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La librería que salvó todo lo prohibido

Tanco es uno de los lugares que más años lleva en el negocio de los libros en la ciudad de Ourense, ejerciendo incluso de trinchera intelectual durante el Franquismo

Manolo lleva 53 años entre los libros de Tanco.

Manolo lleva 53 años entre los libros de Tanco.

En el año 1952 Isabel II se convirtió en reina tras la muerte de su padre; Helsinki celebraba por fin sus juegos olímpicos –después de cancelarse los previstos para 1940 por la Segunda Guerra Mundial–; Argentina lloraba la pérdida de Evita Perón y los estadounidenses escogían a Eisenhower como su trigésimo cuarto presidente. Mientras tanto, en Ourense levantaba por primera vez su persiana la librería Tanco, ubicada en la calle del Paseo –por la que transitaban coches y que se llamaba José Antonio, lo que da cuenta del momento por el que atravesaba el país–.

José Manuel Bugallo (Manolo a secas, mejor) fue testigo de los cambios del negocio editorial desde esta trinchera que, otrora, vendía silenciosamente títulos prohibidos a los que venían con recomendación.

No solo las obras que versaban sobre política podían acarrear problemas a quien le eran descubiertas. La literatura española más universal que supuso ‘La colmena’ (Camilo José Cela), ‘La catedral y el niño’ (Eduardo Blanco Amor), o ‘La casa de Bernarda Alba’ (García Lorca), no fue accesible para muchos gallegos hasta que la democracia se asentó por completo. La Historia no oficial y la Filosofía también se leían de madrugada y casi a oscuras en algunas casas gracias a los maquis de los libros.

Leticia y Manolo equilibran la balanza para recomendar a los que buscan lecturas en Tanco. | // IÑAKI OSOSRIO

Palabras al peso

Tanco empezó siendo más una imprenta que una librería. Pero poco a poco el papel protagónico lo ocuparon los libros. “Creo que fue en 1972 cuando los dueños pararon la imprenta. Ya en 1997, cuando sus antiguos propietarios querían dejar el negocio, nos quedamos nosotros con él. Pero nos trasladamos a esta ubicación”, relata sobre cómo dieron continuidad a este pequeño oasis.

“Hasta el 2006 no quise un ordenador aquí. Tenía la librería en la cabeza"

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“Hasta el 2006 no quise un ordenador aquí. Tenía la librería en la cabeza. Ejemplares que entraban y ejemplares que salían. Antes la gente venía con el ISBN, que es el ADN del libro, y tú te las apañabas para ver dónde y cómo conseguirlo. Ahora se mete el título y el autor y ya puedes encargarlo”, resume sobre los cambios de una profesión que, cree, no se puede enseñar.

Confiesa que disfrutaba más leyendo de lo que le gusta en el presente y que sentía debilidad por los clásicos. “Sobre todo por los rusos. Tolstói, Dostoievski y los autores españoles de antes. Lo nuevo casi no me atrae. Antes las editoriales seleccionaban bajo lupa lo que publicaban porque editar era muy caro y un batacazo con un título suponía grandes pérdidas económicas. Ahora entran por la puerta muchos más libros de los que se venden”, analiza con la perspectiva que da medio siglo de profesión. Como si se mercadeara con las palabras al peso.

Beneplácito encubierto

“Lo que aquí pasaba se sabía. O por lo menos parte de lo que ocurría. Era un señor el que traía los libros. Los escondíamos y solo dejábamos entrar al cuarto al que venía en nombre de alguien que conociéramos. En los últimos años del Franquismo muchos estudiantes universitarios se desplazaban desde Santiago los sábados por la tarde. Conseguíamos ejemplares que en otras partes de Galicia no se encontraban”, recuerda.

"Había en las altas esferas que avisaba unos días antes de que llegasen los inspectores"

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No solo los jóvenes de izquierdas y subversivos pretendían las obras prohibidas. También algunos sindicalistas y gobernadores civiles se acercaban a comprar títulos censurados. “No sé quién era, pero alguien había en las altas esferas que avisaba unos días antes de que llegasen los inspectores para que guardásemos todo en otra parte”, declara con una sonrisa casi perceptible bajo la mascarilla.

A la doble censura –eclesiástica y política– se sumaba la autocensura, que implicaba no atreverse a preguntar por según qué títulos. “Creo que la gente no es muy consciente cuando asevera que ahora estamos en una dictadura”, afirma.

Moncho también trabajaba en la librería en su antigua ubicación. Iñaki Osorio

Una censura que fue destiñéndose por zonas

En un pequeño despacho –sin ventanas y con cierto halo aún de clandestinidad– pasa las tardes Manolo leyendo y trasteando en el ordenador. Desde ese rincón –ubicado justo en el medio de la librería, como buscando el equilibro de manera inconsciente– sigue preguntándose, más que encontrando respuestas, sobre el presente y el pasado. “Puede ser que en los 70 ya empezara a abrirse más la mano en otros sitios, pero yo recuerdo tener que esconder varios ejemplares del ‘Manifiesto Comunista’ después de una visita de la policía. Imagino que dependería de quién ejercía la censura en cada zona. Aquí no fueron nada permisivos”, sopesa cuando le preguntan por el relato de los libros que hablan de apertura ya en los últimos años del régimen, años antes de la muerte de Franco.

"Bajábamos la persiana y algunos continuaban charlando de política hasta altas horas de la madrugada"

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“Una vez durmió aquí un hombre que andaba escapando de la policía. No pregunté por qué, pero sí sé que pasó una noche por necesidad. También se hacían tertulias de política”, advierte levantando el bolígrafo con el que minutos antes dibujaba las cruces que la iglesia sellaba en los libros que pasaban la censura. “No se organizaban como tal, la mayoría de las veces eran para hablar de libros no prohibidos y al final bajábamos la persiana y algunos continuaban charlando de política hasta altas horas de la madrugada”, confiesa Manolo.

Contra las fajas que descorchan los libros

Consciente de que lo que funciona no debería cambiarse, se muestra –como la que escribe estas líneas– reticente a las fajas que ahora cuelgan, exuberantes, de todas las portadas de los libros, descorchando el contenido y haciendo que pierda gas e intimidad. Reduciéndolos todos a cuatro frases hechas como los acordes coque se repiten en todas las canciones pop. “Cuando empezaron a ponerse de moda las tiraba. Las arrancaba”, se resigna, consciente de que hay batallas que no se pueden ganar por mucho empeño que se ponga. Junto a él defienden el género –para que se desfigure lo mínimo posible– José Ramón Martínez (Moncho para los asiduos) y Leticia Bugía. Porque, ahora, el enemigo son las prisas.

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