Rita de Lago, dio positivo en marzo, en el primer cribado que se hizo en una residencia de mayores de la provincia, la San Carlos de Celanova, tras el fallecimiento de una usuaria, una mujer de 93 años, primera víctima mortal de la pandemia en Ourense.

La PCR negativa tardó tres meses en llegar. Para entonces, finales de junio, todas sus compañeras se habían ido incorporando al trabajo, pero ella, que había presentado una sintomatología leve con dolores de cabeza, fiebre y algún problema respiratorio, no lograba remontar. Cuando parecía que mejoraba, llegaba la recaída. Le diagnosticaron COVID de larga duración y ha tenido que aprender a vivir con los síntomas que, en casos como el suyo, se desarrollan después de haber pasado la infección. Ella sufre dolor muscular persistente, disnea y falta de concentración, además del cansancio y las secuelas psíquicas que una situación como esta conllevan.

Con algunos días buenos pero muchos malos pasó Rita el verano y fue testigo de una segunda ola peor aun que la primera, vio como el país entero se lanzaba a “salvar la Navidad” y ahora contempla atónita como la pandemia avanza descontrolada. “No acabo de entender el comportamiento tanto de la gente como de las instituciones ¿la economía prima sobre las vidas?”, se pregunta.

Está cansada porque pasa el tiempo y ella solo percibe que todo va a peor. “Eso que se dice de no ver la luz al final de túnel”. Es lo que siente. Quiere recuperar su vida de antes. Cuando iba a clases de pandereta, hacía pilates y trabajaba en la residencia San Carlos. Sus compañeras la llaman a menudo para ver como está y ha podido hablar también con algún usuario que quiere darle ánimos.

Reconoce que esta última temporada, sobre todo viendo como la situación se agrava y se alcanzan cifras históricas de contagios, está “mas desmoralizada, con los ánimos por los suelos”, pero trata de ser optimista. A nivel físico, estos días son buenos porque se ha reducido la contractura, aunque matiza que los días buenos son los que antes de la pandemia serían malos. El dolor muscular está siempre, y después el cansancio, la disnea, la febrícula... “Hay días que me siento bien pero otros en los que el dolor se multiplica y no puedo hacer nada”. Aunque nunca sabe en qué momento puede producirse una recaída, ha aprendido a conocer los signos. “A veces estoy haciendo algo, la comida o lo que sea y noto que me tengo que sentar. Puede durar dos horas o dos días, eso ya no lo sé. Al final te tienes que acostumbrar a convivir con esto que te toca porque es lo que hay, pero siempre con la esperanza de que va a mejorar aunque muchas veces solo se queda en una ilusión”, dice.

La sintomatología del COVID persistente apareció después del virus y le ha cambiado la vida. Ha tenido que optar por una actividad relajada, casi nula, porque cualquier esfuerzo supone un paso atrás. Y con esfuerzo se refiere a cualquier carga incluso inferior a 4 kilos. “A veces hasta me siento mal por decir que estoy mal”, lamenta.

Por eso siente indignación cuando ve los números de esta tercera ola y reprocha la irresponsabilidad de la gente que no cumple las medidas básicas, pero también a las instituciones que han permitido celebrar la Navidad: “No me sorprende lo que está pasando, han lanzado campañas para salvar la economía pero después apelan a la responsabilidad individual, es contradictorio. Lo único que está demostrado que funciona es movernos lo menos posible y que no nos juntemos. Es duro, pero es lo que hay que hacer”.