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La Esperanza que nunca se perdió

Usuarios y trabajadoras de la residencia La Esperanza en una de las salas de convivencia reducida. Brais Lorenzo

En la residencia Nuestra Señora de La Esperanza de Ourense se respira normalidad. De la nueva. Porque la de antes, dice la directora, Aránzazu Crespo, ya es historia. “Ya no te paras a pensar en como era la convivencia antes de la pandemia, en nuestra cabeza lo normal es lo de ahora”. Grupos burbuja, talleres, fisioterapia, gimnasio, actividades al aire libre y visitas familiares. Todas las rutinas que el coronavirus interrumpió hace un año pero que la inmunización y la desescalada tras la tercera ola han devuelto, con protocolos, a los centros sociosanitarios.

La Esperanza sufrió el golpe más fuerte del COVID en la primera ola en Ourense. A principios de abril, cuando Sanidade empezó a hacer cribados masivos en las residencias de mayores, este centro pasó en 24 horas de tener 26 positivos a más de cien. De un día para otro se convirtió en el principal foco de coronavirus en Galicia y a su personal le tocó enfrentarse al que por aquel entonces todavía era un enemigo desconocido.

“Fue una época muy triste, pero luchamos mucho y con muchas ganas porque luchábamos por los nuestros”

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“Fue una época muy triste, pero luchamos mucho y con muchas ganas porque luchábamos por los nuestros”, rememora Crespo. “Ahora nos queda la pena por la gente que no logró superarlo, y hay que decir que muchos eran usuarios que ya estaban muy mal antes del virus. Eso fue muy triste, pero ahora ves que otros que estuvieron muy pachuchos están tan bien y es una alegría”.

Una trabajadora del centro conversa animada con una usuaria. | // BRAIS LORENZO

La Esperanza, con 160 usuarios en la actualidad, es una de las grandes residencias integradas en la red de la Fundación San Rosendo. En aquel brote de abril, en pleno estado de alarma, se contagiaron 125 mayores y fallecieron 25. “Lo vivimos con una angustia muy grande pero si ahora echas la vista atrás te quedas con lo bueno, con que hay mucha mucha gente que lo superó, y cuando ahora los ves sientes que aquel esfuerzo valió la pena”. La residencia salió de aquel túnel en mayo y desde entonces ha permanecido lejos del virus, sorteando con éxito la segunda y la tercer ola.

"Al echar la vista atrás te quedas con lo bueno, con que hay mucha mucha gente que lo superó; entonces sientes que el esfuerzo valió la pena"

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Aránzazu recuerda como en aquellas primeras semanas de la pandemia existía el miedo a que el maldito COVID entrase en la residencia. Era el gran temor del momento y en el caso de La Esperanza el día llegó. “Nosotros seguíamos todos los protocolos e incluso nos íbamos adelantando pero cuando ves que el virus entra reaccionas de manera inmediata y te pones a trabajar para quitarlo”. El miedo inicial, relata, desaparece enseguida y deja paso al respeto. “Todo el equipo fue muy valiente, podían haber renunciado pero nadie lo hizo”, presume la directora.

Traslado a Santa María

Para atajar el brote trasladaron a los usuarios de la residencia de discapacitados Santa María a Laias y La Esperanza ocupó el edificio vacío con los usuarios que no se habían contagiado. “Desde fuera se veía como algo muy grande pero desde dentro lo veíamos diferente porque la gran mayoría eran asintomáticos”, recuerda Crespo.

Las jornadas eran tan intensas y tan cargadas de novedades, apunta, que “había días que parecían meses”. Poco a poco se fueron adaptando a aquella nueva realidad y la cifra que más clara tiene en su cabeza, un año después, es el 29, el primer número de negativos que llegó tras un cribado: “Ahí es cuando dices, venga, de esta vamos a salir”.

Salieron en mayo y el virus no volvió. “Hemos ido adaptándonos poco a poco a la nueva normalidad y así hemos llegado al día de hoy, trabajando por grupos y espacios; los psiquiátricos en una zona, los válidos en otra, los asistidos en función del grado, y con actividades adaptadas a cada situación”, explica la directora.

Una trabajadora ayuda a un usuario con las piezas del dominó. Brais Lorenzo

Tras un largo período de aislamiento en sus habitaciones, ahora los usuarios pueden reunirse en grupos reducidos para ver una película, escuchar música o bailar. “Lo mismo pero en grupos burbuja, siempre con los mismos trabajadores y con las mismas zonas de recreo, de comedor y de dormitorio. Con todo lo que hemos pasado creemos que es lo que realmente funciona, porque si pasa algo lo podemos controlar dentro del grupo y el impacto sería menor”, apunta.

La inmunización, una fiesta

La inmunización ha dado un respiro al centro y la alegría se percibe entre los usuarios y el personal. “Ellos están muy pendientes de las noticias, uno de los talleres que tenemos es leer la prensa y con la vacuna estaban muy contentos, saben que es la solución”. La segunda dosis fue una fiesta y ahora, concluye Aránzazu, “están encantados, para ellos es una alegría poder ver a su familia y dar un paseo alrededor del centro; se les nota mucho más animados”.

Usuarios y trabajadoras de la residencia La Esperanza de Ourense, ayer en uno de los talleres. Brais Lorenzo

Un equipo experto en gestión COVID

De aquella batalla contra el coronavirus que libraron durante los meses de abril y mayo las trabajadoras de la residencia La Esperanza surgió un grupo de expertas que después apoyó a otros centros que sufrieron focos importantes.

Integrado en un inicio por la directora Aránzazu Crespo y cuatro auxiliares, fue creciendo a medida que otros profesionales iban adquiriendo la experiencia. Trabajaron en O Incio, Os Gozos, Arzúa, Boqueixón, Lobeira, Muíños... Y en todos, relata Crespo, “nos encontrábamos el mismo miedo en los compañeros que habíamos pasado nosotros”. Esta experiencia, dice, fue especial porque se creó un vínculo: “Eran momentos difíciles pero sacábamos lo mejor y todos guardamos buenos recuerdos; es una satisfacción ayudar y nosotros sabíamos muy bien lo que era estar perdidos. Cuando llegábamos les decíamos, tranquilos, de esto se sale, y esa confianza es lo que te ayuda y te da la fuerza”.

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