Un rasgo actual bastante común es el subordinar casi todo, de forma superficial, a "no perder el tren de la historia", con un ingenuo progresismo que contrasta con el pesimismo cultural latente, que produce el activismo social y político, que pretende que lo importante sea hacer, producir y triunfar aunque no quede sitio ni interés para el pensamiento y así, en este contexto, es moderno todo el que rechaza tutelas o direcciones, de tal forma que la negación de Dios alcanza las esferas más íntimas. Increencia es sinónimo de modernidad y esto excluye todo límite, todo valor y toda autoridad, como si la existencia humana careciera de cualquier tipo de estructura última, ya que el hombre tiene su medida y se siente juez de todas las cosas.

Claro que en una sociedad amante de lo ecológico y natural, el hombre es bueno; lo malo es el sistema o las instituciones; aunque lo no permitido hoy puede estarlo mañana, todo depende de la evolución, ya que nada es absoluto o estable, todo está sujeto a un proceso continuo de cambio.

Sin embargo, el hombre de hoy se siente preso, ansioso, sin auténtica libertad, como si no encajara en una sociedad programada y teledirigida que le impide alcanzar la madurez, ya que nada puede hacer en solitario, porque todo adquiere relieve social, al menos por los medios de comunicación. ¿No será que el hombre, este hombre adulto, psicológicamente se siente solo ente la masa y se queda solo frente a sí mismo? Porque la búsqueda del bienestar es compatible con el vacío interior y con el desarraigo y todo se juega entre el nacimiento y la muerte. El eje de la sociedad es el humanismo; entonces, evitar o suprimir el estudio de las Humanidades es el mayor fraude a las generaciones venideras.

Socorro González Álvarez

o Ourense