Entre los accidentes de tráfico, son los atropellos los que se llevan la palma, en lo que a víctimas de niños se refiere, pero muchas veces no somos conscientes de que junto a estas que sufren directamente los resultados de estos siniestros, se encuentran sus familiares, y en algunos casos son los propios autores o responsables de los accidentes quienes, por motivo de un descuido o simplemente por una causa fortuita, se ven afectados con un remordimiento de culpabilidad, que arrastran durante toda su vida. Al hilo de esta consideración, me viene a la memoria el comportamiento encomiable de la madre de una niña de 5 años que falleció al ser atropellada a las puertas de un colegio de Madrid, por una mujer que igualmente lleva a su hija al mismo centro escolar, dado que, tras este trágico suceso y a iniciativa de la primera, ambas víctimas se fundieron en un fuerte abrazo. Gestos como estos no son muy frecuentes, pero cuando efectivamente ocurren nos demuestran la gran calidad humana y comprensiva de estas personas, que, a pesar del gran dolor por la pérdida de su hija, tienen la entereza y ánimo para ser capaces de empatizar con el sufrimiento del otro, hasta el punto de ir a su encuentro y darle un abrazo y consuelo. Sin olvidarnos en este caso de la gran espiritualidad de los padres de la niña fallecida, que en una carta, refiriéndose a la conductora, dicen: “Y a la madre que le ha tocado, a nuestro parecer, el peor trago del accidente, una vez más le repetimos, que se abandone en el Señor para darse cuenta de que no tiene culpa alguna”. En una palabra, todo un ejemplo de humanidad y profundos sentimientos religiosos.