¿Cabe cosa más ridícula o blasfema que llamar a los apóstoles “príncipes de la Iglesia”, contra todas las explícitas normas de Jesús? El mismo Papa Francisco mostró al principio su desacuerdo con ese adjetivo, pero, como tantas otras cosas, esto sigue igual o peor en España, a pesar de las protestas, estos mismos días, de los cristianos de verdad.

En efecto: el mal incluso se agrava en esta época de grave crisis habitacional, en el que los pastores auténticos tendrían que dar ejemplo. No solo persisten sin reformas los más lujosos “palacios episcopales” de los “príncipes” en activo, sino que se construyen o reforman otros muy lujosos y aún menos justificables para los jerarcas jubilados, como para los arzobispos Carles de Barcelona, Asenjo de Sevilla, Herráez de Burgos o Rouco de Madrid, así como en Extremadura y otros lugares. El milagro es que todavía reciban apoyo y dinero de unas fieles ovejas, en el peor sentido de la palabra, que nunca han leído realmente el Evangelio y así se dejan mansamente esquilar en favor de quienes se ríen de las órdenes de Jesús.