Oír a los profesionales de la enseñanza de la conducción debatir acerca de cómo inculcar a los aprendices valores que supongan un plus para la seguridad vial me hizo recordar lo que me ocurre cada vez que los medios gráficos muestran los dramas que se viven en los tanatorios donde, junto a las familias, grupos de jóvenes, y hasta adolescentes, velan a compañeros víctimas de accidentes de tráfico: dos lecciones grabadas indeleblemente en mi etapa de aspirante a conductor.

La primera de esas lecciones fue ante un cartel de la entonces JCT en el que se ve a una señora con unos niños y el siguiente eslogan: "Conduzca con prudencia. ¡Ellos le esperan!". Mi profesor me lo mandó leer en voz alta hasta tres veces. Luego me preguntó si estaba soltero o casado. Al decirle que estaba soltero, me dijo: "Esa señora es tu madre y los niños son tus hermanos. Cuando conduzcas no lo olvides jamás". (A los casados le repetía la misma lección con la variante de que aquella señora era su esposa y los niños sus hijos).

A la sazón yo tenía 18 años y cuando llevaba unos días de prácticas me parecía que ya sabía conducir, porque manejaba el volante con soltura y me creía con mejores reflejos que Fangio. El profesor debió de ver en mi comportamiento una impertinente arrogancia y me paró en seco: "Lo haces muy bien -me dijo-; tal vez demasiado bien. ¿Te divierte conducir?" "Pues? la verdad es que sí" -le contesté-. Y aquí viene la segunda lección: "Mal asunto. Conducir puede ser un placer; pero lo que nunca puede ser es una diversión. Si conduces placenteramente lo harás sin miedo y sin nervios, concentrado y respetando a los demás; pero si lo haces para divertirte, te aíslas del entorno, se te obnubila la mente y te olvidas que tienes que convivir. Recuerda que tú no estás solo".