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Faro de Vigo

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Ourense: la memoria milenaria (II)

Ciudad de Ourense. // Iñaki Osorio

Subíamos el último 'Día das letras galegas' Peña Redonda arriba, al encuentro de un mirador: nos cruzamos con una calle desconocida, la del escritor y profesor Carballo Calero, en bajada resuelta, lejos del centro; un golpe de memoria nos detuvo. El nombre del polígrafo era la llave que nos abría nuestra llegada hará ya medio siglo. Ourense, ciudad vieja a las orillas del grande río nos aguardaba. Alguien de la familia había puesto en el equipaje dos regalos, a un lado la 'Historia de Galicia' de don Vicente Risco, al otro, una gramática del gallego, de Ricardo Carballo Calero.

Entramos en la ciudad poco después de la muerte de don Vicente, la generación primera se iba extinguiendo. Nuestro colega José Luis López Cid, segunda generación de la hermandad de 'letraheridos' -así los llama Alonso Montero-, nos llevó de la mano a los libros de sus maestros, a Risco y su El libro de las horas, a los 'artistiñas' Xaime Quessada y su cortejo, a la 'teima' de Antón Tovar y la tertulia que galleaba: las dos generaciones bullían en la misma senda: Ourense se quería la Atenas de Galicia, era una plaza abierta a otras presencias y otras vidas. Un como rumor de fondo se dejaba oír alguna vez; en ocasiones nos palpábamos la ropa húmeda del alma, en una conversación, en un gesto había emergido el turbión trágico, el mal sueño que había convertido a los mayores en enemigos; era la memoria tenebrosa en la que ellos y nosotros, sus hijos, vivimos abrasados. Por una palabra o un gesto silencioso nos dábamos cuenta de que no éramos más que lázaros resucitados. Sumidos en aquellos tiempos oscuros, en un negro silencio, parpadeábamos vivo para volver a vernos en el recuerdo de los juegos, la escuela común, los maestros, las familias eternas que aún vivían y eran convecinas. Volvíamos a la paz antigua en donde éramos amigos, vecinos antiguos, nos reconocíamos hijos de una ciudad que nos hablaba del futuro.

Atrás, atrás, vieja discordia; que la concordia nos una en el camino de las lenguas y las ideas: Quessada, A. Tovar, J. L. López Cid, Manolo Peña Rey, Augusto Valencia, Segundo Alvarado, las discretas amigas de ojos grandes?, el oficiante silencioso, Santiago Lamas? ¡Ah!, por una vez la conciencia escindida de los cristianos viejos parecía adormecida, parecía perdonar los pensamientos encontrados que aún vigilan.

Por el Paseo de Las ninfas quessadiano la primavera acariciaba un nuevo día. Nunca más viva ha sido, más plena de pájaros cantores, arboledas frondosas, flores inocentes, impúdicas, huertos pletóricos de verdor, pasos desiertos y penumbrosos, brazos de parras arborescentes que saludan envueltos en la impregnación gozosa de la vida. Natura es el milagro; el pintor lo había trascendido en un ensueño luminoso -en el apartado recóndito del Museo contemplábamos el momento absoluto de la belleza: un coro de mujeres ensoñadas rodean a la joven del piano, real, como la muchacha vestida en trajecito de época que posa a un lado del teclado; el cuadro está esfumado en la luz nimbar y la presencia de las bellísimas mujeres, absorbida su desnudez en la luz inefable de otro mundo.

Ninguno de los elegidos para la gloria que conocimos buscó otro pago que la escondida senda de la obra bien hecha. Niños, al fin, en busca del mundo ensoñado, se abrazaron a las palabras, la música o las imágenes, penetraron la belleza. La humanidad es un cuento maravilloso en donde el deseo se hace amor, el poder da libertad, la ira pide justicia, el mal cede a la voluntad buena y la belleza triunfa; la derrota de la selva debió empezar cuando alguien se puso a mirar la luna, le preguntó a las estrellas, necesitó un creador y le dio voz: ahí empezó el otro misterio, la humanidad que se hace voz, el presentimiento de la conciencia, el poema, la canción, el rezo, todo en uno. Ahí el verdadero paraíso que, dicen los sabios, es la sal que el pan necesita.

Los elegidos dejaron su obra en nuestras manos, nos entregaron su nombre para que el espacio que los nombra sea alimento de la gloria presentida. Lo emocionante de estos días oscuros es que volvíamos a su compañía y, de la misma manera que ellos nos llevaron de la mano, podemos ahora contarlo. Al cruzar la Alameda nos salió al paso la prestancia de Eduardo Blanco Amor, el recuerdo de sus palabras cuando vivía en As Lagoas:

-Díganles a sus alumnos que mi mejor obra es Xente ao lonxe -éramos los profesores que J.L.López Cid pastoreaba; mirábamos con un ojo la bolsita de yogures del escritor, recién comprados, y con el otro atisbábamos el apartamento modesto en que moraba, de la calle que lo nombra. Nosotros seguíamos 'abrayados' con su A esmorga, la atmósfera alucinada y truculenta que llega de la estética truculenta del folletín; aquel 'pensamiento' del declarante Cibrán -"andábame a rondar o "pensamento", que decote me vén dapouco, cando escomenzo a facer cousas que sei que non tería que facer"- anida en las obras de Sue y Ayguals de Izco (*), en el paroxismo existencial de El Extranjero de A. Camus-, en la sensualidad devoradora que La última cena que Julio López Cid plasmó. Es la atmósfera turbia que Ánxeles Cuña plasmó, con su grupo Sarabela, en la representación de la obra blancoamoriana.

La barriada de cineastas, de Nieves Conde a Chano Piñeiro, debajo de Barrocás, iba a ser nuestra siguiente visita; apenas sabíamos de ellos, de la importancia de Cesáreo González, La famosa Bella Otero que él filmó, del cine de Antonio Román o José Gil; nuestra atención venía de algo más simple: habíamos coincidido con N. Conde en un homenaje a su cine en la ciudad; el director, ya agotado, perdido en las filas traseras de la sala no podía corresponder a los aplausos del final de Surcos. Unos de los últimos días de la vida de Ch. Peñeiro asístía a los conciertos de verano de la villa de Vigo con la ilusión de un muchacho.

Algo curioso ocurrió: en el barrio de A Cuña apareció el nombre de Martín Codax, extraviado sin duda, y daba nombre a una calle. Era ocasión para una sonrisa y un respiro; deberíamos allegarnos al barrio de los trovadores mientras los versos de un juglar ourensano nos hacía compañía; a la calle de Roi Paes de Ribela, ourensano del s. XII, en la Cruz Alta:

Mala ventura mi veña,/ se eu pola de Beleña/ de amores hei mal. /E confóndame San Marcos,/ se pola doncela de Arcos/ de amores hei mal./ Mal mi veña cada día,/ se eu por dona María/ de amores hei mal./ Fernando Escallo me pique,/ se eu pola de Vila Anrique/ de amores hei mal.

Era hora de despedirse de un amigo, José L. López Cid, de él sabíamos de un hecho sorprendente que recordamos en el mirador de su nombre, sobre el cementerio viejo, en lo alto de la ribera del Miño: su obra permanecía sin publicar, al albur; las representaciones populares de sus dramas en los pórticos de Santa Eufemia, los premios, su teatro que la televisión española representaba en las horas de gran audiencia parecían haberse desvanecido? La Diputación Ourensana lo editó unos días antes de su muerte; leímos con asombro, en Los años del potro su tremenda requisitoria al Régimen por el que había luchado; su paso a la resistencia que vivíamos esos días.

Él fue quien organizó el regreso de J. A. Valente a 'su ciudad', al homenaje ciudadano -'la Autoridad no es requerida'-. Estamos en el mirador del Miño de su nombre; recordamos su presencia en los ámbitos de la Comunidad. Pasado un tiempo no muy largo visitábamos su tumba familiar conmocionados por las palabras de No amanece el cantor, cuya intensidad trasciende toda palabra:

"(?) creo que he visto seres que amo aún y que ya nunca volveré a ver o no me reconocerán ellos a mí, pues quién podría ahora reconocer a quién, cuando tú ya no estás y el último verano arrastró hacia lo lejos tus imágenes, muy lejos, y con ellas la sola referencia cierta a lo visible" -al fondo de aquellos días de homenaje en el IES del Posío, el instituto del poeta, la música y la palabra de Manolo de Dios, hoy anclado en Portocarreiro, dispuso el arco de la concordia necesaria.

Cerremos este portal junto a una pequeña estatua a la entrada del Posio; tiene una leyenda sencilla: El doctor Gallego tenía consulta en el barrio; atendía a los más humildes de la ciudad sin pedir cartilla o estipendio; lo recordamos muy bien, fuimos testigos.

(*) La atmósfera del folletín: "despotismo espantoso, basado en las torturas de la humanidad... despotismo horrible, egercido por religiosos verdugos, por frailes asesinos, que se reunian en una caverna, jamás suficientemente execrada, para condenar al inocente, al sábio , al filósofo, á morir en la hoguera ó en el cadalso, víctima de tremebundos martirios..... despotismo, degradante, que, calificaba esta homicida institucion de Santo Oficio..." -María?, W. Ayguals de Izco.

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