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Los ourensanos, sin billete de vuelta, que alimentaron y levantaron Euskadi

José Álvarez Lamas y Amelia Rodríguez Losada, en un banco de Barakaldo.   | // E. FILGUEIRA

José Álvarez Lamas y Amelia Rodríguez Losada, en un banco de Barakaldo. | // E. FILGUEIRA

No es casualidad que la EiTB (Euskal Irrati Telebista, televisión pública vasca) emita desde hace bastantes años el distintivo programa de la TVG con el que muchos gallegos tienen una cita cada viernes. Y no se debe a que el Luar sea el segundo programa más antiguo de la parrilla española (solo superado por Informe Semanal), sino al alto porcentaje de gallegos que durante años recibió el Euskadi como mano de obra. Precisamente por este motivo, en Bizkaia se encuentra el centro gallego con más historia de Europa que abrió sus puertas en 1901, fecha cercana a cuando lo hicieron los Altos Hornos de Vizcaya donde trabajaron cientos de emigrantes de diferentes partes de todo el país durante el siglo pasado.

Tampoco es casualidad que Barakaldo, aparte de con el centro, cuente con una calle en nombre de Santiago Apóstol, otra en honor de Breogán y una tercera –donde se ubica la sede desde 1962– llamada Galicia. Menos casualidad es que en un banco de la ciudad se sienten José Álvarez Lamas y Amelia Rodríguez Losada acariciándose las manos. Manos que han levantado y dado de comer –en los sentidos más literales que estos términos pueden tener– a una comunidad autónoma a la que muchos se trasladaron cuando el hambre apretaba con fuerza aquí.

En el periodo de tiempo que discurrió entre los años 50 y 70 –coincidiendo con la segunda industrialización de Euskadi– las zonas del interior de Galicia fueron las que más población perdieron. La mayoría de estos emigrados se asentaron, principalmente, en la margen izquierda de la ría del Nervión.

José (Ribadas, San Xoán de Río, 1929) fue parte imprescindible de la renovación de la vía ferroviaria que une Santurtzi con Bilbao y de la fábrica Induquímica-Insecticidas Cóndor (que cesó su actividad en la década de los 80). “Hoy está todo mucho más difícil. Antes, el que quería trabajar podía hacerlo aunque tuviera que moverse. Ahora ya no es así”, analiza con sus 92 años de experiencia vital y una memoria prodigiosa.

“Ourensanos aquí hubo muchos, pero cada vez quedan menos porque se han jubilado y se han marchado o ya se han muerto. Yo también quería volver, pero esta gente de aquí no me ha dejado”, bromea doliente, entre la morriña y el cariño por los suyos, mientras mira a las mujeres de su vida. “Si tienes aquí a todos tus hijos y nietos, ¿qué haces?”.

Amelia (Aceivido, San Xoán de Río, 1935) cocinó durante años en diferentes establecimientos de hostelería, incluido el Centro Galego de Bizkaia del que continúan siendo socios y en el que colabora su nieta para que la cultura y costumbres no se pierdan. “Yo hice de pulpeira aquí. Pulpo para la barra y pulpo para el comedor. Había jaleo siempre. Era un no parar. Y mucha gente que no es socia, ni gallega, venía a comer también. Incluso de fuera de Barakaldo”, recuerda sobre los años que pasó entre fogones en la asociación.

“Trabajo nunca me faltó. Me venían a buscar de otros establecimientos hosteleros para cocinar”, cuenta mientras mueve unos dedos corpulentos acostumbrados a faenar sin descanso. Y José añade con orgullo, para que a ella no se le quede en el tintero: “También estuvo en el Carrefour de Barakaldo de profesora, enseñando a hacer empanada gallega en condiciones”.

No sabían, cuando se dieron la vuelta para marcharse, que el resto de sus vidas iba a transcurrir entre el asfalto y las chimeneas industriales que desdibujan el horizonte en Euskadi. “Cuando llegamos aquí estaba abarrotado de gente de todos lados trabajando en fábricas. De Extremadura, de Andalucía, de Cataluña. Ahora el trabajo escasea, aunque la cosa esté peor en otros lugares que aquí. Pero no noté nunca que los gallegos tuviéramos una gran diferencia de carácter con respecto a los vascos”, rememora él, que partió de su aldea, en 1956, a las pocas semanas de casarse.

Ella no le siguió los pasos hasta dos años después y por aquel entonces San Xoán de Río sumaba más de 3.300 habitantes. El año pasado, según el Instituto Nacional de Estadística, este municipio de la comarca de Trives tenía registrados un total de 506 vecinos.

José no fue el único que emigró de su familia. Su hermano se marchó a Francia pero su hermana se quedó en la casa familiar (es una de esas quinientas personas censadas en el municipio ourensano) cuidando de los progenitores y un tío. “Aún está allí, pero ahora está sola”, cuenta con profundo penar. “Se encargó de nuestra madre hasta que falleció con 96 años, de nuestro padre hasta los 85 y de nuestro tío hasta los 84. Ahora quedan allí cuatro personas en invierno, no más. Y la culpa ha sido de los gobiernos. De todos. Han acabado con los pueblos y el campo”, sentencia agriamente un hombre que se fue de Galicia cuando en el rural no había más que sotanas, tricornios y raquíticas despensas.

El Centro Galego de Bizkaia es el más antiguo de Europa y el segundo más antiguo del mundo, después del de Montevideo. E. Filgueira

Cada verano desde que emigraron –y pudieron permitírselo económicamente– vuelven a su origen entre los meses de julio y agosto. Preguntado sobre si este año se acercará a su aldea, él responde: “Pues ya veremos. Si me llevan voy. Si no, pues no”. A lo que Amelia añade, con timidez, que el año pasado los achaques típicos de la edad no les dejaron disfrutar del todo y a los cuatro días de llegar a San Xoán de Río tuvieron que volverse. “Cuatro días. ¡Pero algo es algo!”, remata queriendo sacudirse las penas.

1956 fue el año en el que José dejó atrás el mundo que conocía y al que solo podría volver cuando el calor más ahoga Pero también fue el año en el que se fundó el Instituto Español de Emigración –en sus comienzos bajo la tutela de Carrero Blanco–. Este organismo planificaba las salidas de los españoles a otros territorios y países en lo que denominaban desde la propia administración como “válvula de escape”. De este modo se suplió la carencia de trabajo en las zonas menos desarrolladas económicamente en lugar de poner remedio al problema. Y ser gallego, en muchos casos, comenzó a implicar tener los dos pies en un lugar y el corazón y la cabeza en otro. El cordón umbilical no se puede cortar para siempre.

En Barakaldo formaron una familia que cuenta con hijos, nietos y algún bisnieto del que presumen sin reparos. Y si de ellos dependiera, el gallego seguiría muy vivo. “Cuando estábamos trabajando no lo hablábamos pero en casa y desde que estamos jubilados lo hablamos todo el día, con nuestros hijos o por la calle, da igual”, afirma Amelia que, justo hoy, cumple 86 años con toda una vida formando parte del centro gallego más antiguo de Europa y el segundo con más años de historia del mundo.

Barakaldo alberga, según los datos oficiales, el mayor número de gallegos censados de toda la Comunidad Autónoma vasca. Es una especie de oasis, entre altos edificios de ladrillo, en el que aún suenan las gaitas y el “adeus” se combina con el “agur” en cada esquina, a gusto del consumidor.

Este matrimonio, que lleva más de medio siglo en Euskadi, representa a todos aquellos que se marcharon sin billete de vuelta y cuya emigración podría resumirse con unos versos de Joaquín Sabina que rezan: “Se trata de vivir por accidente / se trata de exiliarse en las batuecas / se trata de nacerse de repente / se trata de vendarse las muñecas”. Lo que haga falta para evitar que duela el exilio.

Instrumentos que emplean en las clases de música y danza tradicional y que utiliza el grupo 'Doces Lembranzas'. E. Filgueira

El centro gallego más antiguo de Europa cumple 120 años

Ante ese mercado salvaje que era –y sigue siendo– la emigración, muchos se agruparon en torno a asociaciones para sobrellevar los sentimientos de desasosiego. El Centro Gallego de Montevideo fue el primero en crearse en el año 1879 (aún sigue en funcionamiento). Barakaldo (Bizkaia) tiene el dudoso honor de poder presumir del segundo más antiguo –y el primero de Europa– desde el año 1901.

El número de gallegos en Esukadi llego a superar los 75.000 en torno a 1970. En la actualidad ese número ha descendido hasta los 40.000, pero el gallego continúa siendo el tercer idioma más hablado en las tres provincias del territorio –después del euskera y el castellano–. No es extraño pasear por diferentes ciudades de la comunidad y escuchar a emigrados comunicándose en la lengua de Castelao. Como tampoco lo es que el autor de ‘Sempre en Galiza’ y la autora de ‘Cantares Gallegos’ cuenten con unas estatuas en su honor frente al centro de Barakaldo. Solo en esta asociación hay 760 socios –entre los gallegos de cuna y sus descendientes– que tienen a su plena disposición una biblioteca de, aproximadamente, dos mil ejemplares de escritores patrios. A aumentar esa colección contribuye la Xunta de Galicia a través de la Secretaría Xeral de Emigración, que de vez en cuando envía remesas de libros reeditados. Aunque no deja de sorprender que entre los últimos envíos ninguna obra esté impresa en gallego.

“Tenemos cuatro grupos de baile tradicional, dos de menores de edad y dos de adultos. De gaita también contamos con otros cuatro grupos conformados por edades, dos para niños que están aprendiendo, uno para mayores y el oficial que es el ‘Doces Lembranzas’”, resume Alba Rey, presidenta de la entidad desde hace cinco años. “Mi madre es gallega, de Becerreá (Lugo) y yo venía aquí desde pequeña a tocar la gaita, pero al final la cosa se lio y ya voy por la segunda legislatura”, bromea la que es la primera mujer en dirigir un centro que cumple, este año, 120 de andadura.

Ourense fue –después de A Coruña y siguiéndola muy de cerca– la provincia que más mano de obra aportó a Euskadi en los años de la reconversión. Y el destino predilecto fue Bizkaia –donde se concentraban algo más de 48.000 de los 75.000 gallegos emigrados– seguido de Guipuzkoa y Áraba.

Ante tal cantidad de personas necesitadas de un empleo, los terrenos que colindan con la actual sede fueron comprados por el Centro Galego para edificar, bajo una cooperativa, bloques que albergaban 365 viviendas (que aún continúan en pie) en las que poder dar cabida a todos los que llegaban a Barakaldo en autobuses. sin ningún asiento vacío. De todo ello dan testimonio las paredes de la sede a la que los socios van a jugar a las cartas, bailar, ver la TVG o comer. Y es que, durante décadas, cuando regresaban a sus lugares de procedencia en época estival, traían consigo los escudos de sus municipios. Además, en el restaurante del centro dos placas recuerdan a los poetas Ramón Cabanillas –que residió en Barakaldo– y Manuel María

Este último trabó amistad con otro destacado de las letras vascas como fue Gabriel Aresti, con el que mantuvo correspondencia, y entre ambos intentaron enterrar la tensión latente entre los gallegos y los vascos con varios sonetos, puesto que a finales de los años sesenta los primeros veían a los segundos como explotadores y los segundos a los primeros como “morralla”.

Esta entidad –a diferencia de otras con menos suerte– ha conseguido sortear la falta de socios, debida al natural envejecimiento de la población, trabajando multidisciplinarmente. El propio hecho de que su presidenta sea descendiente de una gallega, pero nacida allí da cuenta del esfuerzo de los emigrantes por no perder su cultura. Una cultura que se manifiesta a través de la biblioteca ya mencionada, los grupos de baile y música o los cursos de gallego que organizan. 

En lo que a tradiciones se refiere, el magosto sigue celebrándose cada año –en la calle si el tiempo lo permite– y las fiestas de Santiago Apóstol congregan –salvo el pasado año por la covid-19 y las medidas de restricción– a una auténtica peregrinación de personas llegadas desde todas partes de Euskadi y Navarra. Desde el día 8 de este mes funciona nuevamente el restaurante, que llevaba desde 2020 cerrado, y aunque el ayuntamiento de la ciudad decidió no celebrar las tradicionales fiestas del Carmen, julio ha vuelto a saber a mar y empanada en Barakaldo.

Antiguos integrantes de 'Doces Lembranzas' tocando. E. Filgueira

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