Eladio Montoto (Fuentefría, Amoeiro, 76 años) carga dos de las voluminosas remolachas que brotan de su huerto de A Lama, en la parroquia ourensana de Palmés. Son parte de la alimentación natural, muy vegetariana, que ha conseguido engordar a sus dos cerdos de ceba, que exhiben unas carnes lustrosas. Abre la puerta de la cuadra y salen a empellones, rastreando con el hocico el paradero de un puñado de pienso, "un dulce que les doy en ocasiones especiales", dice el propietario, y los puercos se entregan. No tienen nombre pero sí el aprecio de su cuidador, en esa relación de amor-odio que recuerda a la historia de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, a aquel monólogo permanente del hombre ante la pesca: “Pez, yo te quiero y te respeto muchísimo, pero acabaré con tu vida”.

"A mí sí me da pena matarlos. Hablo con ellos como ahora contigo". Eladio, que fue bombero en la ciudad de Ourense durante 35 años, aún no ha programado la fecha exacta, pero en diciembre, con seguridad, a sus cerdos les llegará la hora. La matanza es una tradición muy arraigada en la Galicia rural –la despensa de todo el conjunto– que la pandemia del Covid-19 no erradica, pero sí disuade o trastoca, limitando las reuniones o prohibiendo las de no convivientes –depende de lo que rija en cada municipio o comarca– y exigiendo las mismas medidas de precaución –higiene, distancias, mascarilla, ventilación y no intercambiar útiles– que en otras actividades.

La Dirección Xeral de Saúde Pública de la Xunta ha aprobado un protocolo teniendo en cuenta que "tal y como se constata en el estudio de los brotes producidos en Galicia, el ámbito en el que se originan es predominantemente familiar y social". Es el ambiente de las matanzas, una tradición sociocultural, en la que parientes y amigos comparten tareas trabajosas durante varias jornadas, pero también bebida y comida, y confraternización.

Las generosas remolachas de Eladio que comen sus cerdos. IÑAKI OSORIO

"La fiesta tendrá que ser más reducida", asume Eladio. En su casa se mata para el autoconsumo, y aunque la comida suele sobrar, e incluso echarse a perder, la costumbre pervive. "El cerdo de la casa lo puedes comer con confianza, este no hace daño, porque va alimentado de forma natural, con remolacha, trigo, maíz, cebada, berzas, nabos y calabaza. De todas formas, hay que comer moderadamente, claro. Pero tú dale a ver si llegas a los ochenta, como yo, si es que llego", dice al periodista.

"¿Cómo vas a matar tú?, que eres un niño", le dijo el padre de Eladio cuando tenía 14 años. "¿Te atreves?, me preguntó mi madre. Y yo le dije que sí. Empecé por necesidad, no porque a mí me gustara, porque el que solía matar estaba enfermo y lo necesitábamos para comer. Había cinco o seis hombres echando la mano, metí el cuchillo y murió redondo”, recuerda. Desde hace unos años, solo se permite acabar con el animal con pistola, para evitar su sufrimiento. "No sé si lo mata del todo, pero como mínimo queda inconsciente. Hay que agarrarlo igual, para que no caiga y se mace. La sangre hay que quitársela también, del todo, con el cuchillo. Si no, la carne se estropea y no sirve", dice el hombre. Excepto un par de años, siempre ha repetido la tradición cada diciembre, con dos ejemplares por invierno. Los de este extraño 2020 llegaron en mayo. Tras la ceba y el acto de la muerte, toca chamuscar, despedazar y vaciar, poner los productos en salazón y aprovechar el intestino, una vez lavado, para embutir chorizos.

"Siempre somos los mismos, los de la casa. Mi familia son mi mujer, mi hijo, mi nieto y la nuera, y son los que suelen trabajar en el tema. Nos tendremos que arreglar como podamos los de casa", asume. ¿Seguirá la tradición? "Tengo que dejarlo", baraja, pero en el año del coronavirus no será.