Mi querido Fernando
Juan Sacha Full
Mi querido Fernando, me parecía de justicia dedicarte estas letras antes de despedirme de ti.
Aún recuerdo el día que te pedí que redactases el prólogo para mi novela, ni un minuto lo dudaste; te tomaste el trabajo de leer un borrador de doscientos folios y derrochaste unas gotas de tu sabiduría en ese prólogo que ya, de alguna manera, es historia.
O cuando reflejaste la historia de mi abuelo, el pianista ciego que amenizaba las películas mudas del Cine Odeón, con un tacto y una delicadeza fuera de lo común; conozco a muchos que han enmarcado esa página de FARO DE VIGO y la tienen en sus casas.
Pero mucho más importante que todo eso; fuiste, como decía el poeta, el espejo a lo largo del camino de esta querida aldea con semáforos que es Vigo. Aquellos gloriosos años ochenta y noventa, los años de la revolución social y cultural; los nuevos aires de los dos mil, la crónica social…
Todo aquello que a los vigueses nos importaba, tú nos lo contabas; y nada era poco para ti, todo tenía su importancia. Una simple cena de los exalumnos de Maristas de la promoción del 75 se transformaba bajo el caleidoscopio de tu pluma en un acontecimiento del que todos participábamos, buscando con avidez en la foto aquellos rostros que pudiéramos reconocer.
No fuiste un periodista; fuiste un fiel cronista, un cuentista de los mejores cuentos, una mirada curiosa que nos hacía sentir muchas cosas tan solo con leerte, tan solo con escucharte. Tu valor era infinito por lo que contabas, pero mayor aún por lo que sabías y jamás quisiste contar, porque tal o cual te habían pedido discreción, y tu la respetabas y la defendías a sangre y fuego. Polvo de estrellas era tu palabra, polvo de estrellas era tu silencio. Si tuviera que definir con una palabra lo que hoy siento, sería ternura. Todos los vigueses te conocíamos, y tu nos conocías a todos, y a todos nos regalabas esa ternura, esa amabilidad, ese trazo dulce que nos apasionaba.
Hoy, Fernando, amigo, quiero, necesito agradecerte todo lo que hiciste por mí, y quiero, necesito, que todos los que nos sentimos vigueses sintamos que, a partir de hoy, tendremos un pellizco en el corazón al recordar tu eterna sonrisa, tu sabiduría, tu generosidad y tu comprensión. Te apasionaban las historias, siempre fue así; y a mí, y a tantos vigueses, nos apasionaba tu forma de contarlas. Cuántos de nosotros empezábamos a leer FARO DE VIGO por tu excelsa sección, «Mira Vigo»; eso significaba empezar el día con una sonrisa.
Y así seguirá siendo, para siempre. Esta noche volveré a leer el prólogo que dedicaste a mi novela, y se que una lágrima asomará al recordarte.
Que la tierra te sea leve amigo mío, no te olvido.
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