Sube la luz, el gas, el petróleo. Suben los contagios otra vez. Hasta la sonrisa cuesta más. Suben los suicidios, las separaciones y los divorcios. Suben, ya vemos, las malas noticias. Sube el hastío y la tristeza. Así que he decidido que suba también mi felicidad, aunque sea artificial –haciendo trampas– como la preciosa chimenea del smartiví. Juraría que hasta me da calor. Pocas cosas quedan verdaderas.

Porque, no nos engañemos, la Navidad es alegría en conserva, un sucedáneo del pasado infantil, cuando amábamos estas fechas. Luego le sigue la fase del aborrecimiento y, finalmente, vuelta a las luces y a villancicos, sobre todo si uno es de Vigo. Sobre todo, también, si la vida va esculpiendo el humor y las sonrisas a golpe de realidad. Hay miedo a juntarse con los seres queridos. Por eso me vale la alegría de cualquier forma y color, me vale el autoengaño, a fin de cuentas, pocas cosas hay más falsas que la sonrisa de un político y me he creído unas cuantas por necesidades del guion. No estoy para exigencias.

Antes trabajábamos para comer y ahora para alimentar el negocio de las puertas giratorias. Nos han salido caras las sonrisas falsas. Pero no pasa nada, luego recurren a las emociones, a esas frases eslogan que nos hacen llorar. Es el neuromarketing. Ya saben, no hacen más que pensar en nosotros…Todo mentira. Y aquí estamos, tragando facturas indigestas sin inmutarnos. Feliz turrón, gente.