La Iglesia considera el aborto como un pecado mortal, como un delito abominable; no obstante, invita también a distinguir entre el pecado y la persona que peca, rechazando el pecado, pero no al pecador. La Iglesia nunca abandona al pecador. Ha recibido de Jesucristo el sacramento necesario para curar y aliviar las llagas de su pecado. Hablando de las mujeres que han abortado, San Juan Pablo II, un papa que amaba profundamente al ser humano, en su encíclica ‘Evangelium vitae’, les dedica palabras de infinita misericordia y comprensión: “No os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza (…) Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Os daréis cuenta de que nada está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro hijo que ahora vive en el Señor. Ayudadas por el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida”. La mujer que ha abortado cree que ha cometido un pecado imperdonable y tiene miedo de volver a acercarse a la Iglesia, en caso de que sea católica practicante, por temor a ser rechazada. Pero, Jesucristo en la parábola del Buen samaritano, nos enseña cuál es la entraña de la Iglesia: ser siempre lugar de acogida, hospital para los pecadores, donde uno es cuidado y querido. La mujer que ha entregado a su hijo a la muerte necesita convencerse de que es perdonada, no por un psicólogo, ni por ella misma, sino por Dios. Estas madres deben llegar a creer que Dios las ama a pesar de su debilidad,

Las mujeres que abortan se acaban juzgando a sí mismas con excesiva dureza; por eso, se les debe hablar del amor, el perdón y la misericordia de Dios, de manera que puedan aceptar y celebrar ese perdón en el sacramento de la Reconciliación, para ayudarles a levantarse y a animarlas a continuar caminando con esperanza y alegría, con la mirada puesta en el cielo, donde les esperan sus hijos para disfrutar con ellos toda la eternidad.