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La historia de Juan Larrea: de encontrar el lugar de “Muerte de un miliciano” a ser ganadero en Calvos de Randín

La icónica fotografía de Robert Capa, “Muerte de un miliciano”, en el lugar en el que se hizo. | // A.J. G.

La historia de Juan Obrero Larrea es la realidad inherente del periodismo. Un servicio público en crisis permanente, que obliga a explorar otras formas de vida cuando el negocio de la comunicación no da más de sí. El fotoperiodista, oriundo de Pedro de Abad, cambió su ciudad y su pasión, Córdoba y la fotografía, por ser ganadero porcino en Calvos de Randín. “Ni me lo imaginaba”, confiesa con los ojos abiertos como platos.

-- “Hola, si sabéis de algún trabajo por algún lado, me da igual donde, avisadme que estaría interesado”.

"No me imaginaba cambiar la fotografía, por una granja de cerdos"

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Este fue el mensaje que envío a una serie de contactos de su agenda para intentar encontrar un método de vida alternativo a más de 25 años de experiencia en el fotoperiodismo. El perabeño, como llaman a los de su pueblo, se aclimata al gallego, mientras dice que “trabajé para Diario Córdoba durante muchos años, pero siempre como autónomo. Y, siempre estábamos ahí ahí a ver si nos hacían fijo, pero no sucedió. Después trabajé para varios medios deportivos, como Marca, As o Mundo Deportivo y ahora estoy aquí en Calvos de Randín”.

Juan Obrero Larrea en el concello de Calvos de Randín donde llegó hace cinco meses. //FERNANDO CASANOVA

La necesidad apremia a organizar la maleta y subirse a un coche para pisar una nueva oportunidad. Juan explica que “tenía un amigo en Calvos de Randín al que le mandé el mensaje y me contestó que quizás tenía suerte en un puesto de trabajo vacante que había aquí, así que eché el currículum”. Gesticulando con la mano señalándose al pecho, admite que “nunca pensé que cambiaría la cámara de fotos, por ser ganadero en una granja de cerdos”.

Su familia entendió que en una coyuntura de necesidad, era un a puerta que había que sondear. Partió de Córdoba y llegó a Calvos de Randín donde un amigo le dio cobijo y pasó a formar parte de su seno. “Mi amigo de Calvos de Randín se portó genial conmigo y me dieron todo, me trataron como uno más de la familia y eso es algo que tendré que agradecer toda la vida. Son cosas que no se olvidan”.

"No sé qué es más difícil si entender el gallego o adaptarse al tiempo de Ourense"

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En frente del Consistorio de Calvos de Randín hay dos bares que permanecen cerrados, mientras los coches pasan a cuentagotas. Juan enseña los pases de prensa de varias agencias de fotografías y saca la tarjeta sanitaria gallega. “Claro, claro, cuando vine para aquí definitivamente, me empadroné aquí y me saqué la tarjeta sanitaria por si tenía algún percance y necesitaba acudir al médico”, explica. Llovizna un poco y sale sin paraguas con la esperanza de que el sol abra el día. Con una sonrisa dice “no sé que es más difícil, hablar gallego o adaptarse a este tiempo”.

La primera vez que vino fue en balde. El puesto no fue suyo. Tuvo que volverse a Córdoba y dos semanas después subió a Galicia tras una llamada de una granja porcina. Nunca se imaginó que ese sería su destino, pero la bucólica rutina de Calvos de Randín hace que se integre en la vida de un rural gallego que es objetivo de su cámara.

"Está siendo una experiencia atípica pero agradable"

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Juan arguye que “durante un mes tuve que hacer una formación en Martiñá (San Cristovo de Cea) y después ya me vine para Calvos de Randín donde trabajo en una granja porcina con otro compañero. La empresa me facilitó de todo también y la verdad está siendo una experiencia atípica, pero agrabable”.

"Muerte de un miliciano" en el lugar donde fue hecha por Robert Capa. //FdV

Su relación con Robert Capa

“Muerte de un miliciano” cumplirá el próximo septiembre 85 años. La fotografía más importante del S.XX y el primer documento gráfico de la guerra tiene una especial vinculación con Juan Obrero Larrea. El cordobés narra que “el historiador Fernando Penco se aficionó a esa fotografía y lo que ello significa, entonces me pidió ayuda para poder localizar el lugar exacto donde se realizó, ya que pensaba que no era en Cerro Muriano como había descrito Richard Whelan, el biógrafo de Capa”.

Fue una carrera de fondo, donde al historiador y al fotógrafo le pusieron piedras. Un profesor de la Universidad del País Vasco, un militar retirado, un periodista de Cataluña y responsables del International Center of Photography de Nueva York (ICP) estaban detrás de la ubicación. Todos querían adjudicarse el importante hallazgo e impedir el descubrimiento del historiador local.

"Encontramos el lugar donde todo coincidía, el entorno, la geografía, todo"

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El fotoperiodista cordobés recuerda que “de aquellas yo trabaja en Diario Córdoba y conocía muy bien la zona, después de muchas investigaciones y análisis encontramos en Espejo, un pueblo cordobés, en 2009 la zona donde Robert Capa hizo la que es considerada la madre del fotoperiodismo. Más concretamente, es en una colina donde todo coincidía, el entorno, la geografía, todo”.

La intrahistoria de la lucha por el hallazgo está escrito en un libro que Fernando Penco escribió, que se llama “La foto de Capa”, donde cuenta los entresijos de la investigación, la satisfacción por el descubrimiento y también las manos que intentaron impedir que ambos se llevarán el mérito. Juan permanece en Calvos de Randín, pero después de años, recuerda todo al dedillo. “Fernando tuvo que registrar la investigación y el hallazgo para que no se apropiasen otros de él, de hecho hay un informe en el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual de Andalucía que atestigua que así es, para que no haya ningún ápice de duda”.

"Fernando Penco tuvo que registrar el hallazgo en el Registro de la Propiedad Intelectual en Andalucía"

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El expediente es el CO-169-09 donde el nombre de Juan Obrero Larrea figura con el del arqueólogo e historiador Fernando Penco. La madre del fotoperiodismo, la imagen más icónica de la Guerra Civil Española y toda la trastienda de la foto del húngaro tienen una vinculación especial con un fotoperiodista perabeño que ahora, por circunstancias del destino, aterrizó en Calvos de Randín hace cinco meses con otro objetivo, pero el de su cámara siempre le acompaña.

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