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Doble lucha contra el COVID y la morriña

Alejandra Santiago, en su último fin de semana en Belfast.   | // FDV

Alejandra Santiago, en su último fin de semana en Belfast. | // FDV

Cuando el Observatorio de Personas Tituladas de la UVigo decidió realizar un informe sobre el impacto de la pandemia en su antiguo alumnado, incluyó en su consulta a titulados que lograron empleo en el extranjero. Las ourensanas Alejandra Santiago, ingeniera informática, y Eva Prieto, maestra de educación especial, relataron su experiencia en las primeras semanas de la crisis sanitaria. Casi un año después repasan como la pandemia cambió sus vidas.

Alejandra Santiago Veiga llegó a Belfast (Norte de Irlanda) en 2013, con una beca Leonardo de la Diputación de Ourense. La demanda de ingenieros informáticos allí era alta y decidió quedarse a probar suerte. Y la tuvo. Entró en el sector TI y ahí estaba cuando la crisis sanitaria estalló en España, a mediados de marzo. En su relato del 13 de abril para la UVigo explicaba el dilema al que se enfrentó entonces: volver a casa y teletrabajar o quedarse. Decidió quedarse “por no poner en riesgo a mi familia” y porque en aquel momento las medidas de confinamiento en el Reino Unido eran menos agresivas.

“Recuerdo como si fuese hoy ver con preocupación como España entraba en una especie de ‘estado marcial’, donde la gente no podía salir y todo era miedo y desconcierto"

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Con casi un año por medio, rememora para FARO lo ocurrido meses después de aquel testimonio. “Mucho me cambió la vida desde aquellas impresiones, tanto en lo profesional como en lo laboral”, apunta. “Recuerdo como si fuese hoy, sentada en la habitación de mi piso alquilado en Belfast, ver con preocupación como España entraba en una especie de ‘estado marcial’, donde la gente no podía salir y todo era miedo y desconcierto. Pero yo, con el mismo miedo, podía salir y estirar las piernas, dar una vuelta y tomar un café del Spar Titanic”.

Su percepción sobre la gestión de la pandemia, señala, “fue y sigue siendo de improvisación, exceso de confianza y falta de medios” en todos los países europeos, pero incide especialmente en la reticencia del gobierno de Boris Johnson a imponer restricciones a los ciudadanos. “Siempre fueron recomendaciones pero nunca prohibiciones estrictas. El proteccionismo inicial con las empresas y los negocios fue el gran error de Reino Unido, del que siguen sin recuperarse del todo”, sostiene Alejandra.

"El proteccionismo inicial con las empresas y los negocios fue el gran error de Reino Unido, del que siguen sin recuperarse del todo”

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Regreso a casa

No obstante, pone en valor el “proteccionismo total” de su empresa hacia el capital humano, que le permitió cambiar de departamento y trabajar en el Ingeniería e Inteligencia Artificial en la nube, “en un proyecto deslocalizado con trabajadores por toda Europa y colaborando con otros equipos del mundo”. La sede principal sigue en Galway pero Alejandra pudo pedir el traslado a la filial española y regresar a casa. “Todo ocurrió en agosto y aunque en abril ya había decidido mudarme la transferencia se hizo con menos preparación de la que me gustaría”. Fue una salida “atropellada y silenciosa” en la que no pudo despedirse de todos y ahora la morriña es un poco a la inversa. Piensa volver para cerrar como se merece su historia con “el país que me dio todas las primeras oportunidades, salario y crecimiento profesional, que España no me dio”.

Desde entonces teletrabaja desde Ourense, a la espera de que reabran las oficinas en Madrid para instalarse allí “y continuar con mi vida, la que quiera que sea después de toda esta locura”.

Eva Prieto con un alumno de su escuela, en octubre. | // FDV

Eva Prieto Arbor, de Manzos (Maside) trabaja desde 2013 como profesora de Educación Especial en Londres. En mayo relataba, alarmada, como la ausencia de prohibiciones y control sobre las salidas al aire libre provocaban aglomeraciones en las calles y parques de la ciudad. La escuela, explicaba, se mantuvo abierta tres días a la semana “para un pequeño grupo de estudiantes cuyos padres trabajaban en hospitales, supermercados o farmacias”. Había material de protección en los centros pero, advertía, “la mayoría de mis colegas no usa máscaras ni guantes, ni respetan los dos metros de distancia”. Sus quejas, apuntaba, cayeron en saco roto porque el uso de protecciones “era voluntario”.

“La mayoría de mis colegas no usa máscaras ni guantes, ni respetan los dos metros de distancia”

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En verano, recuerda ahora, regresó a Ourense con muchas ganas de ver a su familia pero con muchos nervios. “La primera semana me aislé en casa de mis padres, mantuve distancia con ellos y comimos siempre en la terraza. No les di un beso en todo ese tiempo pero un día no pude resistirme y me puse la mascarilla para abrazar a mi madre”. Durante esas vacaciones hizo todo lo que había echado de menos en Londres y se cargó de experiencias para retrasar la morriña en su regreso al Reino Unido.

En los cierres que ha pasado hasta la fecha ha trabajado de manera diferente, por turnos, todos los días con aulas burbuja o en formato virtual. Desde septiembre, explica, el uso de mascarilla o pantalla se hizo obligatorio, así como las medidas de lavado de manos y desinfección. “A nivel de la didáctica educativa, llamamos cada semana a los padres, enviamos por correo las actividades y sobretodo en el tercer cierre hicimos muchas actividades virtuales”.

"No les di un beso a mis padres, pero un día no pude resistirme y me puse la mascarilla para abrazar a mi madre”

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Con la preocupación permanente por lo que ocurría en España, y especialmente en su casa, Eva se contagió de COVID-19 en diciembre. “Estuve 10 días en la cama y tuve mucho miedo. Se lo oculté a mis padres hasta que me dieron el alta”.

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