Vivimos en un mundo tremendamente dividido. Mientras unos se manifiestan en lo que debería ser la defensa de la libertad, del derecho a la vida, del respeto a las víctimas y la lucha por una sociedad mejor en la que no se mate a inocentes y en la que la Justicia realmente sea justa para todos, otros se limitan a criticar, a hacer estadística, a intentar cuantificar quién tiene más razón en función del número de personas que acude a manifestarse, o a convertir el tema en un arma arrojadiza entre partidos.

Y es que criticar desde fuera y sin implicarse es muy fácil, y lo triste, es que parece que a pocos le importa que de esa forma, lo único que se consigue es construir muros infranqueables que dividen a las personas, que impiden la búsqueda de soluciones para todos desde una posición de respeto mutuo. Porque claro está, que no se puede dialogar si no existe equilibrio entre las partes, y ese equilibrio se rompe con la sangre vertida hasta la fecha y con la amenaza constante de volver a las armas.

Existen demasiadas fronteras que nos separan, pero los insultos, los gritos, la falta de educación y la falta de cultura, son tan malos estando a favor como estando en contra de lo que se reivindique y en este caso, parece que pocas cosas invitan a que todos nos sintamos unidos unos a otros bajo un mismo universo y a admitir que todos los hombres y mujeres somos iguales, y merecemos el mismo respeto.

No se puede pedir respeto si no se respeta, no se puede pedir a gritos que no te chillen, no se puede insultar a otros para tener más razón, no se pueden reivindicar los derechos propios mientras se pisotean los ajenos, y todas estas actitudes, lo único que demuestran es que la falta de tolerancia, la falta de respeto, la falta de sensibilidad y la falta de educación existen y habitan en las personas con independencia de su color político.

Ana B. Cuiñas García - Vigo