Hace un tiempo me encontraba almorzando en uno de tantos restaurantes de la ciudad, de esos que ofrecen sabrosos menús del día con precios tentadores (aunque luego te cobran el pan a precio de oro). Me llamó la atención que una docena de comensales en la mesa vecina sujetasen unos y leyeran otros el Faro de Vigo del día.

Me pudo la curiosidad y acerqué mi oído a la cabecera de la mesa, que festejaba una noticia. Escuchaba frases como: “Sí, mi nieto me llama y me dice: ‘Abuelo que sales en el faro’”, “Pues Ana va a enmarcar el artículo. Dice que sale guapísima”. “No solo ella, el grupo sale que ni pintado”, contesta otro comensal.

La cara de felicidad de cada una de las personas era indescriptible, y posible solo cuando la pluma la guía una persona con un paladar social exquisito, como es el caso de mi admirado periodista Fernando Franco.

Tuve la suerte de conocer a Fernando –primero de vista– cuando visitaba con mi difunto padre, entonces gerente de la famosa Refinería Reace, la revista “El Pope”. Íbamos a visitar a Víctor de las Heras, y me pareció ver a Franco moverse entre máquinas de escribir.

Ya abandonada la adolescencia lo saludaba con timidez cuando lo veía en la noche viguesa de aquellos “movidos” años ochenta. Época donde ha dejado huella como cronista. Aún a día de hoy, cuando comparto un café con mi amigo el músico Teo Cardalda, siempre nos acordamos de Fernando Franco.

No sé dónde escuché que fue compañero de pupitre del mismísimo Pedro J. Ramírez.

Ahora, que ya peino canas, sigo con una sonrisa la columna que nos regala a diario, donde he sido muchas veces nombrado en negrita. Mi condición de vigués distinguido me ha permitido conocerle más de cerca, ya que compartimos muchos amigos en común del mundo intelectual y la farándula.

Fernando tiene la habilidad y el talento para democratizar las noticias, dando igual importancia a ilustrados que a personas anónimas. Corona en negrita los nombres de los protagonistas que bautizan cualquier noticia de la ciudad. Algo parecido a las “negritas” de Umbral, pero por supuesto, más cercano y más generoso con los paisanos.

En breve tengo que presentar mi último libro en la Casa de las Conchas de Salamanca, y seguro que lo veo del brazo de una atractiva salmantina.