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El rey conservó su corona en Covelo y el pueblo eligió larga vida para su entroido

La pequeña aldea de Melón celebró una de las manifestaciones más antiguas y arraigadas del carnaval ourensano

Uno de los intentos de robo de la corona al rey de Covelo, en Melón. // Carlos Peteiro

Uno de los intentos de robo de la corona al rey de Covelo, en Melón. // Carlos Peteiro

En Melón, en plena montaña, sobrevive uno de los entroidos más singulares de la provincia y también uno de los más antiguos y arraigados, el de Covelo. En esta pequeña aldea del municipio de Melón apenas viven hoy 40 vecinos pero llegaron a ser 80 casas habitadas con cuatro o cinco personas en cada una. Salvar un entroido que cuenta siglo y medio de vida de la crisis demográfica es el principal reto de esta localidad, en la que cada martes de carnaval el pueblo decide que viva el entroido por muchos años más.

"Dependerá da xente porque cada vez somos menos". Lo dice Carlos Fidalgo, que desde hace siete años ejerce de rey, el papel protagonista de este entroido en el que prácticamente todo el pueblo participa. Su misión, montado siempre a caballo, es salvar la fiesta y para ello debe conservar su corona durante el recorrido por Covelo, subida al Coto da Raña y regreso a la iglesia. Al monarca le precede un carro tirado por las vacas Pancha y Rubia en el que procesionan Santo Entroido y Santa Entroida, dos elegantes muñecos engalanados con ramas y flores que representan el carnaval.

Detrás va el rey protegido por ocho danzantes que intentan evitar que los cuatro soldados le roben la corona, todo presenciado por el juez, el fiscal, un secretario, y otros personajes peculiares. La tiara la pierde varias veces en el recorrido, pero siempre la recupera. Al llegar al Coto da Raña, la comitiva se detiene y el monarca entona su discurso: "Que queredes? Que viva o entroido ou que morra?". El pueblo clama "Que viva o entroido! Que viva e por moitos anos!". Entonces el rey ordena a los gaiteiros que toquen una pieza y los danzantes bailan alrededor de su caballo.

De regreso se invierten los papeles y son los bailarines los que pugnan por robarle la corona y los soldados los que la defienden. En el pueblo, los vecinos los reciben en las casas con vermut y vino, y en la iglesia los mayordomos proceden a la puja de tocino, chorizos, botellas, roscas y otras viandas. Con la recaudación se paga la fiesta, los gaiteiros y los fuegos.

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