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Memoria de los ourensanos víctimas del terrorismo

Un museo, que abrió sus puertas este mes en Vitoria, rinde homenaje a los fallecidos en atentados terroristas de ETA o en el 11M

Entre el material requisado a la banda terrorista que se puede ver en el museo figuran armas y fichas policiales de diferentes operaciones llevadas a cabo a lo largo de los años. E. Filgueira

En menos de quince días hará 24 años que la banda terrorista ETA secuestró y asesinó a Miguel Ángel Blanco, concejal del Partido Popular en la localidad vasca de Ermua (Bizkaia). Allí nació y residía con sus padres, Miguel Blanco y Consuelo Garrido, ambos emigrados desde Ourense –él era natural de Xunqueira de Espadanedo y ella, de A Merca–.

El 10 de julio de 1997 el país entero se sumó a una vigilia tras comunicar el grupo terrorista que había secuestrado al joven político y que para su liberación exigían el acercamiento de todos los presos, condenados por asesinatos o secuestros, a cárceles de Euskadi. El Gobierno de José María Aznar no accedió a negociar y el concejal de su partido, que tenía tan solo 29 años, fue encontrado dos días después con las manos atadas hacia delante con un cable y dos tiros en la cabeza.

Aunque llegó en coma al hospital, sujeto a un hálito de vida, nada pudieron hacer los profesionales sanitarios por evitar su muerte. La autopsia reveló que tenía la piel de la cara quemada por la acidez de las lágrimas derramadas durante sus 48 horas de secuestro.

Con el tiempo, los restos de Miguel Ángel Blanco tuvieron que ser trasladados al cementerio de Faramontaos (A Merca) –eran constantes las pintadas con amenazas en su tumba– y sus padres se trasladaron a la capital vasca, ante la imposibilidad de vivir por la presión ejercida por algunos sectores radicales de la sociedad. Es precisamente en Vitoria donde acaba de abrir sus puertas el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, con la intención de que todo el que lo desee pueda acudir a un viaje por la violencia que estranguló a España –no solo la que ejerció la banda independentista, sino todas las organizaciones que han proliferado a lo largo y ancho del país–.

Miguel Ángel Blanco ocupa un lugar destacado en el centro memorial por el punto de inflexión que supuso su asesinato para toda la sociedad, y en particular para la sociedad vasca.. E. Filgueira

El joven concejal ocupa un espacio importante en el museo, a la altura del punto de inflexión que provocó en la sociedad con lo que se conoce como el ‘Espíritu de Ermua’. Además, el centro se ha inaugurado en un momento en el que los ecos de las balas empiezan a sonar lejanos y las nuevas generaciones se alejan cada vez más de la historia. De nuestra historia reciente.

De ello da cuenta un estudio, realizado por la consultora de investigación social GAD3, que hace un año ponía sobre la mesa el desconocimiento de los españoles, en general, y los adolescentes, en particular, sobre ETA que durante 60 años de atentados se llevó por delante la vida de 854 personas y dejó a miles con secuelas permanentes. El 95% de los encuestados reconocía desconocer el número de víctimas o una aproximación a él, el 60% de los jóvenes no sabe quién fue Miguel Ángel Blanco y el 52% ignora qué fue el ‘Espíritu de Ermua’.

Manuel Rodríguez Taboada, ourensano y miembro de la Guardia Real, asesinado el 7 de mayo de 1981 en Madrid por la misma banda también tiene su espacio en la exposición del memorial. Estaba casado y tenía tres hijos cuando los terroristas colocaron una bomba en el techo del coche que conducía. En el interior del vehículo lo acompañaban el teniente coronel Guillermo Tevar, el cabo Antonio Nogueras (ambos fallecidos también en el atentado) y el teniente general Joaquín Valenzuela, que quedó gravemente herido y que era el principal objetivo de los independentistas radicales.

Alrededor del las 10.30 horas de la mañana, el artefacto instalado por el comando liderado por Henri Parot provocó las víctimas citadas en las líneas anteriores y que veinte civiles, que se encontraban en las inmediaciones, resultasen heridos.

Manuel Rodríguez Taboada fue uno de los primeros ourensanos asesinados por ETA. Una bomba en el coche que conducía le arrebató la vida en 1981. E. Filgueira

Pese a los intentos de los equipos de emergencia, el cuerpo del hombre, de 37 años, no pudo ser retirado del automóvil y el vehículo tuvo que transportarse, con la víctima en su interior, para que se le pudiera practicar la autopsia. El pasado mes de mayo se cumplieron cuarenta años del atentado.

Seis años después, el 19 de junio de 1987, ETA cometió otro atentado. El que más víctimas causó de todos los perpetrados por la banda. Los terroristas aparcaron en el garaje de un Hipercor de Barcelona un coche bomba con casi 200 kilos de carga explosiva en su interior. Al hacerlo detonar, asesinaron a 21 personas e hirieron a otras 45. Entre los fallecidos a los que se rinde homenaje en el espacio memorial está la única mujer ourensana víctima de ETA: María Paz Diéguez Fernández. Era natural de O Bolo, estaba casada y tenía dos hijos. Murió en el hospital un mes más tarde por una infección derivada de las heridas y las quemaduras que sufrió (en el 80% de su cuerpo).

El resto de los ourensanos que perdieron la vida a manos de ETA figuran entre la información documental que los visitantes pueden consultar durante el recorrido. Decenas de pantallas táctiles, desde las que se puede acceder a noticias de diferentes medios, sirven para acceder a historias como las de Antonio Varela Rúa –al que mataron en Tolosa cuando volvía, a su casa, de trabajar en el ayuntamiento de San Sebastián– o Enrique Rúa Díaz –natural de Verín y asesinado a los 27 años mientras vigilaba unas embarcaciones de contrabando para ser incautadas–.

Víctima del 11M

En el centro memorial tiene su lugar también, entre el resto de fallecidos, el joven Óscar Gómez Gudiña, hijo de un matrimonio de O Barco de Valdeorras. Su nombre figura en las paredes dedicadas a las 192 personas que perdieron la vida en los atentados islamistas del 11M. Verdugos vinculados a Al-Qaeda colocaron un total de trece bombas en diferentes trenes de cercanías en Madrid que explotaron entre las 07.37 y las 07.39 horas de un jueves de 2004. Óscar, como tantos otros, esperaba aquella mañana un cercanías en la estación de El Pozo para ir a trabajar cuando el terrorismo acabó con su vida. Tenía solo 24 años.

El nombre de Óscar Gómez, el primero de la tercera fila, figura en la lista de los fallecidos en las explosiones de los cercanías, en Madrid, el 11M. E. Filgueira

Fichas de etarras, efectos intervenidos en diferentes actuaciones policiales, equipamiento de protección de los TÉDAX, armas incautadas, robots para la desactivación de bombas, cartas de víctimas secuestradas, amenazas enviadas por la banda independentista vasca, pantallas táctiles con acceso a profundas hemerotecas digitales, textos –en euskera, castellano e inglés– imágenes y testimonios audiovisuales conforman un espacio en el que se recuerda a civiles, agentes de los cuerpos de seguridad, jueces y periodistas que han sufrido en primera persona todos y cada uno de los movimientos terroristas surgidos a lo largo y ancho del país.

Fachada principal del museo que rinde homenaje a todas las víctimas del terrorismo en España inaugurado el 1 de junio en Vitoria, capital de Euskadi. E. Filgueira

Una ardua labor de documentación realizada para un centro –que surgió con la Ley de Reconocimiento y Protección Integral a las Víctimas del Terrorismo, hace diez años– que da cabida a los ourensanos y gallegos víctimas de diferentes ideologías pero similares procesos de radicalización.

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