Hace unos días caminaba por una calle mojada cuando de repente: frío, horror. Tenía la suela rota y el agua alcanzaba a empapar el calcetín de mi pie derecho. Mierda –pensé–, los zapatos no tienen ni un año. Tras darle un par de vueltas y aprovechando que estaba por mi barrio, decidí llevarlos al zapatero. Unos días después me los devolvieron totalmente restaurados, relucientes, por una décima parte de lo que me hubiesen costado unos nuevos. Fascinado por el resultado, fui con la inocencia de un niño a contárselo a mis amigos. Caras raras. “¿Pero aún sobreviven esos negocios?”, dice uno. Así es, aún sobreviven, y menos mal.

Los euroburócratas, en su carrera por convertir la Unión Europea en el paradigma de la transición ecológica, en ocasiones se pasan de frenada y olvidan la parte más importante del asunto: explicárselo a la gente. “Bioeconomía circular” y compañía suenan a chino para el ciudadano de a pie, que termina confundiendo ecologismo con preparados veganos ultraprocesados y políticos que nos van a quitar la carne. Respetar el medio ambiente no es repetir consignas vacías con cara de pocos amigos. No es seguir dando la chapa con gráficos que suben hacia el infinito o asustar al personal con escenarios de muerte y destrucción. Es explicarles a los jóvenes que hay que volver al zapatero, a la mercería, y a los productos locales del bar de abajo.

Economía circular es, al fin y al cabo, fertilizar con algas y concha de mejillón. Es hacer caldo con las sobras del pescado. Y lo de “del cerdo se aprovecha todo”. Es arreglar la suela del zapato y darle la vuelta al cuello desgastado de la camisa antes de tirarlo todo y volver a comprar. Es preguntarle a tu abuela cuál es la temporada de cada fruta. Es, en cierto modo, fijarnos en cómo se hacían las cosas antes para enmendar nuestros errores de ahora.

La tradición aquí tiene mucho que decir, y es nuestro deber estudiar, seleccionar y adaptar a nuestra realidad las parcelas del conocimiento que ya han sido optimizadas por decenas de generaciones, pues casi siempre encierran una relación con el medio ambiente mucho más sana que la que practicamos hoy. Suspirarán nuestros mayores que al final vivir –como dijo Azorín– es ver volver.