Los datos sobre la evolución de la pandemia en España son alentadores: por primera vez en diez meses hemos descendido de los 100 casos por 100.000 habitantes (menos de 1 por millar), y las cifras de ocupación de ucis por pacientes con COVID son de las más bajas del año. Parece que las medidas preventivas y sobre todo el intenso proceso de vacunación en curso están dando resultado. Como consecuencia, las autoridades se aprestan a suavizar las normas restrictivas y ya se anuncia para dentro de poco la posibilidad de eliminar la obligatoriedad del uso de mascarillas en espacios abiertos.

Es evidente que después de quince largos meses de angustia y limitaciones múltiples, todos anhelamos volver a la normalidad. Padecemos de “fatiga pandémica”, es decir, de una mezcla de cansancio y hartazgo por estar continuamente sometidos a la presión del miedo y del recelo a poder ser contagiados, y ansiamos dejar atrás esta especie de existencia crepuscular, agónica e incompleta, a la que nos hemos visto abocados durante tanto tiempo. Sin embargo, no podremos cantar victoria en realidad mientras el virus que provocó ese estado de cosas siga circulando de forma descontrolada por el mundo; una muestra de ello es lo que está sucediendo ahora mismo en relación con la llamada “variante delta” de la COVID-19, es decir, la mutación del coronavirus surgida en India, donde ha causado estragos, y que al parecer empieza a extenderse por países como el Reino Unido o Estados Unidos e incluso en en el nuestro.

El caso de esta variante, que nos obliga a no bajar la guardia y desafía a los logros obtenidos hasta ahora en la lucha contra la epidemia, demuestra que la solución a esta ha de ser de carácter global: no basta con que nuestro país y los de su entorno estén suficientemente inmunizados; para impedir que se produzcan nuevas mutaciones víricas resistentes a las actuales vacunas y tratamientos han de poder extenderse los remedios a toda la población mundial. Mientras existan amplias zonas del planeta a las que apenas ha llegado la vacunación subsistirá el peligro en una sociedad tan globalizada como la actual; así que no solo por solidaridad sino también por interés propio es preciso que los países ricos colaboren con los más pobres, ya sea por la vía de la donación directa de las dosis necesarias o por la indirecta de la liberación de las patentes. Solo actuando conjuntamente y con la perspectiva universal de la humanidad conseguiremos superar del todo una pandemia que, como su nombre indica, es también universal.