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Superar una doble exclusión con maquillaje y aguja

Gorete do Sanjos, María Bouso, Beatriz Paulos, Silvia Iglesias y María Pinto, en clase. // IÑAKI OSORIO

Gorete do Sanjos, María Bouso, Beatriz Paulos, Silvia Iglesias y María Pinto, en clase. // IÑAKI OSORIO

Entre espejos, peines, luces, máquinas de coser, telas, patrones y maquillaje se dibuja un futuro para mujeres que lo tienen complicado por el mero hecho de serlo y que, además, cargan en sus espaldas el estigma de pertenecer a la etnia gitana. Como si uno escogiese dónde nace.

Durante los últimos seis meses, y por primera vez en Ourense, el programa Sara Romí –financiado por el Instituto de la Mujer y dependiente del Ministerio de Igualdad– ha conseguido abrir nuevas ventanas por las que más de una decena de mujeres se asoman a observar nuevas perspectivas.

El proyecto, organizado de forma local por la fundación Secretariado Gitano, tiene por objetivo mejorar la calidad de vida de las féminas trabajando con ellas individualmente. “Lo que pretendemos es que vayan ganando autonomía, tanto a nivel personal como económico”, relata Silvia Iglesias, técnico de la entidad social en Ourense. Que se conozcan a sí mismas y en profundidad sirve para que sean capaces de identificar sus potencialidades y todo aquello que deben reforzar para competir en el mercado laboral cada vez más agresivo.

Ellas mismas a veces no se atreven a hacer cosas que son capaces de hacer, o que se les dan bien, por vergüenza

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Empezaron en el mes de febrero un total de 17 mujeres, aunque algunas de ellas han tenido que abandonar por circunstancias personales. “Aparte de las clases grupales, llevamos a cabo reuniones individuales con cada una de ellas para que la formación se adapte a sus intereses y sus circunstancias personales, que varían de un caso a otro”, añade la orientadora.

Divididos los contenidos en tres grandes bloques –de unas 60 horas de duración cada uno– estas mujeres adquirieron competencias digitales –algo extraordinario teniendo en cuenta que algunas no tenían ni teléfono móvil–, se introdujeron en la moda y el estilismo y ahondaron en cómo presentar un currículo o realizar una entrevista de trabajo.

El programa lleva en funcionamiento desde el 2014 pero hasta este año no se había probado en Ourense. Tan solo siete municipios de España han tenido la suerte de ponerlo en marcha en esta edición.

Para muchas de las participantes supuso su primer contacto con el mundo laboral porque las clases prácticas se realizaron en entornos en los que había gente trabajando. Observar ritmos ayuda a interiorizarlos.

“Ellas mismas a veces no se atreven a hacer cosas que son capaces de hacer, o que se les dan bien, por vergüenza o los prejuicios con los que se puedan encontrar por el camino. El balance es muy positivo porque en todas hemos percibido cambios”, explica Iglesias sobre las integrantes del grupo. “Nos pasa a todas las mujeres, cuanto más si encima puedes sufrir una discriminación por pertenecer a una etnia determinada”, incide.

Las participantes en la formación tienen entre 16 y 46 años. IÑAKI OSORIO

María Pinto –con una cazadora vaquera que envuelve toda su timidez– es una de las más jóvenes del grupo. Tiene solo 16 años y gracias a volver a una rutina de clases y estudio quiere terminar la Educación Secundaria Obligatoria que abandonó hace un tiempo. “Me gusta aprender a aplicar el maquillaje y cómo realzar el rostro con un simple peinado”, resume sobre lo aprendido.

El caso de Beatriz Paulos es tremendamente descriptivo de la sociedad en la que vivimos. El servicio público de empleo le encontró una oferta de trabajo, pero al llegar al bar en el que tenía la entrevista le dijeron que ya habían contratado a otra persona. “Creo que era mentira, porque no me preguntaron si tenía experiencia previa ni me hicieron siquiera preguntas. Simplemente vieron mis rasgos y me descartaron”, cuenta sobre una de las muchas oportunidades que se le han negado por ser de etnia gitana.

Percibo que, por el hecho de ser gitana, mi opinión no cuenta ni interesa en ningún ámbito, no solo en lo laboral

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Con 24 años, el curso para ella está siendo toda una revelación más allá de lo laboral. “Empecé a respetarme y valorarme más como mujer y a no darle tanta importancia a lo que la gente piense o diga de mí”, confiesa. “Percibo que, por el hecho de ser gitana, mi opinión no cuenta ni interesa en ningún ámbito, no solo en lo laboral”, lamenta.

Gorete do Sanjos se muestra satisfecha con los conocimientos interiorizados “Yo ahora me expreso por escrito y oralmente mucho mejor. Y aunque es verdad que el maquillaje no se me da muy bien, jugar con el pelo me relaja y en el caso de no encontrar un trabajo después, todo lo aprendido me sirve para mí a nivel personal”, destaca sorteando con esperanza su situación de desempleo. A sus 44 años nunca antes había tenido la oportunidad de aprender a coser y admite que le ilusiona seguir instruyéndose próximamente.

Todas se conocían antes de febrero, cuando empezaron el curso, pero esta experiencia les ha servido para estrechar lazos, salir de la inercia de sus rutinas y verse reflejadas en otras. Sentirse menos solas. Más acompañadas.

El viernes terminan las clases y llega el momento de entregar un proyecto final con lo aprendido durante estos meses. “En diferentes situaciones tendrán que explicar cómo vestirse y maquillarse. Qué imagen quieren proyectar y qué imagen están proyectando. Aprender las prendas que les favorecen son otras de las claves formativas”, explica la estilista María Bouso –encargada de esta parte de los talleres– que regenta su propio negocio, Terracota Studio.

Tienen claro que repetirían con los ojos cerrados y desean que un día –a poder ser no muy lejano– solo tengan que superar los mismos obstáculos que el resto de las mujeres. Nada más.

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