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En pandemia no se vive de recuerdos: “Ahora, lo normal es que no entre nadie”

Las Acacias y Oreto Xiro, dos tiendas de ‘souvenirs’, cifran las pérdidas en un 90% | En la primera entra una decena de clientes, en la segunda se acostumbran a días solitarios

Oreta Xiro lleva desde 1976 surtiendo de ‘souvenirs’ a turistas y oriundos locales. |   // F. CASANOVA

Oreta Xiro lleva desde 1976 surtiendo de ‘souvenirs’ a turistas y oriundos locales. | // F. CASANOVA

José Ramón Blanco, en la tienda Las Novedades Las Acacias, en el Casco Viejo. | // FERNANDO CASANOVA

Los datos del turismo en la provincia de Ourense son los peores en años y con ellos hay sectores perjudicados que suspiran porque acabe la pandemia cuanto antes. ¿Para qué? Para recuperar la normalidad de la que antes se huía o se programaban actividades para romper la rutina. Los viajes o el turismo servía para evadirte y de todos ellos, los recuerdos son parte de la agenda del viaje. Siempre se guarda un día para compras o llevar algún detalle a la familia o amigos.

En Ourense, durante la pandemia no se vive de recuerdos. Es lo que más destacan dos propietarios de dos tiendas de souvenirs en pleno centro de la ciudad. Dos calles, dos miradas y un mismo escenario. José Ramón Blanco lleva regentando Novedades Las Acacias desde hace 20 años y no recuerda la situación actual desde que tiene recuerdo. Advierte que “esto es el desierto no hay nadie, hay algún turista perdido cuando suelen abrir el cierre perimetral, pero nada más”. Al preguntar por el último recuerdo que vendió dice que “pues no me acuerdo, hace bastante. Ahora solemos vender periódicos o revistas, pero claro con la hostelería cerrada totalmente, por aquí no pasa nadie y eso repercute fuertemente. El cierre de la hostelería nos afecta mucho. La cosa está fea”.

José Ramón señala que “hay que ser positivos y pensar que vamos a salir de esta, así que estamos tratando de subsistir porque si no caemos seguro”.

Desde 1976

Carlos Guerra es el propietario de Oreta Xiro, una tienda situada debajo de Alameda, en As Burgas. Lleva desde 1976 con una tienda de souvenirs y artesanía autóctona, pero ahora adaptó el horario a las nuevas restricciones. La claridad sale en las primeras palabras. El hartazgo por la situación hace mella. El gerente señala que “fatal, esto está fatal, no hay clientes, lo que vendemos, que es poco, es para personas de la ciudad, está todo bastante parado. Ahora lo normal es que no entre nadie, cuando antes era lo anormal”.

Hace una radiografía del escenario actual, aludiendo que “nosotros estamos peor que la hostelería, porque por lo menos ellos venden algo, pero es que nosotros no vendemos nada. Y como nosotros están muchos sectores como las agencias de viajes y otros sectores dependientes del turismo. Es algo que estamos en el limbo, es algo difícil de explicar, porque nuestras pérdidas se pueden cifrar en un 90 o 95% en comparación con lo que veníamos haciendo”. Y añade que “y eso que nosotros estamos en As Burgas, pero claro con la piscina termal cerrada, la Plaza en la Alameda y sin turistas, es la peor situación para nosotros. A veces, cuando hay feria hay algo de movimiento, pero muy poco porque a los feriantes también les afecta. Esto está muy mal”.

Intenta sobrevivir a la situación poniendo la mejor de las caras ante la peor de las crisis económicas, sociales y sanitarias que se recuerda. Su situación es delicada y dependiente de un turismo que hace casi un año que se redujo considerablemente. En verano poco y en Navidades muy poco. Solo piden que se acabe pronto esta nueva normalidad, preferían las cámaras, vender imanes y recuerdos y atender a los turistas perdidos

Adaptación al horario nuevo con resignación y paciencia

Las restricciones imponen el horario de cierre a las 18.00 horas para los comercios no esenciales. Para José Ramón Blanco, de Las Acacias, “es insignificante abrir por la tarde porque no hay nadie después del mediodía y sobre todo ahora con las nuevas medidas que creo que son demasiado exigentes con la hostelería cuando ellos no tienen la culpa de lo que está pasando”. Carlos Guerra, desde Oreto Xiro, se adapta al horario para “estar preparado y acabar cosas pendientes que quedan el cajón por hacer, por no estar quietos”. Los dos muestran paciencia como señal de identidad, pero en sus palabras demuestran la resignación de un virus que cerró las puertas de embarque, anuló vuelos y hace que caduquen los pasaportes después de un año de confinamiento en confinamiento.

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