Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Seminario Menor: un pulso entre el pasado y el siglo XXI

Óscar Fernández, Amadeo Blanco, Diego Paradela y Rosa María Almeida, en el laboratorio.   | // BRAIS LORENZO

Óscar Fernández, Amadeo Blanco, Diego Paradela y Rosa María Almeida, en el laboratorio. | // BRAIS LORENZO

Por marcar un punto de inicio a esta historia, podría decirse que todo empezó a principios del siglo XX. Por aquel entonces el obispo de Ourense era Eustaquio Ilundain, pamplonico que más tarde nombraron arzobispo en Sevilla. Fue él el que quiso de los alumnos no recibiesen una formación exclusivamente teológica, sino que también adquirieran conocimientos de otras disciplinas como la ciencia.

Para su cometido, Ilundain aprovechó los viajes de material de laboratorio que una empresa francesa realizaba para suministrar aparatos al instituto Otero Pedrayo y así abaratar los costes del transporte. Consiguió comenzar una colección que cuenta con cerca de 400 piezas históricas.

Este gabinete tuvo su primera ubicación en lo que actualmente es la sede del Obispado para, en 1952, pasar al Seminario Mayor y, posteriormente, en 1980 al Seminario Menor. En sus vitrinas se pueden encontrar reliquias como uno de los dos únicos ejemplares de máquina eléctrica de Wimshurst que hay en España –tan solo en Sevilla se puede disfrutar del otro de las mismas proporciones–.

Amadeo Blanco, profesor de Biología y Física y Química en el centro desde hace 20 años, cuenta que no solo por sus aparatos de laboratorio merece la pena visitar el lugar, sino que también disponen de libros antiguos sobre las materias que él imparte. Ejemplares en los que se explica la ciencia, por estudiosos anteriores al descubrimiento de los átomos, que conforman una biblioteca del siglo XVIII y XIX con olor a otra época. “A maior parte dos sacerdotes que se formaron aquí son de ciencias, salvo os tres últimos. Son consciente de que pode parecer raro, pero a ciencia e a teoloxía poden encaixar perfectamente”, afirma el docente.

Un auténtico museo del que disfrutan con cuidado para no dañar un material único que tendría imposible reparación en caso de ser estropeado. “Nalgún dos traslados de ubicación anteriores xa se rompeu algún artiluxio, e é unha mágoa”, lamenta Blanco.

Dando un salto cuantioso en la línea del tiempo, nos situamos cinco años atrás, cuando desde la dirección del centro se dieron cuenta de que está bien disponer y conservar lo de otras épocas, pero también es necesario avanzar –o intentarlo al menos– al ritmo de la sociedad. Con una vocación sacerdotal en retroceso, apostaron por adaptarse a las nuevas tecnologías y poder ofrecer así una alternativa de futuro óptima al perfil actual de alumnos que se matriculan en el centro. Porque si bien es cierto que el pasado curso hubo tres alumnos de segundo de Bachillerato que decidieron continuar su formación en el Seminario Mayor, también lo es que la media de los últimos años se decantan por esta opción ronda el uno o el dos por ciento.

Ante esta perspectiva, todo el profesorado se formó durante tres años para implantar el conocido como sistema EBI. “Trátase dun método pedagóxico que se centra nos coñecementos e intereses previos dos alumnos para adecuar os coñecementos e a parendizaxe a cada un. A través das novas tecnoloxías conseguimos adaptarnos, despois dunha profunda análise e reflexión, a cada alumno. Non só no eido académico, senón tamén observando as súas circunstancias individuais”, señala Óscar Fernández, profesor de Educación Física y coordinador desde este año del sistema implantado hace un lustro.

Un alumno del seminario consultando la biblioteca del centro Brais Lorenzo

“É certo que o ano pasado houbo tres alumnos que decidiron continuar no Seminario Maior, pero levabamos anos sen ter ningún. E moitos abandonan ao rematar o primeiro ou o segundo ano, así que é moi difícil establecer unha porcentaxe de cantos se decantan polo sacerdocio”, explica Fernández sobre el déficit de jóvenes dispuestos a vestir sotana.

La mayoría de los alumnos que ahora se matriculan en el centro lo hacen por no ver satisfechas sus necesidades en el sistema educativo corriente o tener malos resultados académicos. En total, 84 alumnos cursan sus estudios desde unas aulas con vistas a toda la ciudad por las que también pasaron ilustres ourensanos como Carlos Casares.

“O proceso de matriculación é bastante flexible por tratarse dun centro privado. Impartimos desde primeiro da ESO ata segundo de Bacharelato e só temos unha aula por curso. Non queremos ser un centro moi grande porque preferimos poder ofertar esa atención individualizada con entre 15 e 20 alumnos por aula”, resume el coordinador del sistema EBI.

El Seminario Menor es el único lugar que oferta esta modalidad académica en la que tienen una relación fluida con los padres y los estudiantes gracias a haber solucionado una brecha digital que antes lastraba el engranaje de funcionamiento. “Co coronavirus vimos realmente as bondades da nosa modernización porque todos os alumnos e pais teñen un correo corporativo a través do que podemos facer videoconferencias e iso permitiunos non interromper o curso”, sopesa Rosa María Almeida, profesora de Lengua y Literatura y Francés.

Diego Paradela es un alumno de primero de Bachillerato muy particular que, a la vez, aúna características comunes a todos los demás. Procede de Foz (Lugo), forma parte de los pocos estudiantes internos con los que cuenta el centro y su padre ya había sido seminarista de joven. “Mis notas no estaban siendo muy buenas, la verdad, así que decidimos que era mejor probar aquí. Al terminar la primera evaluación ya noté un cambio sustancial”, resume sobre sus resultados académicos con el sistema pedagógico del centro. Su idea es conseguir la nota necesaria para poder estudiar Ciencias de la Actividad Física y el Deporte.

Precisamente ese gusto por el deporte fue otro de los motivos que lo impulsaron a entrar en el Seminario Menor. “Creo que hay una idea preconcebida de los curas y en realidad no son como la mayoría piensa. Aquí tenemos el deporte muy integrado en nuestro día a día y muchos de ellos juegan pachangas”, valora sobre el entorno en el que se está educando.

En total, 30 alumnos –algunos procedentes de otras provincias– pernoctan y hacen vida en la planta superior del edificio. Un edificio de piedra en el que el ritmo frenético del siglo XXI se atenúa, sin perder el pulso, con épocas pasadas en las que primaba la introspección, la lectura y la oración. Un lugar en el que se estudia para el futuro entre libros del siglo XVIII.

Compartir el artículo

stats