Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

La línea invisible que vuelve a separar

Vecinos de Padrenda y Melgaço concentrados en el paso fronterizo. |   // BRAIS LORENZO

Vecinos de Padrenda y Melgaço concentrados en el paso fronterizo. | // BRAIS LORENZO

“Justo ahí enfrente, pasando esa curva, la primera casa. ¿Qué serán, 50 metros? Ahí tengo a mis padres, de 90 y 91 años, y no los puedo visitar porque no puedo pasar”. Augusta Malheiro habla desde el paso fronterizo de Ponte Barxas, Padrenda, en la parte ourensana.

Al otro lado de los bloques de hormigón y plástico y las vallas metálicas con los que Portugal prohíbe el tránsito desde el pasado 31 de enero está la aldea lusa de Sao Gregorio (Melgaço), a donde Augusta debe acudir cada día para hacerse cargo de sus mayores: “Yo soy quien les da de comer, quien los viste, quien les va a buscar medicamentos a la farmacia, quien los lleva al médico...”.

El cierre de las fronteras con España decretado por Portugal y prorrogado hasta el 1 de marzo ha levantado un muro en la ‘raia’ incomprensible para centenares de vecinos de ambos países que han convivido ajenos a esa línea invisible que distingue nacionalidades pero que no ha impedido estrechar lazos y fortalecer raíces entre ambos lados.

Vecinos de Ponte Barxas en el lado ourensano, y de San Gregorio, al otro lado de las vallas. Brais Lorenzo

Ponte Barxas y San Gregorio

Ponte Barxas y Sao Gregorio son un ejemplo de esta realidad que se reproduce a lo largo de toda la parte sur de la provincia ourensana. Históricamente sus vecinos comparten familias, negocios y rutinas, indiferentes a esa linde. Ahora, la distancia que antes se recorría cruzando a pie la pasarela sobre el río Troncoso o en coche cruzando el paso fronterizo de la OU-801, es legalmente imposible.

A Augusta, como a muchos otros, no le queda más remedio que “arriesgar”, como ya se hizo en los tiempos grises del contrabando. “Paso por el río, me arriesgo mucho, pero tengo que pasar por ahí porque si no tendría que dar un rodeo por Arbo (Pontevedra)”, dice. La pasarela estaba abierta pero ahora han colocado una valla del lado portugués y esto complica todavía más el acceso, sobre todo para una persona mayor como ella, que cada día cocina en su casa en la parte ourensana para llevar el plato caliente a sus padres en la aldea lusa.

Sa Gregrorio y Ponte Barxas, separados temporalmente por bloques de plástico y hormigón y vallas metálicas. | // BRAIS LORENZO

El cierre de las fronteras mantiene un único paso abierto sin limitación horaria en Feces de Abaixo, entre Verín y Chaves. Esta misma semana, se autorizó el tránsito de vehículos por motivos laborales en el paso de Sendim, entre Baltar y Montalegre, y también entre Arbo y Melgaço, pero únicamente de 7.00 a 10.00 horas por la mañana, y de 18.00 y 21.00 por la tarde. Una opción de mínimos que reclaman también para Ponte Barxas, con el apoyo de los concellos de Padrenda, Pontedeva y Cortegada, presentes ayer en la concentración vecinal que reivindicó la apertura del paso fronterizo.

Una protesta separada por las vallas

Desde las 10.00 horas, y pese a las intensas lluvias, vecinos de uno y otro lado se situaron en sus respectivos territorios, separados por la línea, para reclamar que se autorice el tránsito por motivos laborales y otras causas justificadas, como la de Augusta, que la próxima semana tiene que llevar a su madre a vacunarse a Melgaço y tendría que ir hasta Arbo, a media hora en coche, para llevarla al centro sanitario, que está a solo cinco minutos de su casa. Y lo mismo para volver.

“Los pasos como el de Arbo cierran los fines de semana pero yo también tengo que ir sábados y domingos a cuidar a mis padres porque están a mi cargo”, reclama esta vecina. “No tiene sentido ninguno”, concluye.

Vecinos de Padrenda participantes en la concentración para reclamar la apertura del paso de Ponte Barxas. Brais Lorenzo

Vivir en Portugal y trabajar en España

María Álvarez es natural de Padrenda y, como otras muchas parejas de la ‘raia’, se casó con un vecino del otro lado. Ella tiene una peluquería en la parte ourensana y su marido una empresa en Melgaço, donde han fijado su residencia. El negocio de María está a diez minutos en coche desde su casa, pero si va por Arbo le lleva media hora. Y eso ahora que han abierto este paso, porque antes tenía que ir por Salvaterra do Miño, que ya supone casi hora y media de camino, y exponerse, a la vuelta, a horas de atasco en el puente.

"No somos delincuentes ni criminales, solo queremos que nos dejen trabajar en paz"

decoration

El sobrecoste en combustible, los kilómetros extra de trayecto y la reorganización de horarios para cuadrar las aperturas programadas en estos pasos, ha generado a los afectados un estrés y una preocupación completamente innecesarios, dicen. “No somos delincuentes ni criminales, solo queremos que nos dejen trabajar en paz”, apunta la peluquera.

"Como contrabandistas"

El cierre provoca que muchos trabajadores lleguen en coche hasta la frontera y después crucen caminando por el río. “Pero siempre con el corazón en un puño, como si fuésemos contrabandistas o estuviésemos cruzando Gibraltar en una patera”, denuncian.

María Álvarez entiende que “estamos en una época muy mala y que hay un virus”, apunta, “pero que controlen, que pongan patrullas de la GNR o de la Guardia Civil y que se turnen si hace falta, igual que hacen en otros pasos fronterizos. ¿Por qué aquí no? Nosotros pedimos igualdad con respecto al resto de localidades porque también necesitamos trabajar. Nos están arruinando a los trabajadores y poniéndonos enfermos de los nervios”, se queja. Desde que se aplican restricciones y hay cierres perimetrales, afirma, ha perdido al 40% de su clientela.

Compartir el artículo

stats