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El sonido de la Segunda Guerra Mundial

Máquina de vapor, conocida como ‘locomóvil’, que suministraba energía para extraer el volframio.   | // FDV

Máquina de vapor, conocida como ‘locomóvil’, que suministraba energía para extraer el volframio. | // FDV Edith Filgueira

Una de las principales diferencias entre la Primera Guerra Mundial y la segunda es que entre 1914 y 1918 la contienda se libró en las trincheras; mientras que entre 1939 y 1945 los protagonistas del conflicto fueron los carros de combate, la artillería y los aviones. También la rapidez y efectividad con la que se planeaban las ofensivas: después de los muertos que dejó la Gran Guerra, y la crisis del ‘crash’ del 29, la población no veía con buenos ojos un conflicto prolongado y los estados preferían gastar lo indispensable –en términos económicos y humanos– para conseguir sus propósitos.

En el medio de la historia universal del siglo XX –y pese a que durante años se afirmara con vehemencia que España fue un país neutral durante la II GM– se encontraban las minas de volframio de Vilanova. Para reconocer la importancia y el peso de este enclave entre montañas, se está trabajando en la adecuación de un museo, con un centro de interpretación de dicho mineral, que podría estar listo en un año, según confiesa Antonio Fernández, al que todos en la zona conocen como ‘Cholo’, propietario de la casa rural O Trisquel.

“Las primeras prospecciones para encontrar mineral en la zona se remontan a 1914 y la primera extracción, a 1918. El volframio, también conocido como tungsteno, es un metal que no se corroe y que resiste temperaturas altísimas, de más de 3.000 grados”, explica este hombre que ejerce de guía turístico en el paraje.

“Esta característica no se le escapó a los alemanes, que descubrieron, además, que las aleaciones con el mineral resultaban de gran duración. El interior de los cañones construidos con este mineral evitaba que la fricción de los obuses los destrozara rápido”, relata.

En el resto de Europa el volframio escaseaba y las montañas de Galicia y Portugal atrajeron como un imán a los ingenieros que trabajaban para Hitler. “Hubo mucho estraperlo y algunos hicieron fortuna con lo que extraían de aquí. Pero para la gente del pueblo fue una maldición, más que un impulso económico. Los aldeanos constituían mano de obra barata y murieron muchas personas a consecuencia del arsénico que se libera al romperse el mineral”, denuncia.

Los trapos con los que se cubrían la nariz y la boca no los salvaron.

Hierro y tungsteno

Ya a resguardo del sol y la lluvia –aunque durante años permaneció a la intemperie– se encuentra cerca de las minas una máquina de vapor que se encargaba de suministrar energía para extraer el mineral. La madera de los brezos era la que se empleaba para generar una fuerte combustión en el interior de un aparato de hierro que pesa unas cuatro toneladas.

Gracias a la elevada y duradera combustión de la madera de estas plantas, los ourensanos pudieron extraer el mineral durante años.

“Me gustaría conseguir vídeos de cómo funcionaban para que se proyectasen en el museo. Los ingleses tienen asociaciones para recuperar y poner en valor estas máquinas y en la Unión Europea están dando impulso a la conservación de la memoria del volframio”, explica el también autor del libro ‘As minas de volframio de Vilanova (1918-1952)’.

Muchas familias vivían de cruzar las montañas e ir a las minas de Valborraz –ubicadas en otros montes próximos– para robar más mineral que vender. Con tres kilos podían salvar el invierno por el elevado precio que alcanzó. Hasta los años 50, cuando cerraron las minas por completo.

Mientras cientos de trenes trasladaban a millones de judíos a diferentes campos de concentración, al otro lado de Europa; en las laderas de A Veiga la contienda sonaba similar. Las máquinas de vapor se encargaron de poner sonido a la Segunda Guerra Mundial que también se libró lejos de los frentes.

Ruinas de algunas de las casas de los jefes de las minas de Vilanova, cubiertas por la nieve en los meses de invierno. FdV

Canciones mineras y el oro negro

Existen muy pocos documentos que reflejen las transacciones comerciales que en las montañas ourensanas se llevaron a cabo durante aquellos años. “El régimen franquista no dejaba constancia de nada porque le interesaba adoptar la posición de país no beligerante”, argumenta Cholo. Donde sí hay constancia de aquellos años es en la memoria de Jovita Prieto Real (nonagenaria) que recuerda la letra de una canción minera que las mujeres entonaban al volver de las duras jornadas de trabajo.

Los investigadores del Instituto Geológico y Minero de España consideran que la letra de esa canción es única en la minería gallega. “Ahora esta mujer está en un geriátrico, pero hace unos años pude grabarla cantando y tengo más de dos horas de conversación en la que relata con todo detalle cómo era la vida y las labores en la mina por aquel entonces”, confiesa sabiéndose afortunado.

Para dejar constancia del testimonio de Jovita a este amante de Vilanova y su entorno le gustaría escribir otro libro o poder editar un documental con el contenido audiovisual que atesora. “Aún hay mucha historia que no aparece en los libros. Y en Galicia no hay constancia de canciones mineras con relación a las minas de volframio. Era un mundo muy diferente al nuestro, aunque al pisarlo pensemos que es el mismo”, afirma huyendo de los manuales, cargados de fechas y tecnicismos. “Lo que vivimos y sentimos también determinó el presente”, sentencia.

Se podría decir que la vida de esta mujer estuvo determinada por los germanos: de joven trabajó en las minas y, ya de casada, emigró unos años a Alemania con su marido, aunque terminó regresando a Vilanova.

Jovita Prieto, en una imagen tomada hace algunos años, cuando aún era octogenaria. FdV

Tres precios, un mineral

No solo los alemanes pusieron el ojo en las montañas ourensanas. Los ingleses, que luchaban contra el nazismo, también necesitaban tungsteno, sobre todo en los últimos años de la guerra. Eso disparó la especulación: “Un kilo empezaba pagándose a 250 pesetas, pero los aliados pagaban cien pesetas más por cada kilo que se consiguiera robar a los germanos, que después recompraban lo que les habían hurtado. El volframio era conocido como el oro negro”, finaliza.

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