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La primera línea que no se repliega

Enfermeros de los quipos de vacunación, ayer en Expourense.

Enfermeros de los quipos de vacunación, ayer en Expourense. Iñaki Osorio

La enfermería celebra hoy su día internacional con orgullo por un oficio que ha sido, y sigue siendo, clave en la pandemia. Han estado en la primera línea desde el inicio de la crisis sanitaria recogiendo muestras para pruebas diagnósticas, prestando cuidados a domicilio, adaptándose a todas las necesidades que imponía la nueva realidad y ahora llevando el peso de la vacunación. En Expourense, donde ayer arrancó la vacunación a menores de 59 años, tres de estos profesionales reflexionan sobre lo vivido en los últimos 14 meses, tras el estallido de la pandemia del coronavirus.

“Coincidiendo con la celebración es un orgullo decir que seguimos combatiendo en la primera línea”. El enfermero Pablo Soto se estrenaba ayer en los equipos de vacunación contra el COVID-19 instalados en Expourense, una parte más de la lucha contra el coronavirus que ha pasado por sus manos y las de todo un colectivo que ha combatido en todos los niveles de la batalla. Desde la PCR a la inmunización.

Pablo Soto encadena contratos en atención hospitalaria y primaria pero hasta ahora no le había tocado poner una vacuna. Una experiencia más en 14 meses en los que no ha tenido vacaciones. “Estoy contento porque he trabajado de manera continuada, pero me gustaría tener más estabilidad y no contratos de mes a mes o cada dos meses”, dice.

“Estoy contento porque he trabajado de manera continuada, pero me gustaría tener más estabilidad y no contratos de mes a mes o cada dos meses”. Pablo Soto

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Nuria Martínez, en cambio, lleva poniendo vacunas desde el 30 de diciembre. Ayer coordinaba el dispositivo masivo en Expourense, en una jornada con 3.100 convocados en la que se estrenaba el grupo de menores de 59 años. Antes de la pandemia era una enfermera ‘pool’ de atención primaria que se dedicaba a cubrir turnos: “Estaba donde hacía falta, nos avisaban de ya para ya”. Cuando estalló la crisis sanitaria empezaron a llamar menos porque “la gente no podía coger los días”. Desde noviembre ocupa una vacante de especialista en el centro de salud de A Cuña y ha pasado de hacer test de antígenos a ser coordinadora de vacunación.

Lo más bonito que ha vivido en estos 14 meses, reconoce, es la inmunización en residencias de mayores. “Nos esperaban como agua de mayo”, cuenta. Habían visitado muchas veces estos centros para realizar cribados pero cuando empezaron a llegar con los inyectables los recibían con aplausos y bailes. Les decían que eran su regalo de Reyes y les llamaban héroes. “Solo estábamos haciendo nuestro trabajo, pero para ellos era muy importante porque significaba poder ver a sus hijos y a sus nietos”, comenta.

Este trabajo, que se ha convertido en rutinario para los equipos de vacunación, también está cargado de emoción. “En alguna residencia hacían videollamadas mientras los vacunábamos y se emocionaban los hijos, los mayores y nosotros; algunas veces llorábamos todos”.

“En alguna residencia hacían videollamadas mientras los vacunábamos y se emocionaban los hijos, los mayores y nosotros; algunas veces llorábamos todos”. Nuria Martínez

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Son miles las dosis que ha puesto pero Nuria no sueña con poner vacunas sino con dejar de ponerlas. “Sueño con que se acabe pronto pero ahora hablan de refuerzos y terceras dosis; creo que esto va a ser como la gripe y nos tendremos que acostumbrar”.

Una enfermera pone la vacuna a una mujer del grupo de menores de 59 años, ayer en Expourense. Iñaki Osorio

Floren Vales, enfermera en el centro de salud Valle Inclán reivindica el papel clave que ha desempeñado la enfermería este año de pandemia. “A nosotros nos ha aumentado el trabajo de forma exponencial”, afirma. “Nuestra actividad nunca dejó de ser presencial y se fue adaptando a las necesidades de la pandemia. Durante el confinamiento aumentó la atención domicilio. Curas, inyectables, seguimiento y control de paciente anticoagulados... Tuvimos que articular los procedimientos adaptándonos a la realidad que estábamos viviendo y lo hicimos de manera progresiva”, explica. Se convirtieron de la noche a la mañana en profesionales todoterreno que tanto hacían un test de antígenos como ofrecían cuidados a un paciente en el coche para evitar que entrase al centro de salud evitando el riesgo de contagio. Al principio, recuerda, “lo hicimos en unas condiciones precarias porque la información era limitada o errónea y los medios escasos, pero nuestra actividad es imposible hacerla a menos de 1,5 metros y tuvimos que asumir muchos riesgos”.

La sobrecarga laboral, señala esta profesional, “ha sido física y psicológica y la seguimos teniendo porque toda esta actividad preventiva, que es la inmunización, la asume la enfermería. Tenemos un facultativo que está presente por si existe una reacción pero el procedimiento de recogida de vacunas, mantenimiento y conservación de los viales, carga, administración, educación sanitaria al paciente cuando se esta inyectando, es un trabajo nuestro”, destaca Floren.

"La sobrecarga ha sido física y psicológica y la seguimos teniendo porque toda esta actividad preventiva, que es la inmunización, la asume la enfermería". Floren Vales

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La enfermería, reflexiona, no será la misma cuando regrese la normalidad. “De esto saldremos con otra experiencia y otro bagaje”, dice. También confía en que se produzca un cambio en la idea que la sociedad, dice, tiene del trabajo del enfermero. “Todavía se visualiza como un trabajo subordinado y dependiente del áurea del facultativo cuando la enfermería es un grado y tiene una formación teórica y práctica amplísima”, destaca.

También Pablo Soto cree que este año le ha cambiado “por completo”, tanto a nivel personal como profesional. Él vivía con sus padres cuando estalló la pandemia y su primer destino, en unidades COVID del CHUO, le obligó a cambiar de domicilio. “Me fui solo por miedo”.

Ese miedo de la primera ola lo veía también en sus compañeros y en los pacientes. “En la planta de sospechas nos bombardeaban a preguntas, los que daban positivo nos preguntaban si se iban a morir”, recuerda. Valora también la capacidad de adaptación que ha demostrado su sector y hace un llamamiento a la prudencia: “El ritmo de vacunación es bueno pero es importante que la gente tenga cuidado, vemos imágenes de fiestas y hay que recordar que todavía hay pacientes en la UCI”. Perder el control ahora, afirma, “sería un error”.

Una enfermera inyecta la vacuna a una mujer del colectivo de menores de 59 años. | // IÑAKI OSORIO

La ocupación en UCI se reduce a tres ingresos

Los casos activos de coronavirus en Ourense siguen en descenso y también se reduce la carga asistencial. Este martes la curva bajó a 246 positivos (-7) y son 16 los pacientes ingresados. La UCI ha reducido su ocupación, con dos pacientes menos, por lo que son 3 los enfermos críticos. La jornada de ayer se registraron 16 altas y 9 contagios. Entretanto, la vacunación sigue ganando velocidad: hoy están citadas 7.192 personas en la provincia.

Cualedro sale del nivel máximo pero sigue Laza

El comité clínico acordó ayer mantener el nivel máximo de restricciones en Laza, que ayer tenía 18 casos activos, pero Cualedro, que ha bajado a 6 positivos y actualmente se encuentra cerrado perimetralmente, pasará al nivel medio. Estas medidas se aplicarán desde el viernes.

Además, Lobios, que estaba en nivel básico y ayer reportaba 6 casos activos, entrará en el nivel alto, que implica hostelería solo en exterior. En el nivel medio, y por lo tanto con restricciones en aforos, estarán Barbadás, Carballeda de Valdeorras, Cualedro y Toén.

Fallece una mujer de 88 años tras 15 días sin muertes

La muerte de una paciente de 88 años que estaba ingresada en el CHUO este lunes eleva a 417 la cifra de víctimas de la pandemia en Ourense. No se registraban fallecimientos por COVID desde hacía 15 días. 

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