Las humanos somos en su mayoría enemigos de los trabajos forzosos, que ocupan a personas, en muchos casos niños menores, en régimen de semiesclavitud, con una dieta de subsistencia, y una actividad que finaliza en el momento que dejan de serles útiles, en muchos casos por accidente laboral o enfermedad.

Los comercios justos, si cumplen lo que dicen, aseguran que a los trabajadores se les paga un salario aceptable, junto con condiciones laborales dignas, lo que impulsa a muchos a apoyar y consumir sus productos.

La estructura mundial que estudia y analiza estos problemas es la Organización Internacional del Trabajo (OIT), dependiente de las Naciones Unidas, con un presupuesto para sus empleados de unos 800 millones de dólares por año.

El martes 20 de mayo, en el espacio "La noche en 24 horas" se contaba con la asistencia del señor Joaquín Nieto, director de la OIT para España. Inició su participación comentando datos del estudio que se realizó desde 2005 a la actualidad, que calcula en 21 millones los trabajadores que sufren ese desamparo en todo el mundo, la mayoría en Asia y África, pero con 1,5 millones entre Europa, USA y Canadá.

Las compañías explotadoras de Asia y África obtendrían un beneficios de unos 100.000 millones de dólares, y las del "mundo desarrollado", con mucha menos gente en esas lamentables condiciones, ganarían unos 50.000 millones.

Hasta ese momento, los oyentes estábamos entusiasmados, pero a continuación al preguntar los componentes de la tertulia, sobre que sociedades eran, y que se podría hacer, en ese momento, se pasó a divagaciones filosóficas, entre ellas, que cada país debían reglamentar las condiciones de trabajo, o "que las empresas estaban en contra de estas prácticas". Esto último es cierto para las de nivel nacional de cualquier país, que cumpliendo con los requisitos legales, tienen costos adecuados al pago de impuestos y salarios.

Pero todos sabemos que las que ocupan los maxitalleres, como los del incendio salvaje de Bangladesh, son importantes multinacionales, de cadenas muy conocidas, que obtiene así, mercaderías a precios de regalo, pago de impuestos en paraísos fiscales y beneficios astronómicos.

Y en este punto, como sucede al analizar las grandes organizaciones supranacionales, volvemos a ver, que sus actividades reales, son poco más que una justificación de que se está haciendo algo. Cuentan con una burocracia plagada de responsables, jefes, coordinadores y personal adjunto, que emiten informes repletos de buenas intenciones, pero incapaces de llevarlos a la realidad, con el agravante de que según las mismas, conocen bien la problemática, y es de suponer que a sus actores.

La pregunta clave es que les impide difundir sus resultados, con nombre y apellidos de las empresas o personas, responsables de estas actuaciones inhumanas.

Muchos ciudadanos, si tuviéramos conocimiento de quienes son, podríamos llevar a cabo, la única maniobra eficaz para que cambien sus malas prácticas, no comprar sus productos.