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Leo, luz en el confinamiento

Irma y Diego pasaron parte de su cuarentena por coronavirus en el hospital, con su primer hijo recién nacido. El bebé ha dado negativo

Irma y Diego, los padres de Leo. // BRAIS LORENZO

Irma y Diego, los padres de Leo. // BRAIS LORENZO

Tras 41 semanas y dos días en el refugio interior de su madre, Leo llegó el lunes 19 de julio a un mundo desesperado pero, con su aparente fragilidad, con sus 3,76 kilos de peso, cambió el rumbo radicalmente: liberó un torrente de alegría y alejó la incertidumbre que sus padres primerizos, Irma y Diego, albergaban cuando la mujer llegó al hospital para dar a luz y le confirmaron que la PCR de unas horas antes había dado positivo en coronavirus. Leo, negativo, fue una luz en el confinamiento, una gran razón para amar la vida pese a su crudeza.

“Una celebración y presentación con la familia todavía no la tenemos programada, gracias a las fotos y vídeos ya han podido verlo un poco, pero el primer plan que queremos hacer los tres es dar un paseo con el carrito y que vea el sol”, cuentan entre los dos.

Los primeros cuatro días de estos padres con su hijo se limitaron al espacio reducido e infranqueable –excepto para las profesionales sanitarias, protegidas con el EPI– de una habitación de la planta de maternidad, en el hospital de Ourense. Ya están en casa y la enfermedad, que ellos han padecido con síntomas leves –mocos o tos–, la han sobrellevado con su bebé, sano, junto a ellos. “Estar con él lo compensa todo”, destacan desde su domicilio.

Irma López, de 28 años, dio a luz sin la posibilidad de tener acompañantes (Leo nació por cesárea, tras fracasar el intento previo de inducción del parto). “Llevaba tres días con contracciones en casa. Cuando llegué para ingresar y me dijeron que había dado positivo y que mi pareja se tenía que ir fue un momento horrible. Por suerte lo llevé bastante mejor de lo que creía, porque también me gustaba que el parto fuera natural, pero salió todo al revés”, cuenta la joven madre con filosofía.

La familia, en casa. // BRAIS LORENZO

Tras su traslado a planta sí pudo estar acompañada por Diego Gómez, de 38 años. Él también era positivo y, siguiendo el protocolo que establece el Sergas para estos casos, pudo trasladar su confinamiento de su domicilio al cuarto del hospital.

“El COVID era una cosa secundaria para nosotros, lo más importante era el niño y poder estar juntos. Yo estaba confinado en casa y sin poder ir a verla, porque esperaba el resultado de la prueba. A las 4 de la mañana me pidió que fuera, porque le habían dicho que no podía estar sola”, relata Diego, muy agradecido, como Irma, por el “maravilloso” trato del personal sanitario. “En Maternidad se portaron muy bien con nosotros. Una enfermera estuvo con Irma y el niño hasta que pude llegar”, agradece él.

El personal estaba prevenido y procuró que no hubiera nadie en el pasillo cuando el hombre se presentó en el hospital, donde utilizó las escaleras, no el ascensor. El confinamiento en la habitación les permitió pasar tiempo a solas con su niño en esas primeras veces, aunque la madre tuviera que darle de mamar sin quitarse la mascarilla. Los primeros besos incluso debieron esperar, por precaución, para evitar un contagio.

“Desde que terminó la cesárea ya le pude dar el pecho. Según los estudios que hay, es bastante habitual que el bebé nazca sin ser positivo”, indica Irma.

La pareja conocerá este viernes si pueden abandonar juntos la cuarentena, dejando atrás la nube negra de la enfermedad y del confinamiento para, en ese esperado paseo inicial de los tres bajo el sol, mirar hacia delante, con toda la vida de Leo por contar.

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