroso repugna a todo el mundo. Yo suscribo y suscribiré siempre la tolerancia cero de la Iglesia con estos casos.

El obispo de Ourense, durante la entrevista. // I. OSORIO

– La crisis de la pandemia ha hecho que entidades sociales como Cáritas hayan sido fundamentales para muchas personas y familias.

– El papel de Cáritas no es cuestionable, porque está ahí. Se podría decir que “por sus obras le conoceréis”. La estructura de la caridad está siendo vivida por la Iglesia desde el primer momento del cristianismo. Este pasado miércoles celebramos a un mártir, San Lorenzo, administrador de los bienes de la Iglesia de Roma. Cuando el emperador o cuestor lo llamó para que le mostrase la riqueza de la Iglesia, él se presentó en el tribunal con todos los pobres de Roma. Esa es la riqueza de la Iglesia. No es fácil mantener la estructura de Cáritas, tenemos zona de recepción, varios pisos de acogida en la ciudad así como el comedor social.

Estamos atendiendo a muchas familias cubriendo necesidades básicas como agua o luz. Se dan clases de formación para abrir a las personas un horizonte de trabajo, y después está toda la tarea solidaria y de socialización que realizan los sacerdotes en el mundo rural. En muchos pueblos, no hay oficina bancaria, puesto de la Guardia Civil o centro de salud, pero el cura sigue estando ahí los fines de semana, o incluso por la semana. Los sacerdotes del rural son héroes anónimos que están haciendo llegar la vida de Jesús y el rostro de la Iglesia al pie del enfermo, del necesitado y de quien está solo. El problema de la soledad en esta sociedad es cada vez más agudo.

– ¿Es posible volver a llenar las iglesias?

– Hay algunas que están cubriendo el aforo y necesitan celebrar más misas, y otras evidentemente que no lo hacen porque esas zonas han perdido población. Hay pueblos que tienen personas y otros que no. Donde no hay vecinos no puede haber gente en la iglesia, y la prueba de que no hay fieles en la iglesia es tener que cerrar sucursales bancarias, centros médicos y hasta el puesto de la Guardia Civil. El último que queda casi es el párroco. No estamos obsesionados con los números, el cristianismo no se debe valorar por esos parámetros, sino que el agente de pastoral sea testigo vivo y coherente del mensaje que pronuncia.

El celibato es un estilo de vida y en nuestra sociedad cada vez hay más hombres y mujeres con una vida independiente

– ¿Los laicos deben tener un rol más activo en la Iglesia actual? Y en una sociedad que debe aspirar a ser cada vez más igualitaria y feminista, ¿qué papel debe tener la mujer en la Iglesia?

– Los laicos ocupan un puesto fundamental en nuestra Iglesia. Lo he vivido de una forma directa en los grupos para el sínodo que iniciamos en el año 2016. Más del 80% son mujeres. La mayor parte de las personas que está llevando el peso diario de nuestras comunidades parroquiales, sobre todo en el mundo rural, son mujeres. Cuando se plantea el papel de la mujer en la Iglesia, yo honradamente digo: pero cuál. Porque sin ellas tendríamos que cerrar nuestros templos, no tendríamos catequistas, personas que vayan a visitar a los enfermos, que hagan las lecturas o ayuden en la distribución de la sagrada comunión. A veces suscitamos una problemática que cuando la analizamos no es tal. Ahora bien, si como dicen algunos grupos feministas, el problema está en que las mujeres no pueden ser curas u obispos, esa es ya una problemática distinta.

En nuestros templos, bellísimos, con retablos de los siglos XVI, XVII y XVIII, la restauración no se arregla con 20, 40 o 60.000 euros. La nuestra es una de las diócesis de España con más patrimonio, sobre todo románico

Entre los proyectos que tenemos está el museo de arte sacro diocesano, para exhibir las piezas más significativas, que se pueden perder, para que la sociedad, que ni conoce, las contemple. Yo mismo cuando hago visitas pastorales descubro piezas únicas

– ¿Le molesta escuchar críticas, desde fuera de la Iglesia, sobre principios de la institución como el celibato?

– No, porque es una especie de cantinela. Está ahí porque tenemos una situación social que vive esas circunstancias. Pero si analizamos cordialmente y seriamente, como el tema del celibato, vemos que en la Iglesia anglicana dejan casarse a los pastores y tienen dificultades de vocaciones. Ahora las mujeres pueden ser pastores o incluso obispos, pero no han solucionado el problema, porque sus iglesias se vacían. En la Iglesia católica de rito griego, los sacerdotes se pueden casar antes de ser ordenados, pero en cambio los obispos, aquellos que están destinados o pueden llegar a serlo, tienen que ser célibes, por eso en el mundo oriental católico la mayor parte de los obispos son monjes. El celibato es un estilo de vida y en nuestra sociedad cada vez hay más hombres y mujeres con una vida independiente.

– ¿Hay alguna actuación prevista sobre el patrimonio diocesano?

– Tenemos proyectos pero el problema es que no tenemos dinero. Uno ve este edificio pero hay que mantenerlo y repararlo, porque experimentan desgaste y son verdaderas hipotecas. En nuestros templos, bellísimos, con retablos de los siglos XVI, XVII y XVIII, la restauración no se arregla con 20, 40 o 60.000 euros.

Cuando se habla de la riqueza de la Iglesia es una cantinela que suena a viejo. Nosotros estamos por cuidar el patrimonio porque la nuestra es una de las diócesis de España que más tiene, sobre todo en el ámbito románico. Nos están ayudando las entidades públicas, porque de lo contrario no seríamos capaces de mantenerlo, llámense Diputación, Xunta o con los fondos europeos que podamos conseguir.

Entre los proyectos que tenemos está el de poner en funcionamiento el museo de arte sacro diocesano, para exhibir las piezas más significativas que tenemos, que se pueden perder, de manera que el pueblo y la sociedad, que ni conoce, las pueda contemplar. Yo mismo cuando hago visitas pastorales descubro piezas únicas.

Leonardo Lemos, durante la conversación. // I. OSORIO

– El deán ha advertido de la urgencia de una intervención en el cimborrio de la Catedral, que considera en peligro.

– Lo que ha dicho el deán es lógico y es obvio. El cimborrio está sufriendo el mal de la piedra. Sé que hay un proyecto ambicioso de la consellería.