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Tres (y dos) semanas de confinamiento

Ourense-Barbadás y la comarca de O Carballiño cumplen 21 y 14 días con un cierre perimetral que modera los casos activos y la incidencia, que todavía se resiste al control

Un operario de limpieza desinfecta el espolón de la Plaza Mayor de Ourense.   | // BRAIS LORENZO

Un operario de limpieza desinfecta el espolón de la Plaza Mayor de Ourense. | // BRAIS LORENZO

La “bomba vírica” estalló en la capital, Ourense se quedo solitaria. El concepto utilizado por los expertos se propagó tanto como la incidencia acumulada en el barrio de O Couto que superaba los 520 casos por 100.000 habitantes o los más de 450 en la zona centro con el barrio con O Couto. Ni la prohibición de reuniones de no convivientes en el Concello frenaron a unos inconscientes que se reunieron en Barbadás, que todavía no sabía la que le iba a caer. A Allariz tampoco.

Días después Sanidade cerraba perimetralmente Ourense y Barbadás que registraban 536 casos activos y 54, respectivamente. Ahora también ha cerrado las siete grandes ciudades gallegas. El regidor ourensano, Pérez Jácome, apeló a la “responsabilidad” y relajó las protestas de los hosteleros con rebajas en impuestos para tratar de frenar una pandemia que se cebaba con la capital. Al contrario, el regidor del municipio de Barbadás, Xosé Carlos Valcárcel, no entendían las medidas dado los casos y la situación epidemiológica.

21 días después de imponer una medida excepcional en Galicia y viendo a Madrid como el rival con el que competir, la capital reduce de forma drástica la incidencia y los casos activos que tiene. Pasó de superar los 536 del inicio del confinamiento, a su máximo con 572, para ahora mismo tener 368 casos. Unas altas que llegan para aliviar la carga vírica en la ciudad que lejos de ser una liberación de las medidas, denota una moderación de la pandemia que no llega al control. El regidor ourensano soñaba con que el confinamiento llegara a su fin, pero, previsiblemente, la medida se mantendrá. ¿Hasta cuándo? Todo hace sospechar que será hasta mediados de noviembre para evitar que familiares se desplacen durante este puente a los cementerios y también en previsión de la posible celebración de magostos en la geografía ourensana. Un San Martiño que no llegará a su hora.

La curva se reduce, los contagios nuevos cesan, pero la hospitalización creció durante el cierre perimetral y ya se alcanzó el pico de críticos en esta segunda ola. Unas por otras. Los que salen por los que entran. La moderación de la propagación no debe satisfacer, el virus está ahí y sigue matando, se tiene que buscar los índices ideales que establece la OMS. Eso sí sería para celebrar.

Barbadás tiene 121 casos, de los cuales solo 45 son del “gente del común” como define el regidor del municipio, los demás son positivos de residentes del geriátrico Os Miragres. El cierre perimetral también modera los casos detectados en el concello vecino, pero un brote en un geriátrico rompe y dispara todo lo cosechado en 20 días.

O Carballiño mejor, pero no lo suficiente. 14 días después de implantar el cierre de la villa carballinesa con Boborás y O Irixo, los regidores ven aliviados una tendencia a la baja, pero para ello fue necesario que la Xunta cerrase el ocio en una villa acostumbrada a la terraza, el café y las partidas. Boborás dejó una incidencia récord en la provincia con 1.453 casos por 100.000 habitantes y ahora ve como los casos activos se reducen. La misma visión tiene O Irixo y O Carballiño que alcanzó el pico durante el confinamiento perimetral con 188 casos activos y ahora cuenta 141. Menos casos, menos propagación. Pero, ¿a costa de qué? El sector del ocio tiene la persiana bajada, muchos piensan en el bien común, pero miran la libreta de activo y pasivo con incertidumbre ante una situación que ya forma parte del café casero de la mañana.

El confinamiento es efectivo y las restricciones impuestas también, pero la pandemia sigue con su caudal de casos detectados diarios que no baja de los 50 y Ourense mira a sus segundas fiestas por excelencia desde casa y desde el sofá, comiendo castañas con la única certeza de llegar a Navidad con una situación mejor que la que se está viviendo.

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