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Parejas jóvenes con hijos copan la compra de casas en el rural: lo más “in”, el huerto ecológico

Las ventas se dispararon de nuevo en septiembre, y un tercio de las transacciones fueron en municipios del perímetro de la ciudad. Lo más demandado es el chalet con parcela y un precio medio de 200.000 euros

Alberto, Lola, Sofía y Salomé ante su nueva casa en Loñoá.

Alberto, Lola, Sofía y Salomé ante su nueva casa en Loñoá. Iñaki Osorio

“Eu quero uma casa no campo do tamaño ideal”, cantaba Elis Regina en los años 60, “para eu plantar e colher com a mau a pimenta e o sal” . Mal sabía la añorada musa brasileira que el título de su canción fue profecía y la pandemia ha marcado una inusitada querencia de los urbanitas por el regreso al campo. Y además ahora con huerto propio.

En Ourense parejas de 35 a 45 años, muchos de ellos empleados públicos de administraciones o profesionales liberales y con hijos menores, copan las compras de un mercado al alza, el de viviendas unifamiliares nuevas o para restaurar en el rural.

Las ventas han vuelto a dispararse en esta segunda ola de la pandemia de Covid, y una de cada tres transacciones de propiedades realizadas en septiembre fueron para comprar una casa en algún concello próximo a Ourense. La pandemia ha cambiado los hábitos y pese a que al inicio de la crisis sanitaria había un parque de 1.500 viviendas a la venta en el rural de la provincia, en algunos municipios próximos a a la capital ya empieza a escasear la oferta.

El modelo de vivienda que más reclama el comprador es el de “una casa con 1.000 metros cuadrados de finca, una antigüedad de 10 a 15 años y un precio medio de 200.000 euros”, explica Benito iglesias, presidente de Fegein, Federación de Empresas Inmobiliarias de Galicia.

Según Felipe Rodríguez, constructor e inmobiliario en Barbadás. “el comprador de una casa para restaurar o de nueva construcción apuesta normalmente por un municipio que no esté a más de 20 kilómetros de la ciudad, y muchos de los que empiezan restaurando para ir los fines de semana acaban residiendo allí, al comprobar la calidad de vida en un pueblo”, explica.

“La pandemia trajo cambio de modelos, pues las agencias inmobiliarias y los clientes aprovechan más las herramientas digitales. Desde que se decretó el estado de alarma ha habido más consultas por web o whatsap y se implantaron de videollamadas para que los clientes pudieran conocer una vivienda o local de forma remota, así como servicios y tecnologías como los planos 3D”, indica Benito Iglesias

Algunos ya llevan tiempo preparando su traslado a una casa en el rural, como Arturo y Miriam. “Tenemos unas hija de siete meses y compramos una casa casi rematada en el A Cal, en A Valenzá. Esperamos irnos en breve. Si siempre lo tuvimos claro, tras la pandemia todavía más”, asegura Arturo.

La familia, en su casa en el núcleo rural de Loñoa. Iñaki Osorio

“Venir a vivir a un pueblo ha sido volver a recuperar la infancia”

Alberto y Salomé

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“Esta es la casa de mi vida”, dijo Salomé después de visitar una preciosa vivienda unifamiliar, ya restaurada en Vilar (Loñoá, Pereiro de Aguiar), en la que ahora esta profesora de Audición y Lenguaje del colegio de Mende y su marido, Alberto Pato, también profesor y aparejador, y sus dos hijas a Sofía y Lola de 10 y 7 años, empezaron a vivir este mismo verano.

Todo empezó durante la pandemia, con visitas a páginas inmobiliarias “on line”, para tratar de dar ese cambio de vida desde su piso en la ciudad al campo. Y esta vivienda acabó siendo su Itaca. El 30 de junio firmaban los papeles y en “julio ya vivíamos allí. Fue un verano irrepetible”.

La pandemia influyó en la búsqueda de otro modo de vida y “desde que llegamos todo han sido sorpresas agradables”, afirma Alberto.

Ellos han cumplido el sueño de integración que muchos anhelan. “Nos acogieron desde el primer día como a una familia. Les ayudamos a recoger patatas, algún apoyo escolar con los niños: nos dan tomates nos invitan a tomar café y nuestras hijas tienen allí una pandilla de ocho niños, y vivieron un verano en libertad” explican. Alberto y Salomé tienen raíces en el rural de Ourense y A Coruña. “Venir a vivir a un pueblo y ver los lagartos, las luciérnagas y la naturaleza fue recuperar la infancia”, se emociona Alberto. Y todo a solo diez kilómetros de sus puestos de trabajo.

Felipe Rodríguez ante una casa restaurada por él en Sobrado do Bispo. Iñaki Osorio

“Hay mucha demanda tanto para rehabilitar como para construir”

Felipe Rodríguez - Empresario de construcción e inmobiliarias

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Felipe Rodríguez lleva 25 años al frente de la empresa de construcción y la una inmobiliaria Coarvi con sede en Barbadás y reconoce que “la demanda está siendo muy alta para rehabilitar, que es una de nuestras especialidades. La gente ya no pide mausoleos, sino casas bonitas de planta baja y con una estética moderna y muy cuidada”, explica el profesional que vive también en una casa en Sobrado do Bispo, en Barbadás.

Confirma que esas familias que están haciendo posible que las pequeñas y medianas empresas constructoras tengan un balón de oxígeno en medio de la crisis, “son parejas de entre los 35 y los 45 años, con hijos con edades entre 5 y 15 años básicamente, y piden esa casa de estética cuidada o restaurada, una pequeña piscina y lo que está siendo de obligado cumplimiento es el huerto”, indica, “para aprender a plantar sus propios productos hortícolas”.

Reconoce que aunque “intentamos hacer patria para que la gente se venga a Barbadás, este concello tuvo tanta demanda que ya hay poca oferta en estos momentos, y la que existe ha subido de precio, pero trabajamos en todos los municipios próximos” . Señala que la calidad de vida de un pueblo no tiene comparación. “Yo doy fe de ello pues hace décadas que vivo en el rural. Es normal que tras la reforma la gente se quede”, concluye.

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