A pesar de que no deja de haber quien afirma que hombres y animales somos iguales (algunos efectivamente apenas se distinguen), los seres humanos nos diferenciamos de los animales en que tenemos, además de cuerpo, un alma por la cual tenemos conciencia de nuestra propia dignidad y singularidad como individuos únicos e irrepetibles.

Pues bien, muchas personas, quizá motivadas por la extravagante teoría de la igualdad con el resto de la naturaleza (u otras formas de esoterismo), actúan ellas mismas como si de ganado se trataran y van por la playa, por ejemplo, suplicando que alguien las ordeñe. De la misma manera que algunas mujeres salen por la tarde-noche como si fueran vendiendo mercancía, creyendo (¡pobrecitas!) que los demás las admiran, cuando la realidad es que sólo las miran.

Luego nos extrañamos de los niveles de consumo de pornografía, de que haya abusos sexuales, violaciones, violencia contra las mujeres, actitudes machistas y todo tipo de actos execrables, cuando sólo con encender el móvil o la televisión o ver los carteles publicitarios, nos encontramos con sexo explícito, obscenidades, violencia, frivolidad, chabacanería y mujeres vendiendo su cuerpo como si fueran objetos decorativos o, peor, trozos de carne. ¿Pero qué especie de imbécil piensa que un hombre se queda igual si ve el pecho de una mujer o sus nalgas que si ve una planta? ¿Qué piensan, que no existe la biología masculina? Pues afortunadamente, sí, existe (por más que los lobbies “lesbigays” se empeñen en exterminarla). Se han debido de pensar que seguimos viviendo en el paraíso terrenal y que todavía no se ha cometido el pecado original. (¡Santa inocencia!)

En el fondo, todo obedece a lo mismo: tratar de violentar la naturaleza humana y negar la biología.

Mientras tanto, ellos (y ellas) a lo suyo.